La pasión por enseñar y aprender

“Un maestro” es la historia de un reencuentro. También de una vida marcada por la coherencia y la mirada en el otro, en la mano tendida, en la mixtura entra educación y militancia, para brindarse a quienes menos tienen.

Cuentan que el “Nano” Balbo y Guillermo Saccomanno se conocieron en el 69 cuando hacían la colimba en Junín de los Andes y entablaron amistad. Discípulo de Paulo Freire, “Nano” era maestro en el cuartel, lugar donde conoció a Diego Frondizi, militante de las Fuerzas Armadas Peronistas y desde donde se acercó al Peronismo de Base.

Cuando los militares toman el poder en Argentina, el 24 de marzo de 1976, Orlando Balbo es secuestrado y torturado en el actual edificio de la delegación de Neuquén de la Policía Federal. Logró sobrevivir a la cárcel de Rawson pero la tortura lo dejó sordo. Gracias a las gestiones de monseñor Jaime de Nevares, logra exiliarse en Roma.

Ya en 1985, Balbo regresa a la Argentina y el monseñor le sugirió partir hacia Huncal, un paraje hostil perdido en la precordillera patagónica. Allí se dedicará a la alfabetización de una comunidad mapuche en un terreno desolado.

Grande fue la sorpresa de Saccomano al enterarse que “Nano” no estaba desaparecido. “Yo cuento, vos escribís”, le dijo. Y “El maestro”, es el resultado de esas charlas, donde Balbo cuenta parte de su vida y recorre su militancia política, emparentada con la convicción de que la educación puede transformar una realidad.

En la obra, Balbo repasa, critica y reivindica una época turbulenta. Su voz repasa aquellos años y no faltan críticas a las organizaciones armadas y su militarismo creciente la cultura militar había invadido todos los niveles de la organización, incluso para juzgar los sentimientos de hombres y mujeres. Por ejemplo, la organización prohibía las relaciones amorosas por fuera de la estructura. Quién se creía la organización para dictaminar de quién se podían enamorar sus militantes. Si algo prueba esta historia es que a veces, en situaciones límite, lo afectivo cuenta. La supuesta vanguardia no le dio importancia a lo afectivo. Manejaron la militancia como robots, como máquinas. Al actuar de esta forma, terminaron desbarrancándose en el fundamentalismo. Cuando pienso en lo ocurrido, me acuerdo de una idea de Paulo Freire: lo ético y lo estético no pueden ser contradictorios. Lo que es bello es ético. Y lo que es ético es bello, manifiesta en uno de los tramos del libro.

“Lo mismo vale para la militancia que padeció la tortura. Nadie entregó sus afectos. Hasta el más traidor aguantó sin entregarlos. Porque en una situación límite como la tortura, los afectos pueden salvarte. Me acuerdo de un dirigente que estaba prisionero y los milicos lo sacaban para lanchear. Desde un auto marcaba a los que conocía. Había tenido un problema con su mujer y un amigo lo había ayudado. El amigo se encontraba acorralado, acudió a una cita en un bar, donde le entregarían un documento para rajar del país. De pronto al bar entró el prisionero con cuatro tipos. En vez de cantarlo el chupado le guiñó un ojo al fugitivo. Y lo zafó. Este mismo prisionero fue quien marcó después a Ricardo “Caíto” Sapag. Caíto y su hermano menor Quique, los dos clandestinos, se citaron en un bar para conversar cuestiones familiares. Quique se marchó primero del bar. Cuando giró en la esquina oyó los disparos. Al volver al lugar alcanzó a ver un Falcon verde. Pudo ver los represores todavía con las armas asomadas en las ventanillas. Entre ellos estaba ese prisionero que antes había zafado a un amigo. Quique corrió hacia el bar. Caíto estaba muerto en la vereda.

Un año más tarde, en un enfrentamiento con la represión, lo mataron a Quique. Los dos hermanos, hijos menores del varias veces gobernador don Felipe Sapag”, cuenta.

Maestro y militante, Balbo conjugó su profesión con una activa participación en las luchas sindicales docentes en Neuquén, incluido el asesinato del maestro Carlos Fuentealba a manos de la policía provincial.

En el año 2012, Balbo declaró en segundo juicio,“Escuelita II”, que juzgó a los responsables de los crímenes de lesa humanidad cometidos en la región durante la última dictadura militar. Fue el primer testigo y relató cómo fue detenido la mañana el 24 de marzo de 1976, y describió cada lugar por donde pasó, incluyendo detalles de las torturas que recibió. Ese día llevaron a la delegación neuquina de la Policía Federal, y por la noche lo trasladaron a la Unidad N° 9, quedando a disposición del Comando de la VI Brigada de Montaña donde permaneció detenido.

