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¿Qué hay detrás de la renuncia de Evo y del golpe de estado?

12 noviembre, 2019
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Por Ricardo Víctor Cheli. La ola de restauración conservadora ha llegado a Bolivia que en su historia sufrió 193 golpes de estado. No muy diferente a cómo se ha manifestado en América Latina desde el golpe de Estado en Honduras en 2009, pero con un fuerte componente de violencia. Este no es un golpe de Estado  parlamentario de apariencia legal, como en Paraguay y Brasil, se parece más a la ola de violencia y desestabilización que sacudió Nicaragua en 2018 o el intento de secuestro de Rafael Correa en Ecuador en 2012 o el golpe de Estado de 2002 en Venezuela, cuando los opositores se apoderaron de los medios de comunicación y prendieron fuego a las calles.  Pero veamos cómo llegamos a esta situación en la que el 10 de noviembre, después de salir victorioso en las elecciones del 20 de octubre, Evo Morales, presidente de Bolivia, se ve obligado dimitir. Horas antes del anuncio, la OEA se había expresado sin reconocer la elección después de auditar el escrutinio de votos. En la práctica, la OEA, a través de Luís Almagro, como en otros países maltratados, desempeñó su triste papel de lacayo de los intereses del imperialismo norteamericano.



El contexto económico nacional de las elecciones del 20 de octubre:

Las elecciones en Bolivia tuvieron lugar a las luces de la segunda década del siglo XXI. Dos décadas marcadas por muchas transformaciones en América Latina. Un período en el que el llamado ciclo de gobiernos progresistas comenzó con la elección de Hugo Chávez como presidente de Venezuela en 1998 fue experimentado y siguió vigoroso hasta la primera derrota electoral del Kirchnerismo en en 2015. Mientras tanto hubo varios intentos de golpe de Estado y al menos dos con éxito para los conservadores en Honduras y Paraguay. De 2015 a aquí la ola de restauración conservadora tomó más cuerpo, especialmente como un golpe de estado en el gobierno de Dilma en Brasil y la elección de Bolsonaro.  Evo estuvo a punto de ser elegido por primera vez en 2002, cuando quedó en segundo lugar en las elecciones sorprendentemente para un país de sucesivos gobiernos oligárquicos. En las elecciones de 2005 ganó con mayoría absoluta, convirtiéndose en el primer presidente de origen indígena. Cuando Evo toma posesión, Bolivia tenía un PIB de 5.000 millones de dólares y una deuda externa de igual valor. A finales de 2005, el PIB estaba a finales de 9.000 millones y en 2018 de 40.800 millones de dólares. Los gobiernos de los «terratenientes» que lo precedieron utilizaron el estado para una mayor acumulación de riqueza para ellos y para los suyos a través de la explotación de los recursos mineros, petroleros y gasíferos que hacían en sociedad con empresas extranjeras expoliadoras las que se llevaban el 80% de la riquezas y sólo le dejaban a Bolivia un 20%, que además, en su mayor medida quedaba en manos de aquella elite.

En 14 años, el gobierno de Evo multiplicó el PIB del país por 8 veces.  Una de las principales claves de la nueva economía fue el cambio en las relaciones con los recursos naturales, especialmente en los sectores agrícola, minero, energético e hidrocarburos. Con una profunda nacionalización a través de la recuperación de empresas estratégicas, además de inversión mixta, con el sector privado, en la actividad económica llevada a cabo por pequeñas, medianas y grandes empresas. Paralelamente, refundaron políticamente el país y alteraron el perfil de un estado colonial en un Estado Plurinacional, con especial atención a los movimientos indígenas y de mujeres. El resultado fue que un país que tenía el 78,2% de las personas en extrema pobreza, llegó a tener menos del 15%, estabilizado por un crecimiento del 4% anual y alcanzado un PIB per cápita de U$S 4,000, cuando eran U$S 900.

¿En qué contexto político tuvieron lugar las elecciones del 20 de octubre?

Bolivia es un país que enfrentó 193 golpes de estado en el período que van desde los días de Bolívar y Sucre, héroes independentistas, en 1825 hasta 1982. La estabilidad política no es lo común en el país, sino todo lo contrario. Es más, inestabilidad política siempre acompañada de mucha violencia. De 84 gobiernos, 32 fueron tomados por dictadores. El Palacio de Quemados, sede de la presidencia y de la que hemos observado en los últimos días el motín de los guardias palaciegos contra Evo, tiene este nombre por ser incendiado en un levantamiento popular en 1860. Con Evo y Linera, por lo tanto, en los últimos 14 años, Bolivia ha experimentado uno de los períodos más largos de estabilidad política desde la independencia, si no era el más grande. Durante este período hubo un principio de guerra civil en 2008, impulsado por los mismos estafadores de  hoy, con sede en Santa Cruz, Chuquisaca y Tarija, en ese momento también de El Beni y Pando.  Cualquiera que vea el escenario de la estabilidad política, el crecimiento económico, el exterminio de la pobreza y la mejora de otros indicadores socioeconómicos podría pensar que Evo se lo tomaría con calma. Con una victoria arrolladora. Resulta que en política todo son nubes y cuando miras hacia atrás al cielo, aquí viene una tormenta imprevista. La combinación de la reorganización de los sectores de la oposición, animado por los vientos conservadores que llegaron a golpear el continente (ejemplo de Brasil) con la insatisfacción de los sectores indígenas, porque consideraban que Evo estaba demasiado cerca del mercado y la agroindustria, los incendios forestales preelectorales y la no identificación de los votantes jóvenes (conocemos esta película) con el programa MAS formaron un escenario complicado para Evo. Así que la victoria que fue importante, no fue abrumadora y suficiente para cerrar la factura en el primer turno. El margen de votos, principalmente del campesinado, que aseguró la diferencia del 10% entre Evo y Mesa fue el componente de tormenta perfecto que el imperialismo necesitaba para hacer entrar la cuchara entrometida de la OEA y abrir las puertas al golpe. O sea en síntesis, la presión de EE.UU. y la burocracia cipaya de los terratenientes bolivianos caracterizada por su odio al indio y en defensa de sus privilegios se unieron para asestar el golpe.

