“Gobierno contra criatura”

Plan B Noticias publica en su totalidad la carta de la presidenta de FuPEST y rectora del Liceo Informático II, Lilia Armando, quien a principios de julio viajó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA para presentar el caso de niños y adolescentes en situación de abandono por parte del Estado Provincial. Hizo la presentación junto a la adolescente Paula Guajardo y sus abogados.

 

La carta, indica:

Dice el diccionario que “criatura” es el ser creado por la divinidad (Dios). El término refiere especialmente a niños y niñas, aplicándose en general a la niñez pero también a la adolescencia.

Esta criatura y yo hemos transitado un complejo camino hasta llegar aquí, a Ezeiza, para tomar un avión de la esperanza, uno que nos lleve donde Paula encuentre disposición para escuchar lo que ha vivido y lo que ha visto, como víctima y testigo de un gobierno cruel, despiadado e indiferente al Derecho más importante, el Humano, aquél que el iusnaturalismo considera natural por ser propio de la naturaleza humana, y que la Humanidad demoró hasta el Siglo XVIII en plasmar como Derecho Positivo, cuando los franceses lo hicieron por primeros.

Desde 1959, después, negro sobre blanco en la Declaración de los Derechos del Niño y más tarde en tratados internacionales que el Estado Argentino – miembro fundador de las Naciones Unidas - incorporó a nuestra Constitución, se desarrolló hasta llegar a las criaturas, por considerar que niños, niñas y adolescentes están en desventaja para ejercer sus Derechos y Libertades.

Ojalá fuese un cuento. Pero la amarga realidad es que todo ese cuerpo normativo le ha sido indiferente al Gobierno de La Pampa encabezado por el Cdor. Jorge, no sólo en el caso de Paula sino también en el de cantidad de criaturas indefensas y particularmente vulnerables.

Escribí hace un tiempo un poema para ella, que entre otras decía: “Alejada por propósito /que algún papel argumenta,/ sin sus hermanas, mentida, /silenciada, puesta afuera, /resiste, se escapa, llama /-qué paradoja- a esta tierra,/ aquí donde sus derechos /yacen como letra muerta”.

El llamado de Paula apenas si fue percibido por un puñado de nosotros. Desde cuando la encontráramos, hace más de dos años, frágil y lastimada por dentro y por fuera y decidida sin embargo a sobrevivir, hemos golpeado vanamente tantas puertas… Paula no pretendía contar por ella: buscó desde entonces, como otros adolescentes, transmitir el sufrimiento padecido bajo el “yugo” de un Poder desalmado, omnipotente e indiferente al dolor: peor aún, insensible a la pena desolada de las criaturas, contra todo Derecho Natural y Positivo. Paula quería, quiere, evitar que esto continúe. Procura contribuir a ponerle remedio. Nadie quiso escucharla, no a ella ni a tantos otros.

Así fue que llegamos entonces a Ezeiza para viajar a la OEA, entidad de cuya existencia Paula no tenía ni idea (el Gobierno que ostentaba su guarda lejos estuvo de hacerle conocer sus Derechos y las instituciones y organismos –provinciales, nacionales, internacionales- creados para garantizarlos y hacerlos valer). No fue fácil, hubo que sortear infinidad de dificultades de todo tipo. De modo que nos bajamos del auto en el aeropuerto, finalmente, con el pecho y los dientes apretados; una vez que pasamos el check-in de la aerolínea, nos abrazamos las dos, soltando tanto agobio con un largo suspiro y lágrimas en los ojos.

Aflojada la tensión, nos ponemos a hacer planes mientras le anticipo sobre la maravilla de volar: ella está ansiosa, pero por una vez, todo al parecer fluye sereno. Hasta que llegamos al control de Migraciones, porque aún allí y entonces, la alcanza nuevamente el largo brazo opresor del Gobierno de La Pampa.

Pasaportes y pasajes en mano, paso antes yo, sin problemas. Me quedo junto a Paula. El funcionario la observa primero rápidamente, y va a la pantalla. Luego con insistencia, inquisidor. Demora. La gente en la cola se impacienta. Paula no sabe qué pasa; yo lo intuyo. Le dice: “tenés un pedido de búsqueda de paradero”. Los ojos de Paula se ensombrecen de angustia, se nublan con esa humedad que a estas alturas tan bien le conozco. Me mira, acongojada. Intervengo. Explico al funcionario. Me dice: “pero sigue teniendo pedido de búsqueda de paradero”.

Revuelvo el bolso que se nos cae; rodilla en tierra, saco los papeles, que afortunadamente llevé conmigo: acta de guarda otorgada por el juez, antecedentes varios.

