
El abogado Ricardo Cheli envió una nota de opinión a Plan B sobre la degradación y especulación política, en el contexto de legisladores que cambian sus opiniones de una semana a la otra.
La nota completa, consigna lo siguiente:
“Hoy aparecen en todos los medios un grupo de diputados radicales como los mercaderes de ese “templo”, que es la Cámara de Diputados, pero éso es sólo la punta de un iceberg, de tantos otros que andan flotando en el amplio mar que es el territorio, no sólo de nuestra Argentina, sino también de casi toda la América Latina. Patria grande donde -salvo honrosas excepciones- la política se ha devaluado como consecuencia de la degradación del régimen democrático. Esto ha sido la resultante de años de decadencia y de un distanciamiento cada vez más brutal del hacer de la política entre las necesidades genuinas de las sociedades y la agenda de interés de sus dirigentes. O sea, violentando el concepto y contenido esencial de la política “El arte de hacer posible lo necesario”. En esos contextos, la democracia como tal, queda limitada a la expresión del voto y luego hay pocos resortes para el ejercicio legítimo de libertades y responsabilidades individuales y colectivas.
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No es casual que Argentina sea el emergente de esta realidad y no consiga escindirse de esa identidad en su peor expresión. El desdibujamiento de los partidos políticos como correas de transmisión de un ideario común y la ausencia de líderes se han transformado en el caldo de cultivo propicio para que abunde la corrupción, la inmoralidad pública, la deshonestidad intelectual y la irracionalidad de quienes detentan el poder. Todo de la mano de los medios hegemónicos en sus distintos formatos que avalan, sostienen y retroalimentan esa “democracia” corrompible.
La gran mayoría de los dirigentes políticos, sindicales y la pléyade de funcionarios de los tres poderes del Estado, por lo general llegan al poder, sin tener representatividad de sectores sociales y es el marketing electoral de mayor financiamiento, el amiguismo o las prebendas, el que determina su elección, acunados por la iniquidad económica ocasionada por el neoliberalismo que, probado está, ha degenerado la moralidad de instituciones y personas en todos los ámbitos.
Esta degradación ha infectado a una porción importante de la sociedad y a muchas de sus instituciones y lógicamente, donde prendió más la degeneración moral fue, en las organizaciones políticas en los que las mafias, descaradamente, se muestran imparables porque no hay resistencia popular, sino -por el contrario- penalización de la protesta social.
Quienes definen a una buena porción de América Latina como la “sociedad de los políticos muertos” advierten sobre un riesgo latente: una sociedad que empieza a sentir que la acción política es algo sucio o innecesario está condenada a no encontrar el salvavidas que le permita evitar el irremediable derrumbe. Tristemente, varios de los países de América Latina, y Argentina no parece la excepción, se han transformado en sociedades donde prima un ambiente como el descrito, donde abunda la corrupción, la inmoralidad pública, la deshonestidad intelectual, la irracionalidad de quienes detentan el poder y de las élites más poderosas que se benefician de esa decadencia.
Las denuncias y acusaciones de plagio a nivel académico ya ni siquiera sorprenden, entre ellas contra el propio Presidente Milei. La irracional conducta de los políticos, en el caso los Diputados radicales, que promovieron y votaron una ley de su propia autoría y luego la borran con el codo lo que escribieron con la mano, recibiendo beneficios económicos espurios, lleva a degradarse a grandes sectores de la sociedad, millones de ellos sumidos en la pobreza que los observa, porque si no lo hacen se autoperciben como imbéciles, más aún cuando no hay escarmiento alguno para aquéllos. Se suma a esta grave situación de decadencia moral, la dramática escasez de líderes de fuste: probos, limpios de corazón, trabajadores, estudiosos, sapientes, inteligentes, bien intencionados. El déficit es de tal magnitud que la ciudadanía latinoamericana ha estado eligiendo a sus representantes entre quienes simulan conformar las facciones “del mal menor’. El sistema político y en él electoral, sumido en esa crisis y que hay que modificar, ha permitido que el pueblo en su mayoría no votara a favor de, sino en contra de.
Este cuadro de mediocridad permite en muchos países de América y en Argentina la subsistencia de una democracia débil, a punto de morir en brazos de facinerosos con rasgos sádicos, de cínicos malhechores dispuestos a cualquier cosa para continuar gozando de un poder mal habido, ya que el hecho de haber sido elegidos por el voto mayoritario prometiendo lo que nunca cumplen ni cumplirán, no les otorga ninguna legitimidad para someter a la sociedad y especialmente a los más desposeídos a las peores e indignas penurias. Que se entienda, que nadie busca santos, ni místicos, ni redentores, aunque algunos pensaran que el hoy Presidente Milei, tenía alguna de esa cualidades antes de asumir el cargo. Integridad ético-moral, idoneidad, equilibrio psíquico emocional y responsabilidad es lo mínimo que puede exigirse a quienes aspiran a accionar en el espacio público y eso hoy luce ausente en muchos de los encumbrados funcionarios nacionales y en algunos provinciales.
Todo está podrido dice la gente, porque el modelo ha diseminado su respectiva ideología en toda la institucionalidad nacional. La corrupción y diversas modalidades delictuosas en todos los campos, pero particularmente en el político, se han multiplicado con el neoliberalismo desde que este capturó el poder. Es que todo modelo económico, se sustenta en una filosofía conceptual, cambiando día a día los valores vigentes, incluyendo los morales. Por ende, los hechos políticos no suceden por azahar. No hay consecuencia sin causa.
Por eso de nada servirá que la lucha popular busque el cambio de personas y no del sistema que seguirá arrojando similares resultados. La lucha válida es contra el sistema político, si no se cambia estaremos condenados a repetir la historia, la lucha contra el hambre y la pobreza es resultado del sistema y no, al revés. La delincuencia no desaparece aumentando cárceles o con mayor presupuesto para aumentar policías, fiscales, jueces y locales represivos. La subversión social no se combate matando subversivos ni sospechosos, porque allí no está el foco infeccioso. Lo que es producto del sistema no es culpa de las víctimas de este.
Hay mucho que decir respecto a esta temática que excede la extensión de esta nota. Pero lo importante es tomar consciencia de esta degradación y sacudirse de ella. No solo quedarse en la autocrítica y tragarse la ostia para volver a lo mismo. Si nos pretendemos ser democráticos, progresistas y rebeldes, debemos empezar por cambiar nuestras instituciones políticas que permitan tener un Estado fuerte y presente en la vida del pueblo que lo integra como comunidad nacional basado en los valores que promulga nuestro Preámbulo constitucional”.
*Ricardo Víctor CHELI

