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«Aunque nadie te mate sos cadáver, aunque nadie te pudra estás podrido, dios te ampare o mejor te reviente»

29 noviembre, 2017
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La segunda testigo que declaró este jueves en el juicio Subzona 1.4 II fue Graciela Esposito, estudiante que participó de la toma de la UTN, en General Pico. «Perdí todo lo que estaba construyendo, tuve que empezar de cero», expresó.

Trabajaba y estudiaba en la Universidad. Estaba en la lista negra del grupo de tareas y fue detenida en el barrio para estudiantes universitarios de General Pico, junto con Ricardo Calvo, los hermanos Llinas y otros compañeros.

“Tenía una beca de trabajo y estudio, me pagaban 50 pesos por mes y yo trabajaba en el equipo de impresión, en donde se hacían todos los apuntes para las y los estudiantes de la Universidad, gracias a eso yo podía estudiar”.

Cuando se produce el golpe de Estado ya había conseguido un contrato de trabajo en el Gobierno, en las oficinas del Parque Industrial.

“Silvia Barrios que vivía conmigo, esa noche dormía en lo de “Cholo” Covella, se cruzó y me dijo que hubo un golpe de Estado, se lo llevaron a “Cholo”, recordó.

Después de ese acontecimiento Esposito se mudó al barrio de estudiantes de esa ciudad. “Estaba con Ricardo Calvo, los hermanos Llinas. Hubo un operativo armado, carros de asalto, y vinieron a detener a Calvo, pero nos pidieron los datos a todos. Me preguntan mi nombre y cuando yo se los digo una de esas personas mira una lista y dice venís con nosotros”, relató sobre el procedimiento que se llevó a cabo sin ninguna orden judicial. De ahí fueron trasladados a la comisaría de General Pico.

Seccional Primera

Esposito contó que fue alojada en la Seccional Primera de Santa Rosa y al resto en la Unidad Penal 4. Alli estuvo detenida e incomunicada durante 14 días. “La pase muy mal”, dijo. Más tarde llegaron Rosa Audisio y Mireya Regazzoli, con quienes compartió celda.

“Yo lloraba mucho, estaba muy mal, pedí un médico, en una oportunidad pasó Baraldini con un médico que me recetó medicación para dormir, y a partir de ese momento las noches se hicieron mas tolerables, porque era muy difícil escuchar los gritos de las personas que eran torturadas. Yo no me lo bancaba, dormía, lloraba todo el tiempo”, rememoró.

El médico que caminaba junto con el ex jefe de la Policía y que le recetó las pastillas era Juan Hector Savioli.

Interrogatorio

“Me vendaron los ojos y me esposaron, estuve muchas horas. Me preguntaba por personas y hechos que no conocía, por la beca, donde la cobraba y me mandaron a que estudiara corte y confección a mi pueblo si quería estudiar”, dijo durante su testimonio.

Durante el interrogatorio no pudo verles la cara pero mencionó que “por la voz, eran personas jóvenes”. Además, contó que a Raquel Barabaschi “le pegaron por todos lados” y que “no se la picana, pero la trompada en el estómago se la llevaron todos”.

“Era muy feo, muy triste, escuchar los gritos de las torturas de las personas y no saber que iba a ser de uno. Hasta que me dijeron un día que me iba”, contó Esposito y agregó que “después de unos años me preguntaba porque me tenía que bancar que me trataran de esta manera”.

“Cuando me liberaron me hicieron saber que estaba bajo libertad vigilada, que me vaya a Quemu y que me quedara en mi casa, y si tenía que salir que sea con mis padres porque era menor de edad, en aquel entonces se alcanzaba la mayoría de edad a los 21 años y yo tenía 20”, recordó del momento en que fue liberada.

“Lo peor de todo fue que yo tenía una vida armada, estudiaba, tenía trabajo. Quede libre en la Facultad por inasistencias”, sobre esto último planteó que le negaron la reincorporación y que en el trabajo “le rescindieron el contrato”.

Pudo retomar los estudios con la vuelta de la democracia, “pero no elegí ingeniería, ya tenía 28 años, estudie maestra y me jubile como maestra, también volví a trabajar en la administración”.

“Yo perdí todo lo que estaba construyendo para mi persona. Tuve que empezar todo de cero. Conté con el apoyo de mi familia, pero me costó mucho”, expresó.

De la detención recordó también que junto al resto de las compañeras detenidas cantaban “Zamba de mi Esperanza”, para saber quienes estaban y quienes no.

En el cierre de su testimonio, pidió leer un poema de Mario Benedetti, “Torturador y Espejo” del libro “El Inventario”.

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