
Por Silvio Tejada. Una profesora del bachillerato nocturno se va a su casa a descansar luego de una jornada intensa. Durante el día procuró llamar por teléfono a su padre y a conocidos para saber el destino del país, los avatares de los hechos; ya se olía el golpe militar, era muy anunciado. Su padre le dice que no había novedades de Isabel. Pasaron 41 años y esa profesora lo único que reclama es Justicia frente al estrado.
Mireya Regazzoli, esa profesora, tiene la edad de poder negarse a declarar, a dar testimonio, pero la memoria la asiste, la compromete con su historia familiar y se emociona al saber que también lo hace por las víctimas de esos años obscuros. Ella es hija del exgobernador Aquiles José Regazzoli, su familia tiene el triste número de 4 detenidos en dictadura, incluyéndola a ella.
Miyi , luce un vestido azul impregnado de figuras de cosacos, y espaderos, sin muchas formalidades se para frente a los jueces intervinientes, jura decir la verdad, y asegura no tener ninguna relación con los imputados en este juicio de la sub zona 1.4 II.
Su testimonio es un intenso recorrido, con presencias y funciones, como una peronista que habla de que si Cristo dejó su dogma, Perón su doctrina a la que le será fiel hasta en los momentos más dificiles.
“Miyi” tenía 34 años el 24 de marzo cuando a las 9 de la mañana fueron a buscarla, su madre recordaba el triste momento de su arresto, su casa rodeada de policías, tanquetas, móviles y el vecindario azorado por esos movimientos propios de un país que abría sus compuertas pesadas a las páginas más dramáticas de la pasada dictadura militar. Luego de sacarse los valores, Mireya es trasladada a la seccional primera de policía, hoy recuerda la celda, la puerta anaranjada, un impresentable borracho tirado y el sentir que “la primera fue un lugar espantoso”, un kaos y un desorden que era llevado a cabo por quienes hasta la noche anterior eran sus alumnos en el bachillerato, cosas del destino, quienes ahora le toman fotos y las huellas dactilares.
A la semana es trasladada a la Brigada de Investigaciones, Miyi estará allí hasta el 14 de febrero, hoy dice “el día de San Valentín”. A pedido de su madre la visita a su celda el Obispo Arana que alarmado por el frio del lugar la lleva nuevamente a la seccional primera, allí convive “con un travestí y trabajadores de la calle “, se detiene en su relato y reflexiona en función de la gente que iba sabiendo que estaban alojados allí y que la “primera” fue un lugar de tránsito de detenidos políticos de otras provincias.
Mireya Regazzoli luego de descomponerse y deshidratada es trasladada a la U13, pasó cien días en carácter de desaparecida. Recuerda con angustia su traslado en avión, esposada al piso, pasando por Neuquén, por Magdalena hasta caer en Devoto, la misma que ofrece un servicio de dermatólogo a causa de la caspa resultante de la poca oxigenación de los detenidos.
Llueve y los vidrios masticados por la tierra transmiten claridad al juicio. Recuerda Miyi, llevándonos a imaginarla leyendo todo el día en las celdas de su vida, que leía sin parar el Martín Fierro, Borges y mucha historia. Relata sus detenciones pero no quiere revivir los momentos truculentos, penurias, aunque los dolores están en su memoria.
Miyi nos lleva a verla de niña, con sus zapatos Guillermina Grimoldi en una escuela periférica con chicos y chicas que apenas tenían alpargatas y a ella no le gustaba sentirse diferente. Su relato nos lleva a su exilio en Estados Unidos hasta el 83, recuerda las amenazas recibidas a la salida de una misa ya de nuevo en La Pampa, “ancho y negro puede ser el río de La Plata para usted”. Miyi sin miedos, habla de la grieta de entonces, de las delaciones encajonadas, de los traidores que armaban listas con los milicos genocidas, Miyi , ese paquete en contraseña, para que su esposo supiera de su libertad a los 35 años y de pelo hasta la cintura cuando la largaron de la cárcel, con los miedos de los simulacros de fusilamientos, Miyi sentada en el pìso de un departamento en libertad, globos de bienvenida mamá de sus hijos a once meses de no verlos. Miyi y el relato de un mástil de oro que era para Evita y por el cuál luego interrogaran, Miyi y un relato más de un dermatólogo en Devoto que mide su caspa en su cabeza sin oxigenar. Mireya Regazzoli y una edición especial de la revista El Fisgón de noviembre de 2005 con el título de Buchones y la frase “los delatores tienen que estar presos”.

