
Plan B publica la nota de opinión de Oscar Christensen, en conmemoración del 40º aniversario del Golpe de Estado de 1976.
Recordar aquel 24 de marzo con la presencia del Presidente de la potencia que amparó el Golpe de Estado del 76 y se asoció a la Gran Bretaña en la guerra de Malvinas contra nuestro legítimo reclamo de soberanía, es por lo menos; un acto de alta traición contra la Patria.
El 24 de marzo de este año se cumplen cuarenta años del inicio de un período oscuro y nefasto para nuestra Patria. Son muchos años para la vida del hombre, pero solo un soplo para la historia de un país; un instante que marcó a fuego a muchos argentinos que perdieron sus trabajos, destruyeron sus familias, fueron engañados y los insultaron con mentiras como si fueran niños; se apropiaron de sus bienes materiales y los obligaron al silencio culposo. Pero eso solo fue el principio; luego vinieron los asesinatos y la desaparición de personas, la apropiación de niños y el llanto eterno de las madres buscando a sus hijos que habían sido declarados por la dictadura como “…entes, no están, desaparecieron…”
El 24 de marzo de 1976 se concretó la infamia más grande que cualquier argentino puede esperar, es la mayor traición a la Nación que nadie espera de sus compatriotas y mucho menos de sus fuerzas armadas responsables de la defensa y la soberanía nacional; además, contando con la complicidad de muchos civiles con la sola idea de salvaguardar sus miserables intereses económicos y sus prebendas momentáneas.
Aquellos días en que los Estados Unidos aplicaba a rajatabla la doctrina de la “seguridad nacional”, Argentina era una isla en América Latina, con su gobierno democrático y enmarcado en la doctrina peronista de una “patria justa, libre y soberana” aunque, en el propio seno del justicialismo había traidores y agentes foráneos que actuaban en contra de los intereses populares pero, para la Secretaría de Estado de EEUU no era suficiente para sus ansias de dominación. Para ello era necesario instalar un gobierno dócil y compenetrado con las políticas neo liberales impulsadas por la potencia americana. Así nació el “proceso de reorganización nacional”, un gobierno dictatorial, de corte violento y autoritario que ante la menor duda, optaba por el asesinato o desaparición de sus opositores y militantes del campo popular, aunque ello incluyera a sacerdotes, gremialistas, dirigentes políticos y simples ciudadanos que mantuvieran algún contacto con los supuestos “sospechosos”.
Por aquel entonces, el pueblo argentino era un espectador de los hechos que ocurrían implementados por un gobierno que respondía a intereses políticos foráneos y ambiciones económicas de especuladores propios y capitales extra nacionales; no interesaba el bienestar común, ni la educación y mucho menos la salud pública. Eran tiempos de cipayos y entreguistas con ansias de pertenencia a culturas extranjeras.
Fueron poco más de siete años de persecución, muerte, desaparición de personas, endeudamiento externo, una economía destructiva para el pueblo, entrega a políticas imperialistas y finalmente una guerra que por legítima, no justificaba los objetivos políticos de la dictadura. Una guerra impensada y mucho menos planificada, con combatientes sin experiencia ni preparación profesional de combate contra una de las mayores potencias bélicas del mundo y con una conducción política ilegítima que solo podía terminar como terminó; con una derrota y una resistencia popular.
El imperialismo y la dominación tienen muchas armas para controlar a los pueblos; la guerra, la invasión territorial, los gobiernos afines y los intereses económicos; aunque también podemos incorporar el poder mediático que forma opinión y crea condiciones políticas de opresión. Así se actuó en la década del setenta y nadie puede afirmar que no se repetirá.
El regreso a la democracia fue mérito exclusivo del pueblo argentino, con dirigentes políticos representativos y otros no tanto pero, con la posibilidad cierta de poder elegir a quienes creía el pueblo que los representaba. Algunos de esos políticos dirigieron los destinos de la república, con aciertos y errores pero siempre con la voluntad de los argentinos. A treinta y tres años de democracia y voluntad popular, los argentinos podemos decidir nuestro destino y el futuro que queremos para la Patria.
La democracia no garantiza gobiernos populares que defiendan sus intereses y accionen a su favor pero, es preferible equivocarse con el voto a tener que sufrir las consecuencias de una dictadura asesina y entreguista, aunque; algunas veces escondidos detrás de la sagrada “voluntad del pueblo” hay quienes ejecutan políticas anti nacionales con el solo objeto de concretar sus propios intereses sectoriales en desmedro de las mayorías y la clase trabajadora.
Son cuarenta años y cuatro generaciones nacidas en democracia que no conocieron el dolor de la incomprensión y la persecución política por el solo hecho de pensar distinto; hoy esos jóvenes ejercen sus derechos civiles y políticos como algo adquirido, instituido y propio; sin saber que esos derechos costaron sangre y luchas sin cuartel. Aquellos jóvenes de hace cuarenta años son los padres y abuelos de hoy que miran con temor la realidad que se avecina y las consecuencias que nunca esperaron luego de aquellos años de bregar por un mundo mejor para sus descendientes.
De aquella resistencia ingenua con quema de banderas yanquis y cánticos anti imperialistas a la realidad de hoy; un gobierno dócil, ambiguo y encolumnado con las políticas neo liberales casi nos indican que hemos fracasado, o tal vez; que no hemos comprendido el valor de la nacionalidad y la independencia.
Recordar aquel 24 de marzo con la presencia del Presidente de la potencia que amparó el Golpe de Estado del 76 y se asoció a la Gran Bretaña en la guerra de Malvinas contra nuestro legítimo reclamo de soberanía, es por lo menos; un acto de alta traición contra la Patria.
Oscar Christensen

