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Reanimando la memoria encanada

22 febrero, 2018
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(Por Silvio Tejada) El doctor Jorge Eugenio es testigo y víctima, se acerca a su banco frente al estrado con un soporte de aluminio que lo ayuda a caminar y a dar testimonio en la veracidad de su declaración.

El doctor Jorge Eugenio sale de Reconquista (Santa Fe) y llega a la provincia de La Pampa en junio del año 1974, contratado por el gobierno provincial, junto a otros médicos para trabajar en un Plan de Salud. Un intenso trabajo que decantó en las leyes 610 y 643, discutidas y aprobadas por el Poder Legislativo y ejecutadas posteriormente por el Poder Ejecutivo, tratándose de varios meses de instalar una nueva forma de ver la medicina desligada de la relación clientelar médico-paciente que la precediera.

El doctor Jorge Eugenio se instaló en ese tiempo en una casa en Anguil, junto a su esposa y cuatro hijos mientras el Plan de Salud crecía en ese horizonte planteado, pateando una hegemonía mercantilista de la salud. En noviembre, el doctor Jorge Eugenio, recibe una carta en donde se le dice que tiene que irse de la provincia amenazándolo de muerte. El sobre identificaba al emisario, “la triple A”. Alertados en ese obscuro panorama, el gobierno decide trasladarlo junto a su familia al barrio de los funcionarios; su nueva casa estaba rodeada de la casa del Ministro de Economía y la del vicegobernador de la provincia, un auto oficial lo llevaba y lo traía, del trabajo a su casa.

En esta etapa de planeamiento, el doctor Jorge Eugenio almuerza en el comedor del Hospital Molas, allí se da cuenta que comienzan a filtrarse cosas, actitudes de burlas, comentarios por lo bajo y solicitadas que salían a la opinión pública que lo indicaban a él y a sus colegas como comunistas, practicantes devaluados de la medicina que venían a quitar trabajo y demás mentiras y calumnias por todo aquello que comenzó a mover el piso del negocio de la medicina.

Ya en abril del 75 se llamó a concurso para cubrir los cargos de médicos, eran 270 cargos concursables de antecedentes y oposición. Por primera vez la provincia contaba con un cirujano torácico y uno infantil, también se crea en ese tiempo el Hospital de Guatraché. El doctor Jorge Eugenio estaba fuertemente involucrado en este objetivo fundamental para el desarrollo de la salud en la provincia. En agosto vuelve a recibir una amenaza, esta vez el servicio provincial de Salud había sido intervenido y por consiguiente desmantelado, reabriendo la herida de ser nuevamente intimado a dejar la provincia. La oficina del doctor Jorge Eugenio fue allanada, fichas y legajos dispersos por el piso y mucha documentación desaparecida. El interventor provincial le exige que le lleve las fichas y al no poder cumplir de inmediato debido al desorden se le instruye un sumario. Lo sacan de la oficina y lo llevan a un despacho conocido como “la congeladora”, una pieza muy chica que comparte con otras personas con quienes para pasar el tiempo ocioso al que fueron dispuestos, se dedican a jugar a la guerra naval en esa “celda” dentro del ministerio.

A la congeladora llegan dos personas de civil y lo llevan al doctor Jorge Eugenio a la policía, allí le abren un prontuario, le manchan los dedos , le sacan fotos y lo vuelven a la celda congelada.

El doctor Jorge Eugenio, se muda nuevamente. Esta vez del barrio de funcionario se ha tenido que trasladar junto a su familia a una pequeña casa que logran alquilar. Esta otra casa es muy chiquita, tiene dos habitaciones y un pequeño comedor. Es en este escenario donde realmente comienza una pesadilla, el 13 de noviembre, alrededor de las 5 o 6 de la mañana dos camiones del ejercito rodean el lugar, golpean la puerta y lo primero que aparece ante sus ojos son imborrables armas largas, cascos verdeolivos y el domador de la muerte que se presenta junto a sus secuaces. Comienza una requisa embrutecida por la pequeña casa, revolviéndolo todo, un sargento quiere entrar en la habitación donde duermen los cuatro hijos del doctor Jorge Eugenio y Cecilia la mujer se interpone e impide que lo haga. Nada puede hacer ante el atropello de los feroces quienes toman de los brazos al doctor Jorge Eugenio y se lo llevan, lo suben a un camión que lo traslada zigzagueante por una ruta que disimulan, una voz le dice prepotente que ha sido guardia rural de Santa Fe, el doctor Jorge Eugenio comprende que hay un tono amenazante en ese dato, él conocía muy bien lo que significa eso, el doctor Jorge Eugenio había sido médico en los 70 en Santa Fe y conocía la desvirtuada reputación de esa guardia rural militarizada.

