Es innegable que la violencia que padecen muchas mujeres y niños constituye una grave violación a derechos individuales fundamentales tales como la vida, libertad, igualdad y dignidad de las personas.
La alarmante recurrencia del fenómeno pone al descubierto la desprotección que sufren estos sectores vulnerables por parte de un sistema político institucional que no les garantiza el goce de derechos fundamentales. La mitad de las agresiones a mujeres y niños no se denuncian porque las condiciones no son propicias y muchas denuncias no son adecuadamente tratadas, o sea que el Estado elude una responsabilidad inherente a la protección requerida, con lo cual se tipifica la violación a los Derechos Humanos
La gravedad de la situación se manifiesta en un contexto todavía negativo donde la violencia contra la mujer también muchas veces es protagonizada por importantes referentes políticos y sociales, generando escasas reacciones de rechazo que se pierden al poco tiempo en la indiferencia social, y muchas veces los agresores gozan de aceptación y complicidad de instancias políticas, policiales y judiciales, donde se procura legitimar hechos delictivos aberrantes detrás del “sagrado” ámbito de la "privacidad".
La indiferencia del Estado conduce a intervenciones nulas o ineficaces, razón por la que sostenemos que la lucha por la real vigencia de los Derechos Humanos sigue siendo inacabada y cotidiana, repitiéndose el paradigma histórico de que la misma inicialmente es asumida con heroísmo por una escasa porción de la sociedad generalmente víctimas, familiares, amigos, periodistas y activistas.
De allí que debemos sumar un aporte constructivo para impulsar el debate que entendemos debe comenzar interpretando la historicidad de la lucha por los Derechos Humanos lo que nos permitirá reconocer que la opresión y la violencia de género tiene raíces tan profundas que no resultará fácil su erradicación.
Esas raíces conforman un marco ideológico y cultural que presupone la inferioridad biológica de la mujer y legitima el poder de los hombres sobre su cuerpo basándose en textos religiosos, tanto cristianos como judíos y musulmanes, un dogmatismo que se mantiene a rajatabla en amplios sectores fundamentalistas de esas religiones; un sistema patriarcal milenario que se arraigó definitivamente en la Edad Media y que mantiene su vigencia y legitimidad hasta nuestros días.
NO es una tarea fácil lograr avances en materia de Derechos Humanos, así como el rechazo moral de la esclavitud evolucionó durante siglos, de la misma manera desterrar el concepto de inferioridad y sometimiento de la mujer no será una tarea fácil, requiere esfuerzos de muy diversa índole porque se trata de superar concepciones de origen religioso que se acuñaron secularmente y conformaron estereotipos sexuales de dominación masculina. Recién en nuestros días comienzan a aparecer los primeros cuestionamientos a través de modernas concepciones pluralistas y liberadoras.
Sin embargo aún subsiste el menosprecio visible y generalizado hacia la mujer, asimilada a un OBJETO de transacción; y así resulta natural que sea utilizada tanto para vender productos y servicios a través de los medios masivos, como para reducirla a que sea ella misma el objeto negociable en el en el infame comercio de la trata de personas, que como todos sabemos, cuenta con la participación, protección y complicidad de amplios e influyentes sectores de la sociedad.
Por eso no debemos perder de vista que la liberación femenina no es una tarea ya cumplida, por el contrario está en sus etapas iniciales. Debemos asumir el desafío de nuestro tiempo impulsando el proceso de liberación para lo cual es fundamental revalorizar la figura de la mujer, especialmente en su rol materno, porque son las madres las forjadoras de los hombres del mañana.
Este proceso requiere la formación de una conciencia individual y colectiva comprometida con la igualdad y la dignidad de los seres humanos, sin diferencia alguna, que privilegie a los sectores débiles o vulnerables. Esa conciencia colectiva puesta en acción se encargará de movilizar las fuerzas liberadoras y obligará a las estructuras de poder a asumir políticas de prevención e intervención que garanticen los derechos comprometidos incluyendo la legislación necesaria para lograrlo.
LA VIOLENCIA DOMESTICA Y LOS NIÑOS
Aproximarnos a la problemática de la violencia y el ensañamiento contra los más débiles, nos conduce a múltiples escenarios; el de mayor gravedad es el de las consecuencias físicas y psíquicas que produce en los niños. Ellos no son sólo testigos, son víctimas de la violencia doméstica. Corren el mismo peligro que sus madres y muchos de ellos mueren al quedar involucrados en ese campo de batalla brutal donde los más débiles llevan las de perder.
UNICEF señala que, aunque no se les ponga la mano encima, presenciar o escuchar situaciones violentas tiene efectos psicológicos potencialmente adversos; se encuentra demostrado categóricamente que el contexto de violencia favorece la formación de maltratadores y maltratadas, un circulo vicioso que se reproduce.
También se comprueba habitualmente que la mayoría de los niños y adolescentes en conflicto con la ley, proceden de ambientes familiares violentos y que no recibieron la necesaria protección.
Una razón más que suficiente para que el infierno de la violencia doméstica no se esconda en las fronteras ominosas de la privacidad y ocupe un lugar prioritario en la agenda social y política de nuestro tiempo.
