
Por Silvio Tejada. Mientras el poder condecora a policías de gatillo fácil, mientras el poder instala la pena de muerte, mientras la pampa es prendida fuego por el poder, volvemos al juicio. El regreso parece una vuelta al cole, los abogados de ambas partes se saludan afablemente; parece borrarse por un instante esa barrera invisible que los hace diferentes, de un lado los abogados y querellantes buscadores de justicia y del otro los cuervos que afilan sus picos defendiendo al jinete de la muerte y sus secuaces carroñeros. Una jarra de agua espera la sed, los vasos plásticos esperan las gargantas, toda utilería del espacio llamado justicia.
El estrado se reacomoda y pide al primer testigo que se ponga de pie para jurar decir la verdad, como si fuese necesario tanta parafernalia para enfrentar la memoria; y por otro lado, en la pantalla de la sala, se ve proyectado a uno de los imputados gozando de domiciliaria, recostado en su propia cama, observando su pasado relatado como quien ve una película sin sentirse protagonista siquiera.
Ya sentado frente al estrado está Víctor, testigo y víctima de la causa de la sub zona 1.4 II. Tenía 20 años en el contexto de lo que estaba recordando. Hoy Víctor piensa que fue víctima de legitimación de la violencia institucional.

En los últimos días de febrero del 75, Víctor, se siente perseguido, observado, hay personas que circulan por su alrededor, siguen sus huellas. Víctor sabe lo que está pasando en el país y Santa Rosa no es la excepción, decide decirle a la familia que por unos días no iba a estar en su casa, debía resguardarse de lo que pudiera ocurrirle. Víctor trabajaba en forma particular, era pintor. En enero de ese año había fallecido su padre, su madre estaba sumida a una gran depresión. Víctor decide ocultarse, dejar de frecuentar los lugares habituales, se enteró de que habían ido a buscarlo a su casa, estuvieron con su madre, la amedrentaron psicológicamente, revisaron la casa, se llevaron libros.
Víctor visita a un abogado que en esos momentos estaba intentando hacer un habeas corpus para todos aquellos casos de detención que se estaba enterando que sucedían, compañeros y compañeras de un grupo de humanistas al que pertenecía, la directiva era no abandonar el reclamo por las personas detenidas. Víctor se esconde por unos días en una casona abandonada.
El abogado le manifiesta que debe presentarse ante las autoridades y pedir explicaciones de por qué lo buscaban, se dirige a la Jefatura de policía y allí ante la pregunta de Víctor la respuesta vino de inmediato. Varios policías con armas le apuntan y se lo llevan a un calabozo por un pasillo obscuro, lo dejaron encerrado sólo, no se escuchaba nada, no había ruidos salvo las pesadas puertas que se quejaban entre los pasillos. Víctor sólo, con un agotamiento a cuesta, duerme y duerme. Luego de un tiempo lo trasladan a la flamante seccional primera, lo interrogan ¿cree en dios? , ¿leyó El Capital de Marx? Preguntas con un tono ascéptico, desapasionado, había un intento de involucrarlo con algo.
Víctor recuerda la pleitesía, la sumisión con que obedecían al jefe, al jinete de la muerte. lo llevan a una celda y allí se reencuentra con todos sus compañeros detenidos, todos hacinados, había allí una suerte de descarga emocional. Víctor se recuerda de buen ánimo, cantaban, se animaban. Víctor pestañea recordando a cada uno de los que ocupaban la celda del cautiverio, una docena de nombres que vibran en su memoria estrujada, recuerda la liberación, alguien dijo “se pueden ir”, y como una estudiantina se fueron saltando, cantando…
Víctor meditabundo, aclara que todo lo contrario ocurrió en libertad, quedaron estigmatizados, enfrentado como sus compañeros y compañeras a las familias, la sociedad les dio la espalda. Víctor reflexiona que en aquellos años la sociedad pensaba que si la policía te detenía era por algo y en ese momento de testimonio el jefe jinete de la muerte sacaba el pecho vanagloriándose de su herejía. Víctor despunta y dice, “ellos buscaban algo, un arma, un panfleto subversivo y no nos encontraron nada, lo que teníamos lo llevábamos en el interior y allí no se podía llegar”.
