Jorge Cuelle y su Amenaza latente: ¿Quién puede andar mutilando vacas?

El volumen publicado por el Fondo Editorial Pampeano en el mes de abril de este año no ofrece más información sobre el autor; aquí lo presentamos, al igual que su extraño y a la vez tan próximo relato*.

 

Cuelle, Jorge, Amenaza latente, novela, Santa Rosa, Fondo Editorial Pampeano, “Colección 2014/4”, 2015, 246 páginas.

Amenaza latente son 48 capítulos breves, un epílogo, el agradecimiento de cierre donde se destacan las fuentes de información especializadas que alimentaron los vaivenes de la trama (y que incluso posibilitan tentar cierta dimensión autobiográfica), más una breve dedicatoria. Incluye además un epígrafe inicial de Ralph Waldo Emerson; son dos renglones que reciben al lector con una sentencia definitiva, a través de la cual el poeta y filósofo estadounidense de principios del siglo diecinueve, mentor de la corriente trascendentalista, a la vez nos convoca, alarma y consuela en tanto miembros de la especie y sus pesares: “estos tiempos nuestros son graves y calamitosos, pero todos los tiempos son esencialmente iguales”.

La historia que Cuelle narra arranca en otro comienzo de siglo, el que corre, y el enigma que allá por 2001 fue como reguero de pólvora desafiando los archivos e ingeniosidades de los periodistas y atizando la imaginación desbocada de toda la población: la multiplicación de los cuerpos de ganado mutilado desparramados a lo largo y lo ancho de la llanura pampeana.

Amenaza latente continúa, a su manera, los vericuetos de esa capacidad fabuladora. El resultado narrativo podría calificarse como “realismo delirante”, pero en todo caso el énfasis debería colocarse en el sustantivo, porque, para hacer justicia, la inercia del delirio fue originalmente el resultado de las infinitas charlas de café, recreo, cola de banco, sala de profesores y oficina donde cada quien tentó alguna hipótesis explicativa para el inexplicable fenómeno.

Las conjeturas fueron de todo tipo: recorrieron el espinel de las tradiciones religiosas, desde el milagro hasta el castigo divino; el afán científico de cuño positivista, que no descartaba el virus mutante fugado de un laboratorio clandestino; depredadores astutos, voraces y camaleónicos, algún mal bicho, vampiros; el insaciable apetito de las corporaciones imperialistas y sus labores oscuras y secretas; variaciones sobre los paseos alienígenas con intereses de diferente tipo… Hasta hubo quienes arriesgaron la clave de que seguro se trataba de algún paisano joven y travieso que intentaba emular a don Luis Landriscina en clave posmoderna. Otros prefirieron alguna recurrente metáfora para denunciar la manipulación informativa: “la llega da de las mutilaciones de ganado parecía operar como una cortina de humo para distraer al pueblo en general; aunque también era cierto que lo que ocurría a cientos de kilómetros de la Capital Federal no tenía ningún efecto sobre los furibundos ahorristas estafados que, diariamente, se agolpaban en la puerta de los bancos, o se despachaban con un cacerolazo en las inmediaciones de la Casa Rosada, para recordarles su bronca a los nuevos gobernantes” (capítulo doce). Ese guiso espeso nutre la novela de Cuelle, que uno u otro ingrediente está más o menos condimentado para realzar su sabor, es responsabilidad exclusiva del cocinero.

Un policial de corte clásico

Por otra parte, Amenaza latente sigue la estructura propia del relato policial, algo evidente ni bien se advierte la función de desfacedor de entuertos herméticos que caracteriza al policía Martín Lozano. Un inspector ya retirado de su oficio, que también tiene veleidades de escritor, como lo demuestra el artículo que alguna vez escribió -según se menciona en el capítulo uno- para una revista policíaca después de haber resuelto un importante caso, y en cuya introducción rogaba que no se lo confundiera con ninguno de los grandes maestros de la investigación, como Sherlock Holmes o Hércules Poirot. O como el chevalier Auguste Dupin, el célebre detective pergeñado por Edgar Allan Poe, a quien no se nombra de manera directa, pero si a través del procedimiento, puesto que en El misterio de Marie Roget y en Los crímenes de la rue Morgue al igual que en esta Amenaza latente, los titulares y las noticias de la prensa escrita son las que llaman la atención del personaje central, se constituyen en la causa efectiva de la historia que se cuenta (anticipan el llamado telefónico de Aráoz, el ganadero y dueño de la estancia “El jagüel viejo”) y, también, participan en la resolución del enigma.

Para más datos y filiaciones, puede agregarse que Lozano charla por teléfono en el comienzo del capítulo catorce con un viejo subordinado, que responde al nombre de Daniel Hernández, homónimo del detective aficionado, suerte de alter ego de Rodolfo Walsh con quien el autor de Operación masacre compartía el oficio de corrector de pruebas. Este actor de ficción emblemático del policial argentino apareció por vez primera en Variaciones en rojo, volumen de cuentos que el propio Walsh estimaba como una suerte de homenaje al famoso Estudio en escarlata, de Arthur Conan Doyle/Sherlock Holmes. Aunque tampoco falta espacio para Scully & Mulder de los X Files.

Si intentamos una clasificación más fina de la novela de Cuelle, deberíamos anotar entonces que no trata de un crimen ni de un delito social, por lo que habrá que excluirla del subgénero del policial negro o “duro”. Los únicos cadáveres que aparecen son unos vacunos de quienes el victimario ni siquiera se ha llevado un pedazo para satisfacer su apetito. Por otro lado, el protagonista no parece correr serio peligro de morir más allá de amenazas de distinto calibre que provienen de enigmáticos personajes que a veces representan agencias del estado o de organismos supranacionales. El protagonista tampoco carga con traumas o conflictos personales que tiñan la trama (la historia del policial duro cuenta con una larga lista de investigadores alcohólicos, drogones; o son malos padres, o cultivan hábitos perniciosos, etc.). Martín Lozano se halla bien con la vida; jubilado de la policía tras 32 años de servicio, una familia sin conflictos y lo único que lo saca del reposo es el misterio que emana de las noticias periodísticas del mes de junio del 2001 en La Pampa: “Los artículos daban cuenta de la aparición de algunos vacunos muertos en dos lugares totalmente diferentes, colocados al parecer, ex profeso, en extrañas posiciones; aunque lo sobresaliente era que a los animales les habían quitado la piel, músculos, ligamentos y cartílagos de quijadas, con incisiones perfectas”.

Lo que vuelve la novela un “relato policial clásico” es el intento de resolver un enigma a través de descubrir  sus causas y de llegar a determinar quién ejecuta el ‘crimen’.

La enseñanza del sumario

Jorge Cuelle (Santa Rosa, 1952), ex policía de la provincia, cuenta que no ha leído mucha narrativa criminal ni detectivesca. Destaca que su preparación para la escritura de ficción fue la redacción de los sumarios policiales, en los que se deben relatar los hechos, los aportes de los testigos de un caso, y especialmente destaca la observación y nota de los detalles que pueden ser muy importantes a la hora de esclarecer el suceso. Y la experiencia de la profesión también ayuda a la organización de un texto en etapas investigativas, rastreos, y una vez más, en tomar en cuenta los detalles, las pistas.

Ha publicado dos volúmenes de narrativa: Cuentos y relatos de La Pampa olvidada, de 1990, y De soledades y misterios, editado en 1995. Él mismo sostiene que el primero, escrito “en crudo”, es decir sin mayores correcciones y retoques, es el más interesante  y que mejor suerte ha corrido, a tal punto que varios de los relatos han sido grabados en audio y difundidos. Ambos libros tienen como marco de referencia el oeste pampeano.

Actualmente Jorge Cuelle está preparando una nueva novela cuyo escenario será la década de 1920 y 1930 en Santa Rosa, aquella población que se despegaba de su heterogeneidad fronteriza y se transformaba en capital del Territorio. A este sitio llega un forastero y sus enredos amorosos accionan el relato. No sería mala idea, llegado el caso, repasar la aldeana “Salto Grande” (transposición de la Santa Rosa de principios el siglo XX) del dramaturgo Pedro Pico, como un modo de tender la imaginación sobre la época. Y por otro lado Cuelle bosqueja otra novela que intentará navegar el mismo río de las historias y leyendas que se tejen en torno a la figura central del nazismo alemán, Adolfo Hitler, y sus “ocultamientos” en Patagonia.-

Una escritura simple y efectiva

Sencilla, directa, sin excesiva pretensión de estilo; con abundante diálogo, el uso de los recuerdos para recomponer la biografía del policía Lozano, su cincuentona mujer Inés y sus hijos crecidos en la perdida Colonia La Pastoril, así como para desenterrar de la memoria popular monstruos sobrenaturales; la descripción de escenarios de naturaleza típica que no reniega del costado gótico que brindan molinos, tanques australianos y la vegetación abigarrada; la apropiación de ciertos matices propios de la “jerga policial”, la veterinaria y el periodismo, y una paulatina aceleración de las acciones, así se presenta esta primera y única novela de Jorge Cuelle. No pretenderán que andemos contando el final…

 

“¡No te des vuelta!” (fragmento)

“A sus espaldas comenzaron a sentirse ruidos extraños, parecían pasos, pero no humanos, como si quien los diera pesara varias toneladas. Cada vez que apoyaba un pie en la tierra, el piso temblaba en derredor. Lucio con mirada enloquecida quiso girar su cabeza. Martín no lo dejó:

-¡Seguí caminando, no te des vuelta!

Estaban asustados, tremendamente asustados. Lo justificaba plenamente la oscuridad, sólo desgarrada por las luces verdes intermitentes que marchaban a los costados, y el avance desde atrás, de eso que parecía una mole capaz de destruir lo que pisara.

De improviso Lucio miró hacia sus espaldas y pegó un grito de terror cayendo desvanecido al suelo. Desesperadamente Martín lo levantó, y abrazándolo lo arrastró hacia adelante.

No podía respirar, le salían sollozos cortados; sabía que ambos dependían de su fuerza.

Al fin pudo ver entre penumbras el frente del auto, y jadeando hizo un esfuerzo sobrehumano tratando de acelerar la marcha, mientras su compañero gemía desvanecido. Estaba a muy pocos metros, pero parecía que nunca podría cubrir esa distancia. Al llegar dejó a Lucio en el suelo, abrió la puerta, empuñó el revólver  y encendió las luces del vehículo, pero nada había en la picada. Era como si todo lo vivido, instantes antes, nunca hubiera sucedido.”

(Final del capítulo diecinueve, página 94)

* por Daniel Pellegrino y Jorge Warley

Jorge Cuelle y su Amenaza latente: ¿Quién puede andar mutilando vacas?