
Por Silvio Tejada. Una mosca sobrevuela la escena del stud del jinete de la picana y sus secuaces en la mesa de la defensa. Allí, la mosca por instinto buscaba lo más fétido, es el olor al pasado que revive en oleadas agrias y agudas. La mosca pone huevos, pica cueros desalmados en los imputados, la mosca caga sobre los hombros de los tordos de la muerte. La mosca está allí, sobre la mesa de la defensoría, en dónde se sientan espantapájaros a presenciar sus sentencias con bufidos silenciados, una sobremesa de sacos inquietos, de panzas bostezos, turrones y musculones de marrones camuflados. Novena jornada del juicio de la sub zona 1.4 II con un salón completo y rejuvenecido por el público testigo de cuanto hacen, gesticulan, disimulan y pastean en las generales de la ley.
Alumnos y alumnas de algunos colegios son participes de un hecho histórico. No siempre se generan las condiciones para que puedan involucrarse en un debate en el que se diputan modelos de sociedad, siendo eso lo que sucede en cuanto declara cada testigo que va jurando y rejurando decir la verdad y nada más que la verdad. Y en esta parte de nuestra historia, reciente, a cuarenta y pico de años, han pasado hechos que son realmente tormentosos.
La miseria se apodera de una de las bestias imputadas, la mosca que sobrevuela por el stud del jinete de la picana, le ha marcado la cara con su surco y en un reflejo de “instinto” el miseria agarra un papel de su defensa, lo enrolla rápidamente y aplica un tiro certero sobre el vuelo libre de la mosca que cae aplastada, deformada sobre la mesa de los tordos, allí intenta con unos aleteos insuficientes y el mismo papel enrollado barre su cadáver hacia el piso ilustrado del colegio de abogados. La mosca inmóvil fue reviviendo entre cada confesión de la historia, la mosca huele a un oficial de policía de 26 años que toma las novedades a las 7 y media de la mañana, “como de costumbre” y luego… el operativo vergonzoso de la patota genocida que se interpone en la saludable vida de un colegio de Aráuz. La mosca parece haber movido sus alas. Ramos de testigo cuenta de todo lo que puede contar, nunca se acuerda de ningún nombre, “como de costumbre”…todo su relato pispeado por el jinete de la picana…que no se fuera del guión…y el encuentro fortuito del policía que quiere ir al baño y una vez allí, sentado en el inodoro un cura que había quedado detenido en la patoteada del colegio. La mosca parece abrir los enormes ojos negros. Un detenido que evade, se fuga, se libera, abre la “deshonra “sangrienta y lo buscan por todas las manzanas, requisan el cementerio ante la guía del baquiano policía, …”como de costumbre”. La mosca ya es evidente que abrió sus enormes ojos. Un camión 350, un carro de asalto. Un asadito pal festejo, entre prontuarios y fichas. Un vaso de agua que se derrama sobre la mesa de la defensa, una sopa de grasa de pecado, unas gotas que salpican a la mosca, en la pantalla una foto de un camión taller móvil. “Todas casas del pueblo, no quedó ni una sin requisar…”, una puerta violentada en casa abandonada, y una historia de piratas de asfalto y poliladron. Ni un aplauso para el testigo, y menos para el asador.
La pantalla nos teletransporta en un juicio que abre otra ventana que se suma a la de Comodoro Py. Aparece celestialmente el mismo cura que en líneas anteriores se describe sentado en un inodoro a la espera de su libertad. El pastor nacido en un cantón suizo pero uruguayo de residencia, de Tarariras, jura ante “el señor Jesucristo y el espíritu santo” decir la verdad. La Mosca sigue allí, con signos vitales más claros, más atenta, prestando oído como todos y todas al acento extranjero del pastor valdense. “Daba clase en esa escuela, como suplente…con total laicidad…”. Dictaba clases de Historia, del siglo XVIII, XIX y XX, “esa mañana daría clases de la Revolución Francesa”. La mosca ayudado por sus alas pudo revertir su posición en el piso, aún luce un poco aplastada. La patota irrumpe la escuela, “veo todo vede”, “rodeados de armamentos”. El pastor profesor detenido, un Ford falcon …(“como de costumbre”), una toalla sucia como venda sobre los ojos del pastor profesor. El olor al vendado que sobresalta a la mosca. “Hacía un frio horrendo”. Interrogatorios, golpes en las costillas, picanas en la intimidad y el pastor profesor que se encomienda a su Dios, “un canto alemán del siglo XVIII…en tus manos…”, “la antesala del infierno”, una voz ronca que cree en su verdad y lo mandan al baño, allí la mosca sabe su olor, la venda sucia, el cuerpo dolido, el alma como censeres de heridas.
La historia, como un examen de fe, bibliotecas revisadas, un almuerzo banquete a la par de los gobernantes de facto inaugurando una casa para ancianos, un pastor que implora ser humanos y fraternos, que no es lo mismo que humanos y derechos. Un pastor profesor que toca el piano que entinta el dedo y la memoria y una murga uruguaya que se llama “nunca más” empuja a la sala que aplaude con agradecimiento de una clase de historia que tardó más de cuarenta años en darla. La mosca, al fin, recobró el esfuerzo y sobrevuela hasta la pantalla que despide al pastor testigo y víctima que “pastoreaba” la zona del sur, por el borde del paralelo.