Hace poco menos de dos años que se realizó el otorgamiento de guarda a mi persona. Paula, además, en abril cumplió los 18. Pero la desidia se materializa insidiosa en un ulterior perjuicio, un nuevo daño: nunca dieron de baja el único acto cumplido para buscarla, cuando Pau estaba perdida: el pedido de búsqueda de paradero a la Policía Federal (la Federal, porque la habían internado en Buenos Aires, quien sabe por qué).

Enésimo desprecio, indiferencia, como entregar a los niños en guarda sin un documento o un efecto personal, o darles unos trapos sucios, viejos y rotos en unas bolsas de basura, o “donar” las pertenencias de unos niños a otros. Pienso en Malena, sin su ropa, que en la fiesta del día de la bandera, en su escuela, reconoció sus prendas en una compañerita y se puso a llorar.

Paula susurra: “no me van a dejar viajar”.

- “Tranquila, Pau. Tranquila”, la reaseguro, mientras desde la fila detrás nuestro unos y otros se asoman para ver por qué nos demoramos tanto, que están embarcando, que el vuelo está por partir.

El funcionario se retira de la casilla; la gente suspira sonoramente y nos mira como si fuésemos delincuentes. “En qué andarán, qué habrán hecho”, parecen interrogar con sus miradas cargadas de acusaciones: si nos demoran, hemos de ser culpables de algo.

El malestar se torna ruidoso murmullo cuando el funcionario regresa y nos dice: “acompáñenme”, y nos lleva dejando desierta su casilla, hasta la oficina de la Policía aeroportuaria. Sacamos más papeles, explicamos, relatamos. El oficial nos observa, lee los documentos, piensa. Se comunica telefónicamente. Hemos dado con una Persona Humana: decide confeccionar un acta y otorgarle a Paula la autorización de salida, como cuarenta minutos después de que llegáramos al control de Migraciones.

Me da bronca que tampoco esta experiencia pueda vivirla sin sombras. Ella tiembla y yo la aprieto un poco. “A lo mejor tenemos tiempo para dar una vuelta por el Free-Shop” –descomprimo- “para que te perfumes”. El vuelo de Paula hacia la esperanza comienza con zozobra, como si fuese eso, la angustia provocada por el Estado Pampeano, una fuerza aplastante que se resiste a dejarla libre, desde que tuviese 13 años y la “rescataran” para ponerla en otro derrotero injustificable de sufrimiento.

Sólo recupera Paula el ritmo normal de su respiración cuando ya el avión sobrevuela Bolivia. La angustia volverá a atenazarla hasta el final de su duro relato ante los funcionarios de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Habla con la contundencia de la experiencia, y allá quedan las pruebas de la opresión, incluso la última de pocos días antes del viaje, la agresión contra Aylén, de 14 años.

Sin embargo, la serenidad que consigue luego de su liberador relato dura poco, apenas hasta que al reingreso en Argentina los problemas con la cuestión de la “búsqueda de paradero” se repiten. “No me voy a librar más de ellos”, me dice. Pero esta vez nos toca una funcionaria que al final, cuando terminamos de contarle la historia y ella de hacer las averiguaciones pertinentes, nos sella los pasaportes y los trae desde las oficinas donde fue a verificar, blandiéndolos en alto, triunfalmente, y con esa Humanidad que en La Pampa Paula poco conoció, la abraza, fuerte, y le dice “Paula, aprovechá mucho esta oportunidad que al vida te ha dado… Mucha gente no entiende que lo que los chicos necesitan es tan poco, un abrazo, una sopa caliente, el cariño…”. Y después a mí, me estrecha, y nos despide estampándonos un beso –otra vez frente a una fila impaciente– con un “que tengan mucha, mucha suerte…”. Debí haberme anotado su nombre: el recuerdo nos acompañará siempre.

Nos alejamos con el alivio de quien alcanza la conciencia de que no todo está perdido, que el futuro no está escrito, que transformar la realidad es siempre una posibilidad… Incluso en La Pampa.

Al reencontrarnos en el bar del aeropuerto con los abogados que acompañaron nuestro viaje, luego de retirar las valijas, no sé por qué me viene a la mente la colega de una ONG de Santa Rosa que me dijo hace unos meses, convencida: “Así no vas a hacer amigos”. Y es que puede tenérselos; no quiero amigos entre opresores de niños y adolescentes. Prefiero andar sola con las criaturas, toda la vida.

Nos sentimos bien, por una vez en tanto tiempo, anónimas en medio a tanta gente que circula ajetreada por la terminal… El chocolate del “submarino” de Paula, ciudadana argentina de Pleno Derecho, se derrite en la leche caliente; ella lame la cuchara y su mirada es luminosa.

Lili Armando – 17.909.785

“Gobierno contra criatura”

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