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¿Nos gobierna Silicon Valley? El multimillonario escondido en Barrio Parque y el plan para desguazar a La Pampa

24 julio, 2026
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(Por Carlos De Laturi) Hay que dejar de mirar las encuestas de los consultores de siempre y empezar a mirar la realidad: la Argentina se convirtió en el escenario de una película de terror tecnológica que el mundo observa con espanto. La reconocida politóloga Asma Mhalla advierte en su obra que el concepto del «Cyberpunk» ya no pertenece a una película de ciencia ficción con autos voladores; es lo que nos pasa hoy mismo en el bolsillo y con el celular. Vivimos la transición hacia un nuevo régimen donde el poder real ya no lo tienen los presidentes elegidos por el voto, sino una elite de magnates tecnológicos que controlan nuestras mentes a través de las pantallas mientras se quedan con las riquezas del país.

Argentina se ha transformado en el primer reality show a escala mundial de este nuevo sistema. Somos la «Zona Cero» de un ensayo sin precedentes: el experimento de una sociedad sin Estado combinado con un control algorítmico total. ¿Funcionará? Vaya a saber. Esa incertidumbre es justamente el límite del laboratorio. Lo cierto es que, para demostrar que esto no es una teoría abstracta de profesores universitarios, el desembarco ya es físico y territorial en nuestra propia tierra: el multimillonario Peter Thiel —fundador de PayPal y dueño de Palantir, la corporación de ciberespionaje más grande del planeta— se mudó en secreto con su familia a una mansión de Barrio Parque. El aliado clave del gobierno nacional ya no asesora desde lejos: eligió instalarse a vivir adentro de su propio reality show argentino.



La trampa de este Frankenstein Político fue armada por una dirigencia nacional ciega y egocéntrica que operó con una miopía histórica imperdonable. Mientras el oficialismo avanzaba capturando la neurobiología de la sociedad, gran parte de la oposición quedó atrapada en lo que denominamos una «política zombi». El ejemplo más claro es la desgastante interna entre el kicillofismo y La Cámpora, quienes se disputan a cielo abierto los sellos de partidos políticos vaciados de poder. Intentaron prenderle fuego a la casa del vecino para asustarlo y terminaron incendiando toda la casa nuestra. Hoy, sus disputas de cartel se han transformado en puro contenido de entretenimiento y distracción para que el algoritmo mantenga a la población hipnotizada frente a las pantallas, mientras por detrás se desmantela la estructura material del país.

Pero el peligro más rancio de esta puesta en escena está acá adentro, en nuestro propio territorio. Asistimos espantados a los falsos análisis de ciertos «científicos de la política», mercenarios de la consultoría que viven en su burbuja académica haciendo un sesgo político malvado para beneficio propio y de sus socios opositores provinciales. Estos intelectuales de cotillón salen a vender el libreto de que «vamos por el buen camino». Lo hacen por pura rabia clasista, por el enojo y el resentimiento crónico de haber cosechado fracaso tras fracaso electoral en las urnas pampeanas durante décadas. Con tal de sacarse la espina de la derrota, estos sabiondos buscan desestabilizar la provincia y están dispuestos a borrar de un plumazo años de una Pampa ordenada, con superávit, previsibilidad y paz social, entregándonos de rodillas al ajuste feroz del centralismo porteño y corporativo.

Para provincias como La Pampa, este laboratorio plantea el peor de los escenarios posibles: la balcanización, que en criollo se traduce como un brutal e irreversible «sálvese quien pueda» provincial. Cuando el gobierno central corta la obra pública de un plumazo, retiene los fondos legítimos para las cajas previsionales de nuestros jubilados y asfixia los recursos coparticipables que le corresponden a las provincias, lo que busca es desmantelar el pacto federal para arrodillar al interior productivo. El peligro real a mediano plazo es un territorio nacional fragmentado; un mapa donde las provincias queden solas, aisladas y debilitadas, obligadas a negociar su tierra, su energía, sus rutas y su producción agrícola directamente con corporaciones transnacionales y fondos de inversión extranjeros, perdiendo toda fuerza colectiva como Nación. En este nuevo sistema, si el Estado nacional se retira y abandona a sus provincias, la soberanía ya no es de los gobernadores: pasa a ser de los dueños de los satélites y de las billeteras virtuales.

¿Cómo logra el sistema avanzar tan rápido sin que la sociedad reaccione? A través de un Totalitarismo Cognitivo. Las redes sociales y los sistemas de inteligencia artificial no son herramientas inocentes para mirar videos: son armas de captación psicológica masiva. Están diseñadas para mantenernos atrapados en un trance colectivo a través de la dopamina, la provocación y el entretenimiento constante. Los memes y los ejércitos de trolls difunden mensajes simples e impactantes para que la militancia política se vuelva un videojuego lúdico, donde ser cruel o insultar al que piensa distinto se vuelve estéticamente «divertido» para los jóvenes.

Mientras las pantallas nos distraen a diario con falsas guerras culturales, en el interior analógico, en el de carne y hueso, sufrimos los efectos materiales de la recesión: comercios locales que bajan la persiana, pymes asfixiadas por las tarifas y boletas de servicios públicos que se vuelven impagables para una familia trabajadora. Nos quieren transformar en simples usuarios adictos al celular para que no veamos cómo se destruye la estructura material que sostiene a nuestras comunidades.

El límite de cualquier algoritmo, sin embargo, siempre es la biología y la materia. El odio digital puede ser entretenido en la pantalla, pero no llena la heladera, no pavimenta una ruta provincial, no cura en los hospitales regionales ni genera empleo genuino para nuestros jóvenes. Los modelos de bienestar más exitosos y estables del planeta, como los países nórdicos, demuestran que el único antídoto contra la disolución social y el caos es un Estado robusto, inteligente y eficiente que proteja a su tejido productivo y mantenga al territorio integrado. Al trance digital se le gana con certezas analógicas.

¿Funcionará el reality show? El tiempo lo dirá, pero la pulseada ya comenzó en el asfalto y en los recursos. Defender el federalismo hoy en La Pampa no es un capricho partidario ni una nostalgia folclórica del pasado; es la única trinchera institucional que nos queda para evitar que el destino de nuestro interior productivo termine siendo manejado por control remoto desde una oficina de Silicon Valley. O recuperamos nuestra identidad como ciudadanos federales defendiendo el territorio, o aceptamos ser usuarios dóciles mientras desarman nuestra propia casa.

Militante de HIJOS La Pampa – Politólogo en formación – Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF)

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