
Plan B Noticias publica la nota de opinión de Oscar Christensen, en referencia la situación interna del peronismo.
El peronismo ha demostrado que en unidad es invencible en cada elección pero, también ha demostrado que es muy frágil para mantenerse unificado. Ha sido su propio creador con un síndrome de autodestrucción muy difícil de explicar.
La lucha intestina del ’83 entre la ortodoxia y la renovación llevó al gobierno nacional a Ricardo Alfonsín y al radicalismo en su mejor etapa luego de Irigoyen. El regreso de la democracia planteaba varios desafíos que los dirigentes de entonces no supieron o no quisieron enfrentar, dejando de lado la concertación política y la definición de políticas de Estado que hacían falta para reestructurar a la Argentina. La quimera del “tercer movimiento histórico” no le permitió al “alfonsinismo” amparar a la mayoría de la sociedad que esperaba mayor unidad nacional con consenso y espíritu de progreso.
Por su parte, el peronismo luego de la derrota electoral por su exclusiva culpa y responsabilidad; se cobijó en su poder territorial de la mano de los gobernadores, que se convirtieron en el salvavidas del justicialismo de la mano de la renovación imponiéndose a la ortodoxia interna.
Dos mandatos presidenciales consecutivos, vía modificación constitucional; permitieron que nuevamente el justicialismo unificado se mantuviera en el poder y lograra ganar elecciones de medio tiempo inclusive; pero ello nuevamente, no significó la construcción de una base política sustentable en el tiempo sino por el contrario; desarticuló una sociedad esperanzada y se dejó llevar por las circunstancias globales del momento, aceptando políticas neoliberales nocivas para su propia supervivencia. Tal fue ese descalabro político y doctrinario que luego de diez años y medio de gobierno peronista; el candidato presidencial opositor levantó las banderas “menemistas” y el candidato oficialista Eduardo Duhalde proponía un cambio total de lo hecho por su partido en el gobierno. Ganó el candidato opositor De La Rúa con propuesta oficialista.
Otra vez el peronismo dividido permitía que una alianza de corte electoralista y sin contenidos programáticos y doctrinarios llegara al poder. La continuidad de las políticas neoliberales y la torpeza política del Presidente produjeron la implosión que terminó con la renuncia del Vicepresidente y el desgaste de una alianza que ya no existía en la acción. Solo faltaban algunos ingredientes para que la sociedad estallara; denuncias de corrupción, compra de votos en el Senado; inflación, deuda externa, inseguridad y políticas económicas recesivas entre otras cosas. Nuevamente la salida a la crisis se hacía en helicóptero, aunque esta vez sin proceso militar.
Durante este tiempo, el peronismo lamía sus heridas y se preparaba para el regreso buscando entre los que tenían poder territorial (otra vez los gobernadores), un sucesor que contuviera a todo el peronismo con sus coincidencias y divergencias pero, no tuvieron en cuenta el acortamiento de los tiempos políticos que disponían. Este corto lapso no alcanzó para limar asperezas entre los dirigentes más encumbrados y solo amplificó las diferencias que existían entre los sectores internos, con intereses similares pero con ambiciones desmedidas.
Ante la huida de De La Rúa y la falta de un Vicepresidente, la responsabilidad institucional recaía sobre un gobernador, un senador o una convocatoria anticipada a elecciones. Cinco Presidentes en una semana, con un intervalo de tres días que presidió el Gobernador de San Luís a quien, mediante una intriga interna lo obligaron a renunciar para que finalmente, el Senador Eduardo Duhalde asumiera la Presidencia. Desde allí, el nuevo mandatario comenzó a tejer su futuro político con buenas medidas pero con un alto costo social. Al año de su gestión habían mejorado sustancialmente la situación social y la política económica pero; un hecho de violencia y represión con dos muertos; Kosteky y Santillán, lo obligan a convocar a elecciones anticipadas (su mandato vencía en diciembre de 2003).
Una vez más, el peronismo se presentaba como la vía de salvación nacional y única alternativa para evitar una confrontación violenta de la sociedad; aunque esta vez con un Presidente peronista elegido legalmente pero con la falta de legitimidad del voto popular.
Esas nuevas elecciones volverían a mostrar al justicialismo con su conflictividad interna y la lucha entre facciones que ponían en riesgo el triunfo electoral del conjunto con tal que no ganara el adversario interno. Una ingeniería política permitió que se presentaran tres candidatos justicialistas en elecciones generales alcanzando en conjunto el 73 % del total de los votos emitidos, obligando a una segunda vuelta entre dos candidatos peronistas, luego trunca por el retiro de Menem. Con el 22 % de los votos Néstor Kirchner alcanzaba la Presidencia.
El nuevo líder construyó su poder con una filosofía política de manejo duro, con cambios profundos y un proyecto a 16 años de permanencia, alternándolo con su esposa, carismática y prestigiosa. Pero la vida le jugó una mala pasada.
En su mandato presidencial, Néstor también cayó bajo el influjo de los “movimientos históricos” y se despegó del Justicialismo para conformar su propia estructura política que lo sostuviera frente a la denominada “nueva ortodoxia peronista”. Ya en la continuidad del proyecto y con Cristina Fernández en la Primera Magistratura, se profundizaron las diferencias dejando totalmente afuera al Partido Justicialista, a tal punto que se rompió la tradición que el Presidente de la Nación presidía el Justicialismo; no solo eso, CFK ni siquiera estaba afiliada al partido de Perón. No obstante aquel 22 % inicial, las medidas populares y una política económica destinada a la producción, el trabajo y los más humildes recogieron la aceptación de la sociedad logrando renovar mandato en dos oportunidades.
Pero como todo tiene un final, también lo tuvo el kirchnerismo en el gobierno.
Aplicando su reconocido pragmatismo, los dirigentes peronistas que se creían excluidos del poder buscaron nuevas formas y estructuras que les permitieran confrontar con Cristina.
Y otra vez, las divisiones internas, los celos políticos y el famoso “peronómetro” conspiraron para que en elecciones reñidas se perdiera el gobierno a manos de un proyecto político diametralmente opuesto al que se venía aplicando. Es cierto que los intereses económicos y las empresas de medios de comunicación tuvieron enorme influencia en el resultado, pero también es cierto que algunos dirigentes peronistas con poder territorial aportaron votos para que esto ocurriera.
Hoy, el peronismo como estructura política homogénea y poderosa electoralmente ha dejado de tener eficacia; los motivos son varios pero se pueden configurar tres principales; la falta de una conducción política férrea y carismática, la unidad doctrinaria tras un proyecto común y la ambición personal de algunos dirigentes que priorizan sus intereses por sobre el conjunto. En menor medida pero con gran injerencia; la infiltración de referentes o seudo dirigentes que provienen de otros partidos ajenos al peronismo, con el solo objeto de utilizar la masa de votantes peronistas para llegar a lograr sus aspiraciones personales.
La realidad es que la otrora avasallante fuerza electoral peronista no existe como una unidad, está segmentada en cuatro sectores que se identifican a sí mismos como Kirchnerismo, Frente Renovar de Masa, la Liga de Gobernadores jóvenes y la dirigencia histórica con acompañamiento de algunos gremialistas.
Ante esta situación y los comicios del año que viene y de 2019 el peronismo corre riesgos de convertirse en un partido político más, sin expectativas de llevar adelante un proyecto nacional con justicia social, soberanía política e independencia económica. Todavía se está a tiempo de reflexionar, dialogar y alcanzar acuerdos de fondo que sirvan a la Argentina y a quienes vivimos en ella.
Santa Rosa, 1 de setiembre de 2016.-
Oscar Christensen

