
Los días pasan y los análisis se suman. En este caso, la opinión del abogado y militante político, Ricardo Víctor Cheli.
Después de conocer los datos de la elección del domingo, recordé el introito de una novela de Saramago (“Ensayo sobre la lucidez”). Allí relata que en un día lluvioso de elecciones en un país que no identifica, pero que podría ser el nuestro, la mayoría de los electores decide votar en blanco. Se decreta repetir las elecciones una semana después y el voto en blanco aumenta, resultando un ochenta y tres por ciento. El gobierno y la oposición estaban, simplemente, paralizados y ante este hecho inesperado se toman una serie de decisiones autoritarias, tratando de relacionar la victoria del voto en blanco con la llamada «ceguera blanca», enfermedad que había afectado colectivamente a la población cuatro años atrás y que Saramago cuenta en su obra “Ensayo sobre la ceguera”. La novela es una reflexión sobre los mecanismos del poder y las resultantes de una revolución pacífica protagonizada por un pueblo desesperanzado e incrédulo en medio de las elecciones que parecen legitimar la democracia.
Claro que en las elecciones PASO del domingo, el pueblo no optó por elegir un gobernante. En efecto, el alto porcentaje de ausentismo, al que se suman los votos en blanco, traducen un desconcierto y rebelión. Pero, hubo otro sufragio -que llamaría de protesta rebelde-, donde la mayoría de los votos positivos computados, en casi todo el país fueron en favor de un candidato cuya propuesta es romper con el sistema democrático mismo, destruyendo ministerios, dinamitando el banco central y desguazando hasta la humanidad de las personas físicas, si fuera necesario. O sea un fascista que se autoproclama el paladín de la antipolítica (pero no de los políticos, a los que denomina “la casta”, aunque él es parte de ellos). Eso sí, nunca lo oímos proponer cambios en el Poder judicial, uno de los bastiones del neoliberalismo, junto a la prensa hegemónica, verdadero aparato comunicacional paragua o sostén de las causas de espionaje ilegal y lawfare de la derecha macrista y “creadores” de esta figura de ficción que es Milei.

El politólogo búlgaro Iván Krastev suele utilizar el párrafo citado de Saramago, para explicar los riesgos a los que está sometida la democracia cuando la política deja de interpretar el sentir ciudadano. El sonido de las urnas, el único modo multitudinario y pacífico que tiene el pueblo para expresar su fastidio y oposición a las políticas de los gobiernos, siempre suele ser más estruendoso incluso que grandes movilizaciones o una revuelta popular. El hartazgo ante los discursos huecos y la falta de propuestas sensatas de los partidos de oposición y la sensación de que la agenda del gobierno luce ajena a los padecimientos cotidianos se van filtrando en el inconsciente colectivo y como los virus, la desilusión popular suele ser muy contagiosa, hasta que la reacción encuentra su canal de expresión en el voto, como el las PASO del domingo, donde los electores, sabían que no elegían a un nuevo gobierno, y que era su gran oportunidad para hacer la catarsis de sus zozobras, en especial, sin perjuicio de otras, de las privaciones económicas.
Lo que sucedió el domingo, mezcla de anemia participativa e impaciencia, determinó una clara fragmentación de la voluntad popular que estuvo dividida en cuartos; ausentismo y voto blanco, por una parte, y por la otra en el voto a Milei con una mayoría importante y, el resto, a Juntos por el Cambio y a Unión por la Patria, casi en partes iguales. Es decir que casi el 50% del padrón expresó su hartazgo y descontento con las acciones del actual Gobierno, pero sin dudas sólo “prestando” sus votos al candidato más extravagante que representa la antipolítica, para que se tome debida y apurada nota de su enojo y que, de una vez por todas, se comience a hacer política, que es hacer posible lo necesario para la felicidad del pueblo.

No creo que estos resultados electorales impliquen el empoderamiento de un líder antisistema surgido de la disconformidad ciudadana, porque el pueblo argentino y en particular los sectores más desposeídos y los jóvenes de donde -seguramente- emanaron la mayoría de votos para Milei saben muy bien qué gobiernos, en las últimas siete décadas, le aportaron más derechos y justicia social, y cuáles no. Y también saben que ningún político que promete destruir y podar lo ganado y ya consolidado en la sociedad, jamás será una opción válida en una elección general.
Menos aún si esas propuestas provienen de una o un supuesto caudillaje político de delirantes de derecha con marcados relieves fascistas cobijados en la insatisfacción popular, que en sus consignas sólo le hablan a los poderes económicos concentrados, jamás, ni Milei ni Bullrich, en materia económica, se dirigen a la gente ofreciendo mejores condiciones de vida o aumento de salarios, todo lo contrario sus promesas son recortes a mansalva para satisfacer a “los mercados”. Lo mismo en materia de seguridad, sus programas son represión con las fuerzas armadas a fin de contener cualquier protesta social que afecte los intereses de aquéllos.
Ellos son los augures del desastre y especuladores del desánimo, como se ve a diario, politizan todo, menos lo sustancial de un Estado que es su pueblo, al que quieren sometido. No dejan a salvo un espacio para el bien común haciendo que la principal víctima sea la política, de la que se valen sólo para apoderarse del Estado. Ya lo hemos dicho y no se trata de ninguna originalidad, cuando la democracia se convierte en un sistema desapegado de valores y el pueblo busca salidas despavoridas, siempre hay alguien que llena ese vacío, se extravía el centro, que es como perder el equilibrio. Pero quien escribe está persuadidos que la gran mayoría del pueblo argentino no la ha perdido.
Si esa disconformidad y desencanto sabe ser escuchado por el Gobierno y en especial por el candidato Massa, seguro que en Octubre o en un ballotage, los ciudadanos le darán su voto de confianza, porque es obvio que los pueblos democráticos y con las experiencias liberales vividas no se suicidan.
Ricardo Víctor Cheli

