
Por Silvio Tejada. El juicio de la Sub zona 1.4 II sigue su correlato, un tordo del espanto revisa el libro de tapa negra La Pampa Nostra, luego se lo alcanza señalándole una página del mismo, al jefe de la patota de la desmemoria y jinete de la muerte Baraldini quien revisa un apartado del libro del periodista Juan Carlos Martinez y se lo devuelve entre una sonrisa sarcástica y burlona. Una abogada defensora que entra con un bolsito de bienvenidos y saluda a la patota, – “¿cómo les va?. ¿cómo andan?”, – “biennnn” responde el coro de imputados bien peinados, bien afeitados, bien vestidos.
El tribunal ocupa el estrado, demorados como ya es costumbre, y el juez que preside entre tanto formalismo también les da los buenos días a “todos”. Se da informe de la presencia de las partes, la querella, la defensa y la lectura al respecto de una “dolencia” que una vez más aleja a Fiorucci del acto y el dato referencial de una testiga que no ha podido llegar por las inclemencias temporales de esta pampa nostra. El salón está a sala llena merced a la visita de jóvenes estudiantes.
El primer testigo bien podría representar a la numerosa estudiantina, a pesar de los años transcurridos desde los hechos de Jacinto Arauz. Está frente al estrado, él fue testigo siendo estudiante como ellxs, joven como ellxs. Su memoria se estruja y rememora los acontecimientos de esa mañana de julio de 1976. Todo entra por la ventana de la memoria, una ventana que se anima a abrir junto a sus compañeros y compañeras, quienes vieron como entraron al curso, retirando a su profesor y luego de 20 minutos de incertidumbre han observado por esa ventana a su escuela rodeada de militares.
Este joven, hijo de chacarero ha tenido que ir a la comisaria del pueblo a responder por los apuntes del colegio, a soportar a un civil cuestionador “de qué se habla en las clases” y de aquellos apuntes de literatura jamás recobrados. Este joven también tuvo que soportar que golpearan a su casa de noche obscura por allanar y que su madre con el temor de tantas casas vecinas ya secuestradas en su intimidad no dejara pasar a nadie , negando su respiración delatora. “Buscaban fantasmas” es lo que recuerda este joven ahora testigo de aquellos recuerdos tormentosos y que escuchan jóvenes, de ahora, que aplauden su testimonio de verdad.
Un extenso impasse en el juicio, calificado desafortunadamente por el secretario del juzgado como “espacio muerto” ha servido para que en una especie de recreo lxs jóvenes estudiantes en el patio soleado del Colegio de Abogados pudieran intercambiar sensaciones de aquel testigo otrora joven estudiante como ellxs que ha sufrido el tormento perpetrado por los jinetes de la muerte de la sub zona 1.4, mientras tanto un yogur es deglutido entre la defensa, que también hace circular el periódico Lumbre entre las sucias manos de imputados y tordos. Baraldini intenta abstraerse de sus culpas leyendo un libro cuyo título dejaba leer “Los siete poderes”.
Un aire fresco invadió y despeinó a la sala por la ventana que da a la calle y coincidió con el ingreso de Susana Berdasco quien ocupó la silla frente al tribunal que le ofreció un vaso de agua. La profesora de Literatura comenzó dando testimonio y recordó que el 9 de noviembre, en horas, se estarían cumpliendo 42 años de su detención que calificó de terror. Una frustrada salida al cine por culpa de una batahola producto del allanamiento en casa de su amiga, discos tirados en el piso, libros tirados en el piso, ropa tiradas en el piso, una película de terror que duró tres horas y continuó luego en fotos de prontuario, celdas, cuyo hedor la dejó paralizada, tic tac tic tac, Susana conmocionada con una blusa de mangas como alas, recordando la decena de días entre aquel fétido lugar de detención y tortura, su infección urinaria descalificada por el médico policial que la acusaba de fingir, tratándola de mentirosa empujándola con gestos imponiendo sus manos hacía un sillón, un desmayo sin argucia y un dolor que no ha dejado de atravesarla, una libertad que enseña la de Susana, compañeros y compañeras exiliados con una tristeza de muerte , su compromiso con la docencia, con la Literatura, con la alfabetización, más allá de los baches de los relatos de la historia, la lavandina usada para intentar sacar la mancha de genocidas, más allá del cañón de una ametralladora que irrumpe en el baño que la aterroriza justo antes de ir a ver una película al cine, más allá de su nombre tachado con rojo en la práctica docente, Susana enseña una vez más. A pesar de estar jubilada, nos muestra el camino del compromiso a la verdad, antagónico camino de los siniestros personajes de terror encarnados en Baraldini y sus siete poderes.
Como Posludio un poema de Jorge de la Cruz Aguero, estudiante desaparecido a los 17 años en 1976….”Más adelante nada, sólo calles sonámbulas y herrumbradas de olvido”, o la “deshollinadora de la vieja memoria” de la docente también desaparecida Luciana Alvarez cuya casa fue desvalijada. Antagonía de literatura, camino cierto para leerse en esta pampa nostra.


