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Contra las bardas calles de ripio y construcciones a medio terminar: la pieza que no fue, los escombros en el patio, la arena que el viento desparrama por la tarde y cuenta lo que todavía falta.
La inocencia a medias, una vida más dura de lo debido para los pibes morenos y descalzos, que juegan en arcos improvisados con piedras apiladas y goles a una tribuna imaginaria.
Detrás la cigüeña petrolera y su voracidad continua, parecido al hambre que rodea la barriada.
Todavía resiste dibujado con una fibra el afiche del candidato, con los consabidos anteojos y los huecos negros en la dentadura. Algún ladron escrito a las apuradas, sin acento pero con rabia.
Pasa a gran velocidad una camioneta que parece una nave espacial, con sus vidrios polarizados y levanta más polvo, que invade sin permiso las casas de puertas abiertas.
Un perro ladra y da inicio al coro afinado.
Ella hace números y piensa en la noche. La matemática es implacable. Como la soledad.
Apalabrar la ausencia, juntar a los que quedan y compartir lo que haya, de eso se trata o eso recuerda por lo menos.
El sol amenaza ser un infierno en la previa de Navidad.
Horacio Beascochea