Víctor recuerda que su padre había fallecido trabajando en Entel y por ley le correspondía ocupar un cargo y un certificado médico le negó ese derecho por su antecedente . La memoria de Víctor parece resplandecer ante cada recuerdo. Su novia, que también había sido detenida por este antecedente había perdido su trabajo y el panorama no era alentador e hizo que se alejaran. Víctor ncurso, allí comienza a estudiar Enfermería . Víctor siente que el hostigamiento no había cesado, su ficha de entrada y salida muchas veces debía ir a buscarla a Personal y frecuentaba el lugar gente que no reconocía del trabajo, un día le dicen que le conviene irse, un consejo…una amenaza.
Era un contexto de malestar, y Víctor decide irse e intentar recobrar su vida en Mar del Plata. El contexto estaba adormecido, la ciudad de los lobos marinos felices vivía una fría algarabía mundialista, en aquel 78 Víctor llevaba consigo una gran mochila de sospechar de todo, pese a eso por aquellos años tiene una pareja, un hijo y trabajo.
Los años pasan, Víctor, recobra un hilo de su historia, descubre que su causa lleva un hecho que lo enfrenta a tirar de él, a descubrir por qué la causa por la que estuvo detenido y luego estigmatizado y separado de sus querencias, era un “arma”, supuestamente un arma que buscaban, nada más alejado a la idea de una sociedad de paz, de la no violencia y solidaridad que pretendía con su grupo en aquella juventud violentada por el propio estado.
La memoria de Víctor a borbotones se recobra con el reencuentro de aquel amor. Alicia, su novia de entonces lo busca en el 2007 y aquel momento es un nuevo capítulo del amor después del horror.

Quién sabe Alicia éste país no estuvo hecho porque si
Alicia sigue en los testimonios, antes debe pararse para jurar decir la verdad, parafernalia que se burla de la verdad que sale del relato expulsado como una necesidad.
Alicia era menor de edad cuando la detienen, entre el 3 y el 13 de febrero del 75. Estaba preparando una materia del secundario, la última materia, venía tal vez de guardapolvo de inscribirse en la mesa de examen. Alicia de 17 años, hacía teatro, le ayudaba a su madre en la costura y tenía un novio que se llamaba Víctor. Ese día a las 7 de la tarde, tres oficiales entran a su casa, sacan cosas a la calle en una fuerte requisa. Alicia en el país del no me acuerdo, rememora que sacan revistas Hortensias y sus preferidas de Mafalda, también sabe que le robaron un reloj de oro y esclavas de oro, recuerdo de su padre fallecido cuando ella tenía 7 años. La llevan de los pelos a la jefatura. Alicia no recuerda nada de lo que ocurriera allí, una parte de su memoria negó esa parte, llora sin saber por qué cada vez que ha pasado por allí.
La llevan a la seccional primera, el flamante centro de tortura y detención de personas. Le preguntan por su novio y entre el olor a pintura fresca la policía se jacta de las cosas que le harán, todo con sesgo y gestos de tortura sexual. Al parecer se dan cuenta que Alicia es menor de edad y la alojan en una oficina.
La madre de Alicia, por esas casualidades de la vida, era conocida y había sido vecina de la mujer de Baraldini y recurre a ella para lograr saber algo de su hija; le permiten llevarle comida y además le dejan ingresar los libros para que pudiera estudiar la materia adeudada. La dejan en libertad con actas donde la registran como mayor de edad. Logra aprobar con buena nota el examen, y con el tiempo comienza a estudiar letras y bibliotecología.
Alicia reconstruye su memoria, recuerda haber sido prescindida en lo laboral por temas vinculados a ese pasado turbulento que la alejó de La Pampa. Alicia con voz clara rememora que vuelve a encontrarse luego de 32 años con aquel compañero de amor, con aquello que no pudieron matar, robar y perder en el olvido, tal vez de eso se trate, como lo dice el título de uno de los libros que le requisaron en su juventud, “El sentido de la vida”.

