
El secretario general del Centro Empleados de Comercio de Santa Rosa, Rodrigo Genoni, publicó una extensa reflexión en la que revisó su propia mirada sobre la dirigencia política y sostuvo que la crisis actual va más allá de la falta de liderazgos: “Estamos ante una crisis de finalidad”. Sin mencionar a dirigentes o gobiernos en particular, cuestionó la construcción de poder basada en el enfrentamiento y reivindicó el rol del Estado, las instituciones y las organizaciones comunitarias para construir un proyecto colectivo.
El dirigente textualmente expresó lo siguiente:
La crisis de liderazgo es, en realidad, una crisis de finalidad
Durante mucho tiempo hablé de una crisis de liderazgo. Señalé la falta de dirigentes con coraje, formación, sensibilidad y capacidad para interpretar lo que le sucede a nuestra sociedad. Sigo creyendo que esa crisis existe. Pero hoy comprendo que ese diagnóstico resulta insuficiente.
El problema es más profundo.
No estamos solamente ante una crisis de liderazgo. Estamos ante una crisis de finalidad.
Tal vez no falten personas capaces de conducir. De hecho, el mundo sigue produciendo líderes que ganan elecciones, concentran poder, dominan la conversación pública y construyen grandes estructuras alrededor de sus nombres. Lo que parece haberse perdido es la respuesta a una pregunta mucho más elemental: ¿para qué se quiere gobernar?
Yo mismo pensaba que necesitábamos mejores liderazgos para corregir el rumbo. Hoy me pregunto si alcanza con cambiar a quienes conducen cuando ya no existe claridad sobre el destino hacia el cual queremos avanzar.
Porque construir poder no es lo mismo que construir sociedad.
El poder puede construirse reuniendo votos, cargos, recursos, obediencias y adhesiones. También puede construirse identificando enemigos, alimentando enfrentamientos y transformando el enojo social en una herramienta electoral. Construir sociedad, en cambio, exige generar confianza, organizar solidaridades, fortalecer instituciones y ofrecer un horizonte común.
El poder fortalece a quien conduce. La construcción de sociedad debe fortalecer a la comunidad, incluso cuando quien circunstancialmente la conduce ya no está.
Hoy abundan dirigentes que saben decirnos contra quién debemos luchar, pero son muy pocos los que pueden explicarnos hacia dónde quieren llevarnos. Se construyen mayorías alrededor del miedo, el resentimiento y la frustración, pero no alrededor de un proyecto colectivo. La política se volvió cada vez más eficiente para administrar conflictos y cada vez menos capaz de imaginar un destino.
Esa es la verdadera crisis.
No es únicamente que falten grandes figuras. Lo que falta es una definición compartida acerca de para qué deben existir el Estado, la economía y el poder político.
Pareciera que ya no resulta evidente que gobernar debería servir para que una familia pueda alimentarse, que un trabajador viva dignamente de su salario, que un joven pueda proyectar su futuro y que una persona no quede abandonada frente a la enfermedad, el desempleo o la vejez.
Decir estas cosas, que deberían constituir el punto de partida de cualquier sociedad, comienza a parecer antiguo, ingenuo o excesivamente ideológico. Como si hablar de comunidad fuera una debilidad y no la razón misma por la cual los seres humanos decidimos organizarnos colectivamente.
La cultura dominante nos enseña que cada uno debe salvarse por su cuenta. Que la salud, la educación, la vivienda, la seguridad y la jubilación son problemas individuales. Que quien pueda pagarlos los tendrá y quien no pueda deberá aceptar su destino. De esa manera, la solidaridad se convierte en un costo, el derecho en un privilegio y el ciudadano en un consumidor.
Cuando todo se individualiza, la sociedad desaparece y solamente queda una suma de personas compitiendo entre sí.
En ese contexto también cambió el sentido del liderazgo. Ya no se valora tanto a quien organiza una comunidad como a quien concentra poder. Ya no se busca a quien construye instituciones duraderas, sino a quien impone su voluntad. La crueldad se confunde con firmeza; el insulto, con sinceridad; el autoritarismo, con decisión.
Sin embargo, una sociedad no se construye humillando al más débil ni convirtiendo al diferente en enemigo. Tampoco se construye diciéndole a cada persona que su sufrimiento es exclusivamente el resultado de sus propios errores.
Una sociedad se construye cuando existe la certeza de que nadie deberá enfrentar completamente solo los momentos más difíciles de su vida.
Los sindicatos, las mutuales, las cooperativas, las organizaciones comunitarias y el propio Estado nacieron de esa convicción. No fueron creados para reemplazar el esfuerzo individual, sino para reconocer algo muy sencillo: existen problemas que una persona aislada no puede resolver, pero una comunidad organizada sí.
Por eso hoy entiendo que la discusión no puede limitarse a encontrar nuevos nombres para ocupar los mismos lugares. No alcanza con reclamar mejores dirigentes si no recuperamos primero el sentido del poder.
Necesitamos volver a preguntarnos qué sociedad queremos construir, qué responsabilidades estamos dispuestos a asumir por los demás y qué obligaciones debe tener quien conduce.
Un verdadero liderazgo no se mide solamente por la cantidad de votos que obtiene ni por el tiempo que consigue permanecer en el poder. Se mide por la sociedad que deja detrás suyo: por las instituciones que fortaleció, por las oportunidades que creó, por los derechos que garantizó y por su capacidad para transformar una multitud fragmentada en una comunidad.
Gobernar no debería consistir en administrar resignaciones. Mucho menos en convencer a los ciudadanos de que ya no existe un destino común.
Gobernar debe ser organizar esperanza.
Quizás por eso la crisis actual produce tanto cansancio y tanta angustia. No se trata solamente de que los dirigentes no estén resolviendo los problemas. Se trata de que una parte importante de ellos parece haber renunciado a la idea misma de construir una sociedad.
Durante mucho tiempo creí que nuestra principal dificultad era no encontrar los liderazgos adecuados. Hoy comprendo que la pregunta anterior es todavía más importante: ¿liderazgos para hacer qué?
Sin una finalidad colectiva, incluso el liderazgo más fuerte puede convertirse en una simple maquinaria de acumulación de poder.
Recuperar esa finalidad es la tarea política más importante de nuestro tiempo.
Porque el poder que solamente se utiliza para reproducirse termina inevitablemente vacío. Y porque, en definitiva, el poder sólo tiene sentido cuando sirve para construir una sociedad en la que nadie necesite salvarse solo.