En su testimonio, reconoció a Raúl Guglielminetti como la persona que estaba a cargo cuando lo secuestraron y torturaron, dejándole graves lesiones.

Balbo sostuvo también que Guglielmineti estaba presente durante en las sesiones de tortura. Que se situaba enfrente de él, mientras estaba esposado y un joven de cabellos rubios lo torturaba.

El docente y militante estuvo detenido en la Unidad N°9 hasta el 9 de septiembre de 1976, luego fue llevado a la N°6 de Rawson, a la de Caseros y en 1978 le conceden la opción para salir del país, viajando a la ciudad de Roma el 14 de febrero de 1978.

En Un maestro, Balbo también reflexiona sobre la educación y su posibilidad de cambio, su apertura infinita a otro mundo posible:

“Lo que me importa de la educación es la posibilidad que puede ofrecerle a los chicos de los sectores populares aquellos saberes que necesita. Pero teniendo en cuenta que el proceso educativo debe tomar como punto de partida tanto como de llegada la realidad del chico para que pueda aportar a su crecimiento. Lo que me parece importante es poner el énfasis fuerte en la necesidad de aumentar la capacidad argumentativa. En Cartas a una profesora, un libro sobre una experiencia de posguerra en Barbiana, un maestro italiano le decía a sus alumnos: «El patrón tiene miles de palabras para expresarse. Y ustedes apenas algún centenar. Mientras ustedes no tengan las mismas palabras que el patrón, el patrón siempre los va a dominar»”, expresa.

“...El relato es una de las herramientas vitales con las que cuente el docente. Tiene que ser bello. En este punto entra en juego la literatura. Tengo que enseñar matemática con los criterios que aprendí de la literatura en lengua. Tengo que hacer la matemática atractiva, divertida, interesante. Si voy a leer un cuento en la clase de literatura, y lo leo de manera aburrida, me como los silencios, no manejo la puntuación, duermo a los chicos que terminarán enojados con la literatura. Tengo que saber leerlo de modo atractivo, interpretándolo. Porque un docente tiene que ser también un actor consumado de los conocimientos que transmite al chico. No cuenta únicamente la oralidad sino la gestualidad, lo corporal. Hay que ser apasionado de lo que se está enseñando. Si no hay pasión, se dificulta el aprendizaje. La pasión por enseñar despierta la pasión por aprender”, manifiesta.

“La educación debe buscar el asombro del alumno. Así como la literatura es asombro, todo conocimiento debería ser transmitido como un cuento en cuyo final el autor descoloca. Pero, a su vez, ese final no esperado y no prenunciado que sorprende debe repercutir en la historia personal del alumno. Eso es lo que permite que cada chico pueda tomar el conocimiento y lo pueda adaptar a sus necesidades, a su historia y poder expresar otra cosa. Porque antes que nada, debiera tener claro que nada se aprende de una vez y para siempre, como tampoco hay una respuesta para cada interrogante. Lo fantástico es que hay muchísimas respuestas para un mismo interrogante”, dice.

Balbo reivindica la cultura oral y la rescata a la hora de alfabetizar: la cultura rural, una cultura históricamente oral, siempre fue desacreditada. Me formé en esta cultura. Cuando de pibe iba a la matera, el galpón donde la peonada se junta a comer, escuchaba distintas versiones de un relato. Cada una enriquecía la anterior. La situación, con su contenido literario, fue una escuela para mí. No me cabe duda de que ahí me entrené para lo que más tarde, en Huncal, viviría en el fogón con los mapuches, dice.

“También me acuerdo de cuando caminaba junto a mi padre. Mi padre hablaba solo. Está loco, pensaba yo. Está hablando solo. «Este alambre hay que cambiarlo», decía. Pero no me lo decía a mí. Pensaba y hablaba y se contestaba en voz alta. Después, cuando había redondeado la idea, la enunciaba. El hablar consigo mismo, contarse él mismo su relato, le había servido para darle forma y tomar decisiones. Hablar solo es un rasgo del hombre de campo. A veces también yo hablo solo. Que esté sordo no quiere decir que me calle”.

Un maestro es una historia de amistad. También de esperanza, ése único aliento que vive a la intemperie, diría Santoro. Pero por sobre todo, es una historia de posibilidad, de no clausurar el futuro y seguir porfiando por otro mundo posible, inclusivo y solidario.

Fotos: arriba, 8300 web - inferior: Cecilia Maletti

Horacio “Velcha” Beascochea

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