El libro de agua

Plan B publica un texto de divulgación literaria producido por Daniel Pellegrino y Jorge Warley, sobre la última obra de Walter Cazenave, Once Aguas, presentado el viernes pasado en el salón de Los Pioneros, en Alsina y Pellegrini.

Las aguas inundan los discursos

Acaso si alguien llegara hoy por primera vez a La Pampa y se pusiera al tanto de lo que se comenta y se ve a través de la información mediática, pensaría que existe un gran esfuerzo político por intentar convencer a la propia sociedad de que el tema dominante y decisivo para el futuro es el tratamiento de los recursos hídricos.

Y es que en estos últimos tiempos se dieron varios acontecimientos que tiñen con esta temática distintos campos de la vida cultural pampeana.

Una muestra significativa es la tercera edición y actualización del “Cancionero de los Ríos” (dos tomos y un CD), realizada por la Cámara de Diputados. Este material vuelve a tener como destinatario principal las escuelas de la provincia, tal como ocurriera con la edición de un cassette en 1985, y un libro y CD en 2000.

El viernes 18 de noviembre del corriente, durante la presentación de la 3ºedición, la vicegobernadora Norma Durango volvió a insistir con que “la Corte Suprema escuche el reclamo de todas y todos los pampeanos” para terminar el litigio con Mendoza por la interprovincialidad de las aguas fluviales. Unos días antes (el siete de noviembre) se inauguraba el XXIX Encuentro de las Letras Pampeanas, convocado por la Asociación Pampeana de Escritores (APE) bajo el lema “Atuel- Chadileuvú- Colorado… Nuestra vida son los ríos”.

También, el próximo 9 de diciembre, en Buenos Aires, se convoca a una manifestación ante la Casa de Mendoza para realizar el denominado “Cuarto botellazo por el Atuel”, organizado por la “Asamblea en Defensa de los ríos pampeanos”.

Siguiendo estos cauces, la editorial Voces de la Cooperativa Popular de Electricidad santarroseña (CPE), editó el año pasado un libro de José Luis Navarro “Un viaje por el Salado”, que narra una navegación en bote a motor por el curso de agua mencionado durante los meses de julio y agosto de 1983, cuando ocurría una inusitada y caudalosa creciente del río.

Y ahora la editorial publica los relatos y poemas “Once aguas” de H. Walter Cazenave (General Pico, 1942). Pero también este libro participa de una corriente que afirma uno de los supuestos mitos literarios pampeanos sobre el cual se funda una especie de condición identitaria regional.

Edgar Morisoli una vez definió como “cultura de la adversidad” o “cultura de la porfía” (“Mito y realidad en la poesía de La Pampa”, 1993) cierto rasgo esencial, histórico, del hombre asentado en suelo pampeano, y que la literatura –especialmente la poesía-, desde la década de 1950, había transformado en distintos “mitos” que manifiestan “hondas vetas del espíritu popular”. Uno de ellos es la "presencia o carencia" de aguas en La Pampa. En el vientre de este mito literario viaja el último libro de Cazenave.

Múltiples perspectivas

En una larga trayectoria y desde múltiples perspectivas -la de la geografía y la historia, el apunte periodístico y el ensayo científico, la obra de ficción y la declaración militante- la obra de Walter Cazenave parece resumirse como merodeos en torno a un tema exclusivo: el agua. Así como en otros autores la arena o el tiempo, el agua es la sustancia que nutre -formal y temáticamente- las infinitas páginas de su libro único.

Los epígrafes seleccionados de autores tan diferentes como Antoine de Saint-Exupéry y Edgar Morisoli se explican, precisamente, porque se igualan en la alabanza a ese elemento, que es “la vida misma”, según el autor de El principito, y que arrastra además en su corriente una mitología cultural inabarcable y cuyas resonancias se pierden en el origen de la especie. Se trata de una universalidad que el poema “Lluvia en Ankara”, donde las tierras de Anatolia y la llanura pampeana se funden para completar las formas del mundo. En unos versos posteriores, el yo recuerda con melancolía la metáfora popular que le enseñó su abuelo, la “Luna de agua”, pero que, además de dar nostalgias “integra con el universo” y “hace filosofar”. En la última página, los versos de “Nublados”, las aguas del Atuel se habrán derramado sobre París, Valparaíso, Madrid, Tihauanaco, Andorra, la Araucanía, Santa Rosa…

Se trata de una larga conversación con el lector que se ha iniciado hace décadas, en sus escritos anteriores; “una narrativa que, desde el determinismo del paisaje, alcanza otras dimensiones -el intertexto bíblico, la Arcadia, las señales físicas y simbólicas del mundo ancestral”, según lo sintetiza Dora Battiston en el prefacio. Que, se debe agregar a contrapelo, se llama “Poética del lugar”, en tanto y en cuanto para la crítica esa propensión de universalismo se encuentra siempre tensada en la memoria por “el olor de las aguadas, en la sombra que marca el paso del tiempo, en el hombre innominado que es todos los hombres”.

Una característica particular de este Once aguas, que acaba de distribuir Voces- está dada por la mezcla de géneros. Hay libros que son novelas y otros que reúnen cuentos o poemas, pero no es común que las especies se mezclen. Aquí se suman diecisiete narraciones breves y tres poesías, y quizás la mezcla se explique por la característica particular de las narraciones. En ellas, además de una lengua que podría describirse como poética, hay, incluso resaltado por la brevedad, una suerte de filo sentencioso, como si se tratara de viñetas que articulan tipos humanos y escenografías naturales para cimentar una moraleja que, entre la filosofía y la antropología, se desprenden naturalmente de la relación.

“A los pioneros y luchadores por el agua en La Pampa”, dice la dedicatoria, y de alguna manera anticipa con un trazo grueso los duros caracteres por venir. Los cuentos que continúan irán esculpiendo ese arquetipo mayor, cargándolo de detalles y matices, pequeños gestos y reacciones, enfrentándolo a circunstancias diversas, desgranando oficios y destinos.

Algunos de los cuentos del volumen ya han sido publicados. Los relatos “Agua de los guanacos”, el mismo “Once aguas”, aparecieron en Moira en Potrillo oscuro y otros cuentos, editado por Ediciones de la Travesía (Santa Rosa, 2004). También se publicaron “Agua mía”, “Agua de la discordia”, “El oficio de Erasmo” y “El Evangelio, según San Esteban”, cuento este que titula otro libro de relatos (Santa Rosa, Ediciones de la Travesía, 2008).

Periodismo y ficción

Walter Cazenave ha recorrido los estamentos de la enseñanza institucionalizada: maestro rural, docente del secundario y de la Universidad Nacional de La Pampa como profesor de Geografía. Periodista en distintos diarios y publicaciones de la Provincia; guionista de historietas o de relato gráfico, poeta (tal vez las de “Once aguas” sean sus primeras poesías publicadas), narrador.

Por otro lado, decir que es lector gozoso del relato policial resulta interesante para indicar el manejo, en su escritura, de la tonalidad del suspenso que resuelve el desvelamiento del crimen o del suceso, por lo general conocido de antemano. A la par se suma el estilo de corte periodístico, en especial por la frase precisa y clara. Esta conjunción de relato de suspenso y prosa periodística recuerda al llamado género “periodístico de no-ficción” que inauguró entre nosotros el libro de Rodolfo Walsh “Operación masacre” en 1957. Es decir, narración de hechos reales con recursos de la literatura de ficción y puntualmente del género policial-detectivesco. En este caso es de estilo la utilización de un punto de vista en tercera persona o de narrador testigo, construcción de escenario con caracterización de espacio y personajes, diálogos realistas. Pero en Cazenave se destaca también el procedimiento inverso, que propició Tomás Eloy Martínez, cuando empleó recursos de la narrativa periodística al ficcionalizar precisamente “La novela de Perón” y “Santa Evita”.

Sobre todo en el cruce y gusto por la mezcla de géneros, hallamos el estilo de Cazenave. Una prueba de este cuño, cuyo objetivo primero es atrapar y meter de lleno al lector en la historia, es el relato “Agua mía”. El texto se inicia con un epígrafe del diario La Capital de 1909, con la noticia sobre Ambrosio Castro, “el asesino del Salado”. Luego el relato toma la forma de la primera persona, la conciencia del “asesino”:

“Aquí estoy, encepado, cagado a palos y dolorido. Sesenta leguas me trajeron los milicos montando en mancarrón, al paso, desmontando nomás para la necesidad y el campamento. Molido tengo los huesos y la cara hinchada de unos sopapos cuando me agarraron… Pero el agua es mía”

Daniel Pellegrino y Jorge Warley

 

 

LUNA DE AGUA (fragmento)

Se hizo la luna con agua

y llueve día por medio.

Ansiedad y maravilla

de despertarme con truenos

mansos y prometedores;

ver oscurecerse el cielo

mientras el viento del este

empuja, suave y sereno,

la carga de agua que firme

repiquetea en el techo.

 

“Se hizo la luna con agua…”

La expresión es de mi abuelo

que conocía la ciencia

acumulada en milenios

de observar lo cotidiano

para predecir el tiempo.

En ese entonces –mi infancia-,

cuando aseguraba aquello,

venían veintiocho días

de garúas y aguaceros.

 

Allí empecé a amar la lluvia

y a ese, su simple misterio,

generador de la vida

que hoy me recuerda en el pecho.

“Se hizo la luna con agua.”

Felipe Siben, hachero,

se habrá quedado en el toldo

y, acaso, hachará recuerdos

de su infancia montaraz

y triste, y de aquel maestro

que gustaba de la lluvia…

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