
Por Silvio Tejada. El día despertó soleado a más no poder, quizás se deba a un abrelata del cielo de la justicia. En un estrado como este, se sentenció a cadena perpetua al ángel de la muerte Astiz y al tigre Acosta, genocidas si los hay, perpetradores de la dictadura militar. ¿Estaremos ante el mismo camino de verdad y justicia en esta sub zona 1.4 II?
Los jueces lucen bien afeitados. La señal en video conferencia es interrumpida desde Buenos Aires y desde Santa Rosa la otra video conferencia aún espera señal de transmisión. Una polilla danza en su tela invisible frente a la mesa de los imputados genocidas y una abogada defensora prepara su tentempié con un serenito postre.
Pablo ingresa y ocupa el lugar que tanto ha buscado, él y su historia familiar. Pablo está en función doble, testigo y víctima. Pablo tiene 51 años, es comunicador social, dirige el suplemento Eco que publica el diario La Arena, empresa periodística a la cual está vinculado desde siempre. Su familia es la propietaria.
Antes de su testimonio y de que jure decir la verdad, le hacen la pregunta sobre si tiene una relación de parentesco con algunos de los imputados. Pablo refiere que sin tener una relación sanguínea puede decir que a uno de ellos, vecino de su casa de la calle Independencia, siempre le llamaron “tío” Roberto, pero que eso no sólo no le impedía declarar sino que era un deber con la historia. Lástima que la video conferencia no esté disponible y que ese tío no pudiera escuchar el testimonio.
Pablo sentado frente a los jueces y teniendo a su derecha a los genocidas que secuestraron a su padre parece detenerse en la reflexión, allí nos lleva. Pablo, o Pablito, tiene 9 años y está participando de los juegos Evita en la Quinta del Gobernador. Mientras tanto en su casa, su madre es sorprendida por un operativo con la firma de Baraldini, vienen por su padre, él se había ido al diario, allí lo llaman, vuelve caminando alertado por la requisitoria y de camino a su casa de la calle Independencia viene gritando su nombre y que iba a ser detenido. Allí empieza la vulneración de su familia. Un vecino del barrio tiene que asistir como testigo a pedido de la entereza de su madre para el ingreso a su casa que queda dada vuelta. No es un día común para la familia, es 19 de noviembre de 1975 y es el cumpleaños del papá de Pablo.
Pablo recuerda la relación vecinal de su calle independencia. Jugaban los niños y las niñas, miraban tv en casa del tío Roberto, el teléfono de casa de los D’atri era el de las urgencias y notificaciones de la cuadra, todo era muy particular en la calle Independencia, muy de barrio y eso de alguna manera cambió cuando su padre fue detenido por la patota del jinete de la muerte Baraldini y que desde la ventanilla del patrullero gritaba “soy un preso político” y en el mismo auto , el tío Roberto le decía “calmáte Raulito”. Una imagen de esta sociedad del silencio, del espanto, de la maquiavélica maquinaria de la dictadura, el tío secuestrando al papá de ese niño de la calle Independencia. Todo este doloroso testimonio y la video conferencia que debía estar lista para que el tío escuchara la verdad que se recarga sobre su pesada y obscura historia de genocida.
Pablito, o Pablo, ya lo mismo, víctima… pienso en el niño de la calle Independencia, privado de tener consigo a su padre durante tres años con un derrotero de cárceles y vejámenes, diez días en La Pampa, luego trasladado a Devoto, luego a Chaco, y finalmente en Rawson. Pienso en el niño de la calle independencia que sin ser creyente, en una fiesta del estudiante la maestra reza una oración por el padre de Pablito, detenido político.
Pablo da cuenta de lo valioso de dar testimonio, trae en un sobre las cartas que su padre detenido durante tres años enviara a su familia, algunas sorteando la vigilancia y escondidas en un rollo de papel higiénico. Por eso Pablo, Pablito es víctima, por vivir esta experiencia traumática de ver a su padre en la cárcel, lugar en el “que no se está por prestigioso”, tres años de ausencias que han dejado secuelas de cuadros panicosos, que ha revivido en la misma calle independencia con policías que ya entrada la democracia le pedían identificación salidos de la obscuridad de las paredes.
Pablo recuerda a su amigo “Tritrí” en los 90, en la docta, a quien le explicaba el temor de no poder acercarse a las paredes de las calles, todo el miedo impuesto por la dictadura y su secuela. Pablo tiene abierta una herida que atraviesa su vida, su visita a la Colonia Penal Rawson que le ha quedado marcada a fuego, cuando su padre Raulito recupera la libertad, la espera de días en cercanías de esa cárcel. Pablito reconstruye un viaje con su padre ya en el 2008 a declarar en el propio Rawson, aún presiente a su padre mirando por la ventana con el dolor atragantado por lo que ha vivido, las espantosas lágrimas que no se dejan ver de espalda a su hijo Pablo, o Pablito.
Buscando el equilibrio, el punto de equilibrio, Pablo practica Tai chi, en un momento de relajación lo sorprende el ingreso al grupo del tío Roberto y su mujer. Pablito no puede seguir y se cruza con su profesor alertando de lo que le sucede, diez años de práctica para terminar encontrándose con su tío el represor y verdugo de su papá. Todo se torna reflexivo en su elocución, recuerda a su madre quien en un viaje en el oeste por cuestiones de la vida y de parientes en común, soportó una comida con el tío represor y su señora, mientras lavaba los platos, el vómito llega en descarga emotiva.
El niño de la calle independencia también recuerda las espantosas requisas para visitar a su papá en la prisión, recuerda la muerte de su hermano del corazón, al igual que su padre que en 2009 muere de un ataque al corazón, “órgano de los sentimientos y de las angustias” dice Pablito. La polilla voladora cae fulminada desde los circuitos del aire del colegio de abogados. Pablo o Pablito le habla a los verdugos con su corazón abierto de verdad, hambriento de justicia y con la misma pregunta de aquel niño de la calle Independencia, ¿que hizo para que le sacaran por tres años a su padre de su lado?
Pablo, o Pablito, sanó su herida con firmeza de verdad, lamiendo su memoria, honrando a su padre, y a su espalda, entre el público, uno de sus hijos reconstruye junto a Pablito la historia familiar del niño de la calle independencia.