El doctor Jorge Eugenio es depositado en la Unidad Penal, lo desnudan, sufre vejaciones que se hacen carne, se siente denigrado y luego es tirado a una obscura celda sin mirillas, sin nada, solamente un camastro, catre del dolor, de los pensamientos vapuleados, de la locura de sentirse incomunicado y que es doblemente despojado cuando le tiran un tarro para hacer sus necesidades y un jefe le deja un paquete de cigarrillo y una caja de fósforos que se hacen humo. Las horas van aferrándose a su soledad y otra vez la figura del jinete de la muerte que se le enfrenta para realizarle un cuestionario desde el que intenta saber porque hicieron lo que hicieron con el plan de salud.

Gracias a la mediación de su suegro que era Coronel retirado y que había trabado cierta amistad con algún militar en el poder, quien intercedió con el mandamás en la guarnición militar de Toay, el 21 de noviembre le firman el acta de libertad. Era la media tarde, todo era angustiante, al día siguiente y ante las órdenes de irse de la provincia se toma un avión con destino a Salta.

En el avión que aborda con su familia, él identifica a uno de los secuaces del jinete de la muerte. Todo era intranquilidad, intimidatorio ante sus ojos.

El doctor Jorge Eugenio comienza rápidamente gestiones para irse a Canadá. En marzo toda la familia recibe el pasaporte menos él, quien insiste en solucionar el impedimento que pesa sobre su nombre, justo él, un propiciador público de la no violencia acusado de tantas falacias. Ante tantas amenazas, consigue un vuelo que lo saca del país, se dirige a Chile, allí su avión fue rodeado en la pista del aeropuerto, esos momentos parecen eternos y el doctor Jorge Eugenio logra enviar un telegrama a su familia para decirle que su destino es al fin Canadá, lugar en el que llega un día tan fatídico para nuestra historia como es el 24 de marzo.

En abril, con tanta distancia recorrida, recibe la funesta noticia de que su hermana muere víctima del secuestro y la tortura de la D2 en Córdoba. Tanto dolor, tanta angustia en la Argentina, tanto dolor, tanta angustia en Canadá.

El 8 de mayo comienza el verdadero exilio para el doctor Jorge Eugenio que se reúne con su esposa y sus cuatro hijos con quienes abraza la esperanza del reencuentro.

El doctor Jorge Eugenio parece detenerse en el tiempo frente al estrado, la mirada del jinete de la muerte se cae frente a esta reconquista de la verdad, baja sus ojos ya sentenciados, y el doctor Jorge Eugenio arremete curando la verdad, “el exilio a uno lo desarraiga, nos quita todo, los sonidos, hasta la dirección del viento”. Su hijo mayor tenía 7 años cuando llegó a Canadá y enfrentó a un idioma que imponía sus límites. Recién en el 79, el doctor Jorge Eugenio comenzó a hacer valer su título de médico. “Si no fuera por Cecilia”, dice, la persona que dio pelea y con la cual trataron de perpetuar en los hijos la memoria del país, de la lengua.

El trabajo en plantillas de computadoras, el idioma que rindió cinco veces, la población centroamericana que atendió, las diferentes tareas para sostener a su familia en el exilio, a base de hacer el pan y engordar la leche con agua para sus hijos, la diplomatura en salud pública y la garganta que se hace nudo mientras se presencian los latidos fuertes de aquellos colegas y enfermeras que pudieron quedarse en la provincia y que escuchan la verdad que regresa, que atestigua y que aún pregunta sobre el legado manchado de un doctor que vino a sanar la enfermedad de la mentira y del olvido.

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