A Kostequi y Santillán

“... en un operativo fue abatido...” (de la crónica policial.) - Por María Alejandra Naunchuk

 

-¡¡Lo balearon a tu viejo!!-

El grito le atravesó el pecho. Levantó a Juani que lloraba y corrió a la casa de su vecina, hablándole con voz entrecortada,

-Cuídemelo Teresa y déle algo de leche, porque yo no tengo nada-

Y corrió.

Corría ... corría...

No se detenía en su correr y correr.

Corrió... corrió... al doblar aquella esquina notó que se había orinado.

Sin aliento, desde lejos vio todo. El cuerpo tapado con una lona. Los patrulleros, la calle cubierta de policías.

Acercándose de a poco, sintió heladas las manos los pies el cuerpo entero. Algo muy fuerte estrangulaba su garganta.

Mirando con fijeza se detuvo. Allí permaneció sin tiempo, la hora infinitamente detenida.

No supo cuándo comenzó a caminar, ya no sentía nada.

Quería verle la cara. Recordó su barba. El viejo le había dicho... -no me la voy a cortar no me puedo afeitar todos los días-... y él se la recortaba y también el pelo, hacía mucho tiempo que no iba a la peluquería. La última vez, fue cuando festejaron en el club el pago de las horas extras con todos sus compañeros. Él cuidaba al Juani, que era bebé y trabajaba en la cantina. Ahí le decían:

-Te felicito, tu viejo es albañil de profesión-

Nunca entendió por qué lo felicitaban a él, tal vez era una costumbre.

Bailaban cumbias y chacareras, el viejo bailaba con la Teresa y se mataban de la risa. Después, el viejo no trabajó más. Salía a buscar alguna changa y él se quedaba con el Juani, le preparaba leche de soja y arroz siempre comían arroz. Después, él tuvo que salir a pedir. Y el viejo se quedaba con el Juani, porque le dolían mucho las manos y el brazo hasta el codo decía, se los ponía en agua con sal y un barro que traía la Teresa quien sabe de dónde.

Detenido quedó el recuerdo.

El policía lo tomó de la camisa, tironeándolo hacia atrás.

-Es mi viejo, sabe- dijo él. El policía lo miró, retiró la mano de su espalda y él se acercó.

Hubiera querido arrodillarse en medio de la sangre y con mucha suavidad bajar la lona para ver  sus ojos. Sentir que miraban hacia algún lado y creer que podía seguir esa mirada. Dio vuelta su cabeza y encontró el olmo en la vereda de enfrente.

-Traje un olmo... traje un olmo-, recordó como gritaba.

Él salió y el viejo estaba con una planta en sus brazos.

-La vamos a plantar para que el Juani tenga sombra para jugar-, le oyó decir con una carcajada.

De donde la habrá sacado, pensó..

El Juani lloraba y lloraba... y el viejo dijo:

-El Juani llora de hambre pero yo le voy a conseguir comida... se la voy a conseguir-

-Nunca le dieron el pecho- él se decía -mamá se murió enseguida-.

Depositado en el cordón de la vereda quedó el recuerdo. Y allí le llegó el comentario,

-Hubo un tiroteo, entraron a afanar-

El policía se acercó, lo miró. Con tono fuerte  le habló:

-Salí de aquí pibe, anda a tu casa-

Quiso decirle que no era una casa sino una pieza y el viejo le puso un toldo, para que el Juani jugara en el patiecito cuando hiciera calor.

Un pañuelo de nubes blanco y quieto desmentía la palidez. La muerte manoteada, el sueño delgado donde la vida es apenas una visita.

Murmuró, mientras las lágrimas le recorrían la cara, el cuello y las sintió hasta la cintura,

-… el viejo sigue ahí... tendría que quedarse allí... él siempre estuvo... estuvo en todos lados... la risa le colgaba del hombro, decía el Pele… que le saquen la camilla para qué la quiere-...

-¿Adónde lo llevan?-, preguntó:

-A la morgue.

María Alejandra Naunchuk

A  Kostequi y Santillán