El impacto de los incendios

Un punto importante del escenario y el contexto preelectoral fue el de los incendios forestales que alarmaron a Bolivia, especialmente en Chiquitania, al mismo tiempo que en Brasil se producían  los incendios en la región amazónica. Mientras en Brasil el gobierno de Bolsonaro hizo la vista gorda ante los incendios, golpeó a Macron y descuartizó los intereses europeos, Evo personalmente fue a las zonas quemadas, estableció el comité de crisis en el puesto de campaña, pidió ayuda a todo el mundo, reveló tecnologías que pocos sabían al recibir aviones cisterna y otros tipos de apoyo.

Sin embargo, sería imposible que los incendios no afectaran también la candidatura de Evo y dejara argumentos en bandeja para la oposición para apuntar contra el líder indígena. Cinco muertes por el tiroteo, 4 bomberos y un campesino, cuatro millones de hectáreas consumidas por el fuego, 12 áreas protegidas con gran biodiversidad de fauna y flora, fueron destruidas. Todo esto precisamente en Santa Cruz, sede del anti-Evo golpista.

El 20 de octubre, más de 7 millones de electores estaban habilitados para votar, tanto en el país como en el extranjero (341.000 pudieron votar fuera del país). La elección elegiría a 1 presidente y su vicepresidente, 130 diputados y 36 senadores para el período de 2020 a 2025. Para ganar y dirigir la presidencia en Bolivia uno de los candidatos debe hacer más del 50% de los votos o al menos el 40% con una diferencia de 10 puntos porcentuales por delante del segundo más votado. De lo contrario, hay una segunda vuelta. Los principales oponentes de Evo (47,08%) fueron Carlos Mesa (Comunidad Ciudadana) con 36,51%, Chi Hyun Chung (Partido Demócrata Cristiano), con 8,83% y Oscar Ortíz (Bolivia dice No), de Santa Cruz, preferido por Estados Unidos, con sólo 4,26%.  Cuatro días antes de las elecciones, Evo recibió una delegación de la OEA en la Gran Casa Popular y pronto tuiteó: «Acogemos con beneplácito a la delegación de observadores de la OEA que acompañan las elecciones en Bolivia para verificar la transparencia y legalidad del proceso elecciones electorales.» La OEA envió a 92 observadores a las elecciones bolivianas, parte de las cuales se desplazó para seguir las encuestas en Sao Paulo, Buenos Aires y Washington. A pesar de la receptividad a la OEA, que conocemos bien al servicio de quienes están «observando» a los gobiernos latinoamericanos, la bandera blanca de Evo no funcionó mucho tiempo y la violencia ya se había asentado en los días previos a las elecciones. El cierre de la campaña de MAS en Santa Cruz fue un ejemplo de lo que estaba por venir.

El pasado domingo 20, cuando el comicio estaba cerrado, las oficinas del Tribunal Electoral Departamental de Potosí y los jueces electorales fueron agredidos en Tarija, Chuquisaca, Oruro y La Paz lo que provocó que los datos de la elección demoraran en darse a conocer. Una estatua de Hugo Chávez en Riberalta fue derribada y otros actos vandálicos se establecieron en todo el país. Los actos violentos tenían un claro contenido racista característico de algunas zonas de Bolivia, así como profundamente antidemocrático y de alteración del orden público. Mientras tanto, se sabe que funcionarios del Departamento de Estado de EE.UU. que se encuentran en Bolivia, Mariane Scott y Rolf Olson, sostuvieron reuniones con diplomáticos de Brasil, Argentina, Paraguay, Colombia, España, Ecuador, el Reino Unido y Chile para, según sostuvieron, coordinar el reconocimiento de los resultados de las elecciones. Hoy ya se sabe que la intención era derrocar a Evo Morales. La OEA impuso una auditoría y concluyó que «aunque sin fraude, el proceso electoral presentaba algunas inexactitudes”, que traducido significaba, NO SE RECONOCE la victoria de Evo.

Desde entonces muchos sospechábamos lo que sucedería porque conocíamos la película muchas veces reiterada en Argentina. El escenario del golpe se montó: la violencia en las calles, el no  reconocimiento del proceso electoral por parte de los países de la región y el zorro, la OEA,  instalado dentro del gallinero. Sólo se necesitaban algunos elementos esenciales para la aplicación del golpe: las fuerzas de seguridad y los medios de comunicación. Y eso es exactamente lo que hemos visto en los últimos días, disturbios generados en y por la policía y la toma por la fuerza de los medios de comunicación masiva, por parte de golpistas civiles y militares. Decir, que el papel de estos últimos era pasivo, como lo sostuvo la Cancillería argentina, es falso y de mirada claramente antidemocrática, por lo que el propio Evo, con su llamado a nuevas elecciones, primero y con su renuncia después, sólo tuvo un objetivo claro y humanitario, propio de un estadista, que decidió no poner al Ejército en las calles contra el pueblo, para no aumentar la violencia y dar más argumentos a los golpistas.  Evo Morales fue el presidente que sacó a Bolivia de la situación de colonia eterna y dio a su pueblo dignidad y oportunidad de desarrollo, nunca visto en ese país. Evo apostó por la paz, queda por ver si eso es suficiente para detener la guerra y resguardar las vidas, la suya propia, las de sus funcionarios, familiares y militantes del MAS.

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