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La clara boya de la memoria

1 diciembre, 2017
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Por Silvio Tejada. Omar es jubilado, trabajaba en servicios generales en la casa barco del gobierno de la pampa, desde su despacho y por los ventanales se sentía observado, eran sin dudas los ojos ogrosos del capitán inmiscuido que desde el golpe de estado ha posado sus ojos moscosos en la cotidianidad de las dependencias, el capitán se sentía el mandamás.




Omar sentía que aquellos ojos que veían todo, lo observaban particularmente. Los días estaban muy movidos, en los pasillos se hablaba de las detenciones arbitrarias, de los secuestros, de lo obscuro de la tormenta llamada sub zona 1.4. De los compañeros ausentes, también se hablaba murmullando.

Una mañana de sábado, bajo la llovizna, llega la policía a buscar a Omar para que asista a la seccional primera de policía bajo orden del oficial miseria. Omar sube a su automóvil, prende la radio y se dirige a la Primera. La radio suena en todo el trayecto, quizás música sonaba, quizás algún parte de estado, quizás alguna noticia. Llegando a destino baja del auto y se presenta en mesa de entrada, lo acompañan a una oficina y allí estaba el oficial miseria con las piernas sobre el escritorio y un arma sobre el mismo. El oficial miseria le pregunta sobre las partes obscuras de su jefe en casa de gobierno, Omar niega saber algo y el oficial miseria toca un timbre debajo de la mesa e inmediatamente ingresa un policía y lo sacan de la oficina.

Debajo de una claraboya fue el lugar en dónde lo alojaron. Omar debía estar parado allí ,bajo la claraboya que desde el techo de lluvia las gotas que se filtraban y su goteo fueron como un martirio, allí tuvo que estar Omar, 2 o 3 días parado, sin poder sostenerse en ninguna pared, sin poder sentarse siquiera, parado Omar bajo la claraboya, sólo pudo sentarse en momento donde comía.

Una noche, cuando la luna alumbraba la claraboya vienen a buscar a Omar, el hombre parado bajo la claraboya, lo llevan a una oficina, apagan las luces y lo encapuchan, lo sacan a la calle, lo suben a un citroen que puede distinguir desde  la mirada exhaustiva del inferior  del capuz de su cabeza. Lo trasladan por calles periféricas de la ciudad, lo bajan del auto y lo suben a un vehículo que cree reconocer, seguramente era ese camión azul de la policía que tenía cortinas en sus ventanas. Allí Omar recibe un nuevo interrogatorio, le preguntan por unos campos, unas vacas supuestamente del gobernador, lo golpean y lo vuelven a llevar a la Primera, pasa la noche bajo la lucerna del dolor y el miedo, sintiendo los alaridos de los tormentos que allí se adivinaban entre picanas y golpes de puño de manos de piedras y a la mañana siguiente le piden que firme una declaración a la que intenta negarse pero que luego firma bajo apercibimiento de puño y letra.

Omar es liberado, agarra sus pertenencias, rápidamente va hacia su automóvil y descubre que la radio había quedado prendida todos esos días, trasmitiendo aquella música que tal vez burlaba la requisa, tal vez sonando noticias de aquellas cosas que  pudieran informar, tal vez sobre su propia desaparición, tal vez la radio tuviera tras algunos partes del estado represor un silencio de radio. El automóvil de Omar yacía sin batería merced a esa radio que lo esperaba. Omar el hombre parado bajo la claraboya sin dudar juntó toda su fuerza y empujó su automóvil  hacia la calle cuesta abajo que lo liberó de esa pesadilla llamada seccional primera.

Omar, tiene 68 años, toca sus rodillas y se pregunta cómo ha resistido parado durante tantos días de aullidos bajo la claraboya sucia de la patria, ese cielo tan sucio que se nos viene encima como la triste  y clara boya que nos señala la memoria .

 «En toda las almas, como en todas las casas,

además de fachada, hay un interior escondido»

Raul Brandâo (de Claraboya de José Saramago)

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