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Zelma Rivoira: «con Raquel cantábamos Zamba de mi esperanza para saber que estábamos las dos»

25 octubre, 2017
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Zelma Rivoira es una de las trabajadoras de la UTN en General Pico, víctima de la represión de las fuerzas policiales y militares que actuaron entre 1975 y 1983 en La Pampa.  Fue detenida en dos oportunidades y en ninguna de las ocasiones le informaron el motivo. No existió orden judicial de por medio. La detuvieron en 1975 tras la toma de la regional de la UTN y liberada a los dos días, y a partir del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, en donde la trasladan a la Seccional Primera y permanece detenida en forma ilegal por 20 días.

Reconoció al ex jefe de Policía Baraldini porque la fue a ver a la celda en la que estaba presa. También a Reinhart, quien contó fue el que la torturó y pudo verlo por debajo de la venda que le colocaron para que no pudiera ver. «Por ser mujer no nos respetaron un montón de veces, no tuvieron complacencia para nada», denunció.




«Yo era personal no docente. En el 75 tomaron la facultad y fuimos detenidos todos, en General Pico y Santa Rosa. Ahí se armaron listas con cruces, una, dos y tres cruces, yo tenía las de detención. Era para quienes quedaban detenidos, vigilados y libre de culpa y cargo. A mi me fueron a buscar a mi casa, yo no estaba, fueron con un carro de asalto, lo hablo con mi familia y decido presentarme en la comisaría Primera. Ahí ya me detienen y me suben a un carro de asalto y somos trasladados a Santa Rosa, escoltados por Policía Federal, llegamos y nos identificaron y me pusieron sola en una celda, incomunicada, no tuve contacto con nadie», relató hoy.

En la Primera compartió el encierro, entre otras personas, con Mireya Regazzoli «ella tenía atención médica, nosotros no, nos leía los diarios en voz alta, era la única que los recibía». «Pedíamos ir constantemente al baño para vernos, para encontrarnos y enterarnos de lo que pasaba, pedíamos limpiarlo para hacer algo, estábamos en celdas de dos por dos», recordó la testigo.

La tortura

«En un momento dado veo a Rosa Audisio que va al baño y tenía toda la panza verde de golpes que había recibido, habíamos aprendido a hablar con lenguaje mudo, por medio de señas, me dijo que la habían golpeado mucho y me dijo que no me negara a firmar la declaración con las vendas puestas por que me iban a golpear. A mi me llevaron sin vendas y sin esposas. Me llevan a otro lado, ahí me colocan esposas por detrás y me vendaron, había cinco militares, no les mire la cara, no pude, de ninguna manera, una pregunta que me voy a hacer toda mi vida es como salieron ellos de al lado mío porque no sentí cuando vinieron, un paso nada. Veo que quedo sola con una persona vestida de civil, tenía un sweter de lana, marrón y beige, rubio, peinado para el costado, que es quien me hace el interrogatorio, me dice que pertenecía al ejercito de general Roca, preguntaba cosas que no entendía nada, yo manejaba en la universidad el legajo de los profesores y no me preguntaron nada de eso, era de tarde y estuve hasta tarde a la noche, en ese interrogatorio me pegaron una piña y me aflojaron dos piezas dentales», declaró Rivoira.

Luego de los tormentos, fue obligada a firmar la declaración esposada y luego llevada a hasta su celda en donde debió seguír esperando algunos días para recuperar su libertad.

«Quedábamos Raquel Barabaschi y yo, cantábamos zamba de mi esperanza para saber que estábamos las dos, la noche era terrible en ese lugar, se prendía la radio un televisor, todo junto, por los gritos y aullidos que se escuchaban todas las santas noches, nada podía acallar, y después pasaba la policía arrastrando a los detenidos, una sola noche pude ver por la mirrila que llevaban a Calvo todo ensangrentado. De noche no se dormía jamás, teníamos miedo hasta de respirar, porque nos venían a buscar y no sabíamos a donde nos iban a llevar, porque ya estaban trasladando gente a otros puntos del país, y durante el día había ruido de oficina, los domingos se escuchaban las voces de los niños en los parques, era una tortura estar encerrado ahí», rememoró.

«Baraldini me visitó en mi celda con la celadora. Yo no le dirigí la palabra, la celadora le explicaba quien era. Yo lo conocía a él de General Pico, porque pertenecía al Club de Equitación Maracó, y él iba a cada evento con su familia, lo conocí de una manera y después fue otro, ese fue el único contacto de alguien en mi celda, aparte de un grupo de prostitutas que habían repartido en las celdas porque se habían peleado, ahí es cuando escuché hablar a otra persona que no fuese de la universidad», contó sobre el encuentro con el ex jefe de Policía.

La libertad y miedo

Me dejaron en libertad después de 20 días, el problema era que me iba y Raquel quedaba. Me pusieron en la calle y pedí que llamaran un taxi para ir a lo de un familiar, llame a mi padre y le dije que no viajase y que me tomaba el micro para ir a Pico.

Me dijeron que cada vez que me moviera de Pico tenía que notificarme en la Seccional Primera para decir a donde iba, a que iba, y cuando volvía lo mismo. Así hasta el año 1982, cuando me agoté de ir a la Policía, yo tenía una hermana que vivía en La Plata y la iba a visitar.

Cuando salí en libertad me presenté a mi lugar de trabajo, me presentó un Policía, voy a mi oficina y estaba Yañez, que era quien había tomado la Facultad, y justo estaba sentado en lo que había sido mi escritorios, y ese escritorio estaba lleno de armas, me presenté como personal de la Facultad, me dijo que me vaya que me iba a llegar el telegrama de despido, cuando me di vuelta sentí la sensación de que me iba a pegar un tiro. Ese fue mi último contacto con la facultad.

Me costó mucho volver a conseguir trabajo, nadie sabía que había pasado, pero algunos se ve que no entendían mucho. Un día nos juntamos con Hugo Ferrari, nos preguntamos ¿como estás? y nos separamos, cuando llego a casa suena el teléfono y una voz dice «la próxima reunión de tres, vuelven adentro», durante muchos años no nos podíamos ver ni juntar, era tal el miedo que no queríamos saber nada, después de muchos años nos contamos la experiencia de cada uno, pero por muchos años nos desconocíamos.

«Siempre estuvo ese miedo latente, nos volverán a buscar, hasta que pasaron muchos años, pero eso nunca lo vamos a olvidar», dijo y agregó que «sentí miedo permanente, esas cosas están instaladas en nuestro ser interior, son cosas que vivimos y no vamos a olvidar jamás».

«Habíamos dejado de compartir cosas cotidianas, de vernos, vivíamos en el mismo lugar, pero teníamos miedo», declaró la víctima finalizando su testimonio.

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