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La familia detenida entre el barrio y los montes del dolor

19 marzo, 2018
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Por Silvio Tejada.
Ramón se estaba bañando en su casa ubicada en la zona norte de la ciudad, en un barrio conocido cómo el barrio de los Veco, merced al nombre que se popularizó por que varios integrantes del clan familiar de los Veco Rodríguez accedieron a viviendas en ese cuadrante luego de que el barrio El Salitral quedara bajo el agua de la historia. Ramón escucha que golpean su puerta y detrás de ella una ametralladora y una pistola se presentaron como la única orden de secuestro.




El operativo llevado a cabo por fuerzas del ejército, policial y personal de civil levantó mucha polvareda entre las casas del barrio de los Veco. No sólo se llevaron detenido a Ramón sino también a su compañera,  a un amigo que estaba en su casa, a una hermana y tres hermanos de la familia Rodríguez. Ramón recuerda que a su hermana la sacaron de los pelos y que fue golpeada ferozmente en la cabeza, no recuerda si fue con un machete o una pistola. Le queda grabado por siempre a sus hijos arrodillados afuera de la casa de ella.

Ramón se detiene en el relato y refiere luego a lo que pudo escuchar, mientras era trasladado. Por la radio del móvil interfirieron para que el destino original fuera cambiado y que lo llevaran directamente a la seccional primera. Ramón piensa qué habría pasado si lo hubiesen llevado al destino primero que escuchó: el monte Chuel a las afueras de Santa Rosa. Ramón conocía ese lugar y no pensaba que allí fueran de paseo precisamente.

Una vez detenido en la seccional lo interrogan, uno de los jinetes de la muerte le ofrece un caramelo, eso no se lo olvida Ramón. Dudaba de aceptarlo, se cansa de decir que nada tuvo que ver con las bombas de ate y que nada sabe de los campos del gobernador. Lo presionan para que firme un acta de secuestro de una granada que la habrían  retirado debajo de su colchón. Luego, lo encapucharon y le dieron una paliza que resuena en su memoria.

Ramón de los Veco comenta que vio en la seccional a muchos torturados, muy golpeados, “tenían el estómago negro de los golpes que le habían dado”.

El 29 de marzo lo pasaron a la unidad 4, lo trasladaron en un camión térmico. Allí estaban su hermano y otros más. Los tuvieron 15 días incomunicados, allí estuvieron varios meses y lo llevaron a  la unidad 13, traslado que se repetiría en otras oportunidades.

Ramón recuerda que lo más violento