
Plan B Noticias reproduce la opinión del politólogo Silvio Javier Arias sobre cómo en la política, las ideologías fueron opacadas por el avance desmesurado del personalismo dirigencial.
La nota titulada «Personalismo vs Ideologías» dice textualmente lo siguiente:
“Se ha demostrado que ningún sistema,
ni siquiera el más inhumano, puede seguir existiendo sin ideología”
Joe Slovo – Político Sudafricano
En la Argentina y el mundo, las ideologías políticas han sido opacadas por el avance desmesurado del personalismo dirigencial, potenciado por los “gurúes” del marketing. Un fenómeno que politólogos, sociólogos y comunicadores sociales vienen advirtiendo desde hace décadas, al observar que los intereses empresariales mediáticos concentran sus objetivos en las “formas”, por sobre el “contenido” de la política, particularmente en etapas preelectorales. Sin ser responsabilidad exclusiva de los massmedia, ya que los partidos políticos poco hacen por capacitar a sus seguidores democratizando el acceso a la participación real, el fenómeno de la “desideologización” no es ingenuo y existe hasta el punto de confundir conceptualmente muchos términos.
El desprestigio del debate ideológico tiene su origen a fines del Siglo XX, casualmente en el norte de nuestro continente, cuando el politólogo Francis Fukuyama profetizara –tras la caída del muro de Berlín- el fin de la historia y muerte de las ideologías en manos de un capitalismo “triunfante”. En realidad Fukuyama, representante del aparato intelectual norteamericano, cumplía con el mandato imperial de vender “verdades” al mundo periférico a la medida de los intereses del poder central. Instalar la ideología capitalista como única alternativa posible, completaba un ciclo perfecto donde Estados Unidos era el referente exitoso e incuestionable para todos aquellos países que quisieran asimilarse a él, sin mediar consecuencias. Puertas adentro, el pragmatismo yanqui había ideado desde su nacimiento como estado soberano, un sistema bipartidista –demócratas y republicanos-, tendiente a no negociar el basamento ideológico del país, asegurándose que en la tierra de “los sueños y la libertad” todos serían democráticamente capitalistas. Aquí no hubo lugar para el culto a personalidades políticas transitorias, salvo que éstas fueran funcionales a las necesidades temporales del estado norteamericano.
El justicialismo argentino es un ejemplo de esa direccionada “confusión”, producto de la contradictoria “desideologización” de la política. Al momento de definirse, podemos escuchar algún político argentino decir que es “kirchnerista” pero no “peronista” y viceversa, lo cual significa un enorme error conceptual. El justicialismo es una ideología, como lo son el capitalismo, socialismo, liberalismo, neoliberalismo o comunismo. Es el “deber ser” de una expresión que interpreta la realidad nacional, para abordarla desde la praxis política.
Esta ideología posee su doctrina, el “deber hacer”, puesta en marcha por su intérprete temporal, un líder político: Perón – peronismo, Menen – menemismo, Kirchner – kirchnerismo. Dichos conductores implementaron desde su impronta personal, el contenido ideológico justicialista por izquierda, derecha o centro. Junto a la doctrina, cada uno de ellos mantuvo un “relato”; la explicación conceptual de su accionar destinado a difundir objetivos y beneficios de sus gestiones. De aquí la diferencia entre promocionar un “relato de gestión” y defender una ideología política, siendo éstas dos cosas completamente opuestas.
Debemos entender que las ideologías trascienden a sus creadores, mutan y se adaptan a los tiempos que corren. El justicialismo argentino, que naciera como una alternativa original, autóctona y liberadora a los imperialismos norteamericano y ruso de mediados del Siglo XX, con apenas setenta años de vida es el sistema ideológico con mayor proyección temporo-espacial en nuestro país; pese a la negación que de él han hecho algunas administraciones autodefinidas como superadoras del mismo. Es que mientras las doctrinas desaparecen con sus ejecutantes –seres humanos con defectos y virtudes-, las ideologías los sobreviven con sus transformaciones. Para los políticos de carrera, sería más conveniente definirse como cultores de una ideología, antes que partidarios de una doctrina. Peronistas, menemistas o kirchneristas son justicialistas, quienes con sus matices han interpretado ese contenido referencial, adaptándolo a sus fines.
El ser justicialista invoca banderas históricas e identitarias muy definidas: “soberanía política, independencia económica y justicia social”. Completa su propuesta con un conjunto de pertenencias populares, que con el transcurso de los años no han podido más que afianzarse dentro de la cultura argentina. La posibilidad de una nación “libre, justa y soberana”, un pueblo “empoderado” con organizaciones civiles y derechos sociales inclusivos inalienables; la certeza del ascenso social a partir del esfuerzo personal y la disponibilidad real de oportunidades provistas desde un estado presente. Todo ello, acompañado de una política exterior que enlaza a la Argentina con Latinoamérica, compartiendo un destino continental común pleno de autonomía económica, hermandad cultural y desarrollo humano. Eso es ideología. Un proyecto original que fortalece al hombre y al estado, desafiando imposiciones internas y externas contrarias a él.
Queda claro que el personalismo dirigencial “marketinado”, nada tiene que ver con el sistema presidencialista de gobierno, caracterizado por la división de poderes y una preminencia carismática del poder ejecutivo. Los caudillos populares de otrora, son las nuevas estrellas mediáticas de hoy, donde el envase importa más que el contenido. La superficialidad propuesta instala valores como el individualismo y el egoísmo, contrarios a la cooperación, solidaridad y justicia garantes de un entramado social sólido, inclusivo y armonioso.
Las sociedades que se dicen democráticas valoran e implementan el debate de ideas, priorizando los contenidos sobre la superficialidad política de las formas. Las ideologías no dividen sociedades, los fanatismos doctrinarios sí. Para gobernar con honestidad, eficacia y profesionalismo, debemos reivindicar los contenidos que llevan a solucionar los problemas de todos. ¿Es una cuestión de aprendizaje?, sí. Los cambios sociales no se dan por generación espontánea, deben propiciarse desde todos los ámbitos posibles con educación y genuina participación ciudadana. Los verdaderos líderes políticos conducen los cambios, guían, proyectan, avizoran y anticipan realidades para las sociedades, gobernándolas con ideas no con manuales de buenas intenciones.
Las ideologías gobernaron, gobiernan y seguirán gobernando el mundo, por ello tenemos que valorarlas, renovarlas, hacerlas asequibles a nuevos destinatarios; revelando la trampa de la ficción que nos proponen ciertos sectores opositores a ese progreso. Sin fanatismos inútiles, con racionalidad constructiva, humildad y pluralidad de voces, será posible ese anhelado cambio. El bienestar común no es el producto exclusivo de mentes iluminadas, sino el resultado de una construcción colectiva ardua y generosa, visiblemente inspirada por una ideología consecuente con la realidad que la circunda y nutre.
*Silvio Javier Arias
Prof. en Ciencia Política

