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Chico emprendedor

11 enero, 2017
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Daniel Pellegrino envió a Plan B, un cuento titulado “Chico emprendedor”, donde el “Panza”, un adolescente no apto para los estudios intenta ganarse la vida en el contexto de un pueblo que cambia a pasos rápidos.

Chico Emprendedor

Había entrado a la ferretería del pueblo a los quince años y descubrió su amor por la pintura. No era la primera vez que entraba al negocio pero esa mañana había desistido nuevamente de ir al secundario porque cada vez llevaba menos carpetas y menos hojas que iba usando para armar cigarritos con los puchos que luego, con los buenos tiempos, devendrían en papel de arroz  y picadura fina; entró y se sintió un ser independiente y vivo, cómo no iba a conseguir el aval de su viejo si pudiera pintar las piezas de la vieja Rafaella, tan debilitada la pobre con su escasa pensión graciable que le cobraría poco pero sí lo suficiente como para costear el verso de pibe serio, contentar a su padre y decirle a la mamá que lo dejara de hinchar las pelotas con el futuro.

En su primera lucidez de independencia pudo afanarse un tarrito de un litro de pintura al aceite que pagaría en algún momento cuando levantara cabeza; se fue rápido al pequeño gallinero de su casa donde se guardaban diversas porquerías entre las que había recipientes con restos de pintura que mezcló con lo afanado. Vio un color de lo más agradable y apropiado para las piezas de la vieja Rafaella y de su casa arruinada,  y como no aguantó más con el descubrimiento, tomó a la pasada un balde de albañil del viejo, una cucharita, un pincel de cerda de caballo que se utilizaba para mojar paredes y salió volando hacia su primer laburo.

La vieja Rafaella vivía en el mismo barrio Este, así que fue con esos elementos y el baldecito de la pintura. Tiró el pucho antes de pisar la vereda y sin mayores comentarios, debido a la confianza existente, le dijo que quería ayudarla, premiarla, embellecerla.

-Ay pibito, la única forma de hacerme bella es que me consigas un novio mayor de edad y hábil en la cama.

El Panza no estaba preparado para esa tarea sino para iniciarse en pintar casas y así se lo dijo:

-Tengo que ganarme la vida, Rafa. Me importa un sorongo el secundario y quiero hacer la mía, por eso vengo a pintarte las piezas.

Rafaella vestía equipo jogging y empacaba sus tetas en un top bien afirmado. El Panza mostró el balde con el color aceitoso de la pintura.

-Te daré una mano. Ponele algo de lavandina y pegamento a esa mezcla y no te voy a pagar. Te entregaré una mesilla de noche que pertenecía a mi abuela. La vas a restaurar y vender muy bien o en el cambalache vas a sacarle provecho. Es mi única oferta, ragazzín.

Rafaella convidó un marlboro al Panza cosa que pensara bien la propuesta y el muchacho aceptó y de este modo comenzó una carrera que no iba a ser solo de pintor.

La casa era verdaderamente vieja y de adobes que Rafaella había recuperado con el fin de ofrecer un testimonio del modesto pasado inmigrante del pueblo por lo que no era raro que si alguien caía de visita a la localidad lo llevaran a pasar por delante de la belleza humilde de la casa.

Rafaella arriesgó dos piezas porque observó que el pibe había venido con un pincel de cerda de caballo, justo lo que necesitaba para retocar las piezas de barro más expuestas al deterioro, a los bichos y al futuro trajín de los visitantes públicos. Claro que le dio unos pesos para que consiguiera los alineamientos finales y entonces el Panza dejándose llevar por los acontecimientos tomó la mesita rotosa, la arregló con bastante criterio aunque no se la vendió a nadie y por eso se fue a Santa Rosa una tarde en el colectivo de línea con la mesita, se presentó en un par de cambalaches de la ciudad que le ofrecieron dos mangos y más tarde visitó un anticuario de la calle Luro llena de muebles y espejos carcomidos. Lo atendió un anteojudo quien miró más al pibe que al mueblecito y le dio un precio que hizo al Panza reírse y despedirse sin decir adiós pero el anticuario lo paró y le ofreció un trabajito de restauración que consistía en repintar o más bien embadurnar con jarabe un ropero grande; el Panza no cayó en la seducción, empeñó la mesita en uno de los cambalaches visitados para pagarse el pasaje de vuelta al pueblo y cuando Rafaella se enteró de semejante sacrilegio casi le tuerce la cara de un sopapo y allí mismo exigió que el viejo del Panza viniera a alisar la entrada del costado de la casa con cemento y que con esa plata recuperara la mesita, eso lo dijo en la misma cara del viejo Urde quien no se mosqueó demasiado sabedor de que el pibe en algo raro andaba aunque por suerte en nada grave y es más, si quería trabajar, que agarrara como correspondía el pincel y algunas changas le conseguiría no sin antes acordar entre ambos recuperar la mesita, había que quedar bien con Rafaella, especialmente porque el Panza sabía que el viejo andaba desde hacía tiempo con ganas de echarse un polvo con ella. Buena oportunidad para que el negocio de la pintura se presentara con viento a favor desde sus inicios; entonces el Panza terminó de contarle el embrollo de la mesita de Rafaella y el viejo confirmó el encargo de recuperarla y estuvo dispuesto a costear el viaje del Panza a Santa Rosa y que trajera la mesita de vuelta y le hiciera un tratamiento especial a los efectos de devolverla a su lugar de pertenencia, es decir a la casa desvencijada de Rafaella.

El Panza tuvo la suerte de que lo atendiera en el cambalache de Santa Rosa alguien que no había visto antes, un flaquito de barba rala, de ojitos y sonrisa coincidentes en apuntar hacia un hilito de humo que se le escapaba de entre los dedos. El flaquito le convidó una pitada y el Panza se prendió, y si hubiera tenido la imaginación y sobre todo la experiencia desarrollada, habría vislumbrado cuadritos de colores, murmullos de aprobación, mientras el otro le preguntaba en qué andaba por el pueblo y si tenía amigos, qué hacían, en qué consistía la diversión. El Panza se despabiló cuando el otro le dijo si el pucho te parece bueno llevate algunos, con el sobrante de guita que tenés llevate esta bolsita y verás que te puede ir mejor que hacer vida de restaurador, aunque en estos tiempos lo vintage deja algo, pero no en un pueblo de cuarta, le dijo el joven cambalachero y porqué no, aceptó la actividad extra, vació el bolsillo y se volvió rápidamente al pago con la carga completa.

Entonces volvió con Rafaella, entregó la mesita y notó que la vieja estaba evidentemente contenta y aprovechó para mostrarle un cigarrito con lo que la vieja se sorprendió de los rápidos avances que hacía la criatura y aceptó ahí nomás, luego se sentaron en la cocina a planear los pasos futuros, algo desviados de la pintura, orientados en cambio a proponer un lugar con lo cual atraer gente a la casa y no solo que pasaran por la vereda a exclamar oh que bella casita. ¿Qué hacer?, pues ofrecer un agujero del tiempo dentro del cual mostrar la casita piamontesa, lombarda, napolitana, o de pobres inmigrantes, un ambiente de piezas y ahí mismo servir los domingos y feriados almuerzos a la italiana para los visitantes que consistirían básicamente en fideos amasados en esta cocina. El Panza se la vio venir: iba a amasar o ser mozo de las mesas de las visitas; de ninguna manera, cortó Rafaella, el negocio estaba en atender el oficio de restaurar y conservar, hablar bien, hacer un recorrido por las dependencias con los colores propios de aldea campesina y ofrecer, atenti, una habitación de recreo a los  fumadores, ahora que era el tiempo de nuevas libertades en medio de las encerronas de ecologistas y vigilantes de la salud pública, un espacio así sería fervoroso y valorado. Con esto se ganarían unos pesos para ir tirando; mientras vos te paseás loquito por ahí en el patio latino, convidás vino y una pitada, vendrán los fumones te lo aseguro, tendrán un lugar legítimo donde hacerlo, será el bello tempo de unos fideos los fines de semana, te aseguro que nos irá bien, más te digo, si tenemos  en cuenta que al intendente le gustará apoyar este emprendimiento y además como anda medio alzado conmigo no tendría que haber problemas en que todo funcione y hasta nos liguemos un subsidio por el micro emprendimiento.

Acá hay algo grande, reflexionó el Panza quien ahora estaba viendo que el arreglo tendría derivaciones novedosas para el pueblo. O sea, del enamoramiento por una vida de pintor el Panza iba metiéndose aceleradamente en el tiempo de loco bienestar envuelto en lo moderno y vintage que sobrevendría en una actividad turística que tanto pudiera ingresar divisas al pueblo como a él mismo y que todo fuera tan bien como para dedicarse como un hobby a poner colores alegres en los barrios pobres de la vecindad. Qué lindo era soñar. Estaba tan contento que volvió a la ferretería a prometer pagar el tarrito afanado y de paso aprovechar esa honradez para charlar un acuerdo de precios por los posibles nuevos litros a comprar, cosa que el ferretero dueño se avino a escuchar porque ya le había echado el ojo al Panza como un pibe rápido y prometedor, uno de la nueva clientela que se aproximaba más y más según los tiempos se aceleraban.

Por Daniel Pellegrino

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