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Hotel La Pampeana: Una experiencia gastronómica que vale la pena descubrir

10 septiembre, 2026
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A pocos kilómetros de Sarah, el Hotel Rural La Pampeana propone mucho más que una estadía en medio del campo. En una construcción cargada de historia, el lugar combina el patrimonio de una antigua estancia y un exfrigorífico, con una propuesta de alojamiento y gastronomía de alta gama, en un entorno donde lo rural convive con el confort y los detalles modernos.

Por Felipe Matamala. Llegamos a La Pampeana, en Sarah, cerca del mediodía. Apenas entramos nos recibió Javier Araujo, dueño del lugar, quien fue el encargado de acompañarnos durante la primera parte de la visita y contarnos algo de la historia de este particular establecimiento.

Antes de sentarnos a comer recorrimos el exterior del hotel. La construcción tiene algo que inmediatamente llama la atención: conserva ese espíritu rural, pero al mismo tiempo está muy cuidada y combina elementos de época con otros más modernos. Todo resulta cálido, cómodo y pensado para que uno pueda quedarse.

Araujo nos contó que La Pampeana está emplazada en el antiguo casco de la estancia vinculada al frigorífico que llevó el mismo nombre. El establecimiento fue impulsado por el alemán Carlos Fuchs y, a comienzos del siglo XX, allí funcionó lo que se reconoce como el primer frigorífico de La Pampa. La actividad no se limitaba a la carne: también se producían quesos, manteca, hielo, fiambres y otros derivados

Esa historia todavía está presente en cada rincón. La antigua construcción principal fue restaurada y convertida en hotel, conservando parte de su identidad original pero incorporando espacios pensados para el confort. El resultado es una combinación particular: la sensación de estar en una casa de campo histórica, pero con las comodidades de un establecimiento moderno.

Durante la recorrida también aparecen los espacios exteriores, el paisaje y distintos sectores del establecimiento. En noviembre cumplirá 20 años.

En el interior, nos esperaba su esposa Betina Lago que nos hizo recorrer por las distintas habitaciones que transmiten una sensación cálida y cuidada. En la planta baja se encuentra uno de los espacios principales para recibir a los visitantes, mientras que en el piso superior hay otro salón con balcón y vistas hacia el patio.

Pero si hay algo que termina de convertir la visita en una experiencia diferente, es el momento de sentarnos a comer.

Porque una cosa es que te digan que vas a probar una comida gourmet, con productos de calidad y platos elaborados. Eso uno más o menos puede imaginarlo.

Otra cosa muy diferente es sentarse y que la comida te empiece a generar sensaciones que ni siquiera sabés explicar.

Y eso fue lo que me pasó en La Pampeana.

No era solamente comer
El menú fue un verdadero recorrido. No se trataba de traer un plato, comerlo y pasar al siguiente. Cada preparación tenía una presentación determinada, aromas propios, distintas texturas y una manera particular de llegar a la boca.

Una de las cosas que más me llamó la atención fue que el chef no se limitaba a preparar los platos y dejarlos sobre la mesa. En cada paso había una explicación.

Antes de probar cada preparación nos contaba qué teníamos adelante, qué ingredientes la componían y, sobre todo, cómo había que comerla. Y eso, aunque pueda parecer un detalle, cambiaba completamente la experiencia.

En algunos platos nos indicaba que teníamos que comer todo junto, mezclar determinados elementos o probarlos de una manera específica. Y ahí aparecía nuevamente la sorpresa.

Porque alguna vez mirabas el plato, escuchabas la explicación y pensabas: “No sé si esto me va a gustar”. Incluso había combinaciones que, antes de probarlas, parecían difíciles de imaginar.

Pero después lo llevabas a la boca y la reacción era otra: “¡Loco, esto está buenísimo!”

El chef iba marcando ese recorrido y era casi como si cada plato tuviera sus propias instrucciones para ser descubierto. Y todo ese recorrido estuvo acompañado por el vino.

La propuesta tuvo un maridaje con vinos Rutini, que fueron cambiando a medida que avanzaba el menú. Comenzamos con vinos más frescos, pasando por blancos y rosados, y después aparecieron los tintos, acompañando las preparaciones de mayor intensidad.

De esa manera, la bebida tampoco estaba puesta simplemente para acompañar la comida: formaba parte del recorrido.

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Comenzamos con los aperitivos, entre ellos un trampantojo de croqueta y una croqueta de jamón serrano. Después llegaron las entradas: tartar de tomate, huevos Arpege, castañuelas de cerdo con trufa y ostras al champagne con pimiento verde y escabeche.

Algunas preparaciones tenían una textura que no esperaba. Otras explotaban en la boca. Había combinaciones que al principio no terminaba de comprender, pero que después empezaban a tener sentido. Y estaban también los aromas, que aparecían incluso antes de probar determinados platos y formaban parte de la experiencia.

No era solamente sabor. Era olor, textura, temperatura, presentación y sorpresa.

Y eso, por lo menos para mí, fue lo que marcó la diferencia.

El plato principal fue una suprema de codorniz trufada con salsa Périgueux. Después llegó un prepostre de helado de habano y, para cerrar, una mandarina en textura con coulis de azafrán.

Pero incluso en esos platos finales seguía apareciendo la misma lógica: sorprender.

La gastronomía de La Pampeana no busca solamente que digas “qué rico”. Busca que te detengas, que mires, que huelas, que pruebes y que trates de entender qué está pasando.

Y ahí aparece uno de los aspectos más interesantes de la experiencia: no se trata solamente de comer rico.

Hay platos que sorprenden por su presentación, otros por sus aromas y otros por la combinación de texturas. Algunos generan una sensación inesperada al momento de probarlos, con preparaciones que cambian en la boca y obligan a detenerse un segundo para descubrir qué está pasando.

Cuando nos despedíamos nos contó el chef que en noviembre por el aniversario de los 20 años hará una promoción del 50%, pero sí aclaró que reserven con anticipación porque la comida tiene su tiempo y demora.

Al final fue una experiencia que no esperaba y que me provocó una gran cantidad de sensaciones.

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