
Madrugada. No una más. Diciembre no es un mes fácil en Argentina. Ya lo sabemos. Agobiante y caótico, de apuesta o resignación, de un quizás sí, de memoria y demasiados muertos. Un grupo de legisladores y legisladoras votan contra los más pobres. Entre la sangre y los golpes, con la batahola de fondo, las sirenas, los gases, la represión.
Camino por la calle. Las cacerolas se hacen oír, ruidos latosos y que escucho con recelo, quizás porque voltearon a Allende, allá lejos.
¿Habrá reacción? ¿Escucha la sociedad las advertencias? Nadie puede hacerse el desentendido. Cambiemos era esto, la pata civil de la dictadura y su añoranza de botas y palos. De perros feroces, de hipócritas a sueldo, de bandoleros con cuentas en Panamá. Solo hacía falta leer un poquito de historia para destrozar a martillazos el discurso zen de armonía y felicidad.
Del lado de acá quienes no se resignan ante la hipocresía y las mentiras, los de la justicia social o de sangre roja y el corazón a la izquierda, diría Galeano. Del lado de allá, mercaderes voraces y antidemocráticos. No hay puente posible, ni está el tablón de Oliveira.
También del lado de acá, la familia. Y ese es el puente al sumo y sigo, para no bajar los brazos. Alguna que otra letra esquiva. No hay posibilidad de literatura si el mundo se desangra a tu alrededor.
Duele el silencio de tantos. El mirar para otro lado. La cobardía incondicional de los argentinos, Rivera y El farmer. También somos eso.
Siguen las cacerolas. Una señora pide por favor que se revierta la ley de Ajuste Previsional y el Presidente elogia el accionar de la policía y su cacería, festejada por los medios, empecinados en develar la identidad de militantes con bronca y sus pases innecesarios con la derecha. Clima irrespirable en las pantallas, exultante de soberbia y servicios de inteligencia.
Las manos sobre el teclado, la intermitencia del cursor que no da respiro y marca un pulso, no sé si el que quiero, pero marca una respiración, una sinfonía a destiempo, caótica, necesaria.
Tiempos aciagos, de Fiestas, sin el Felices, enredado en algún recuerdo.
Horacio Beascochea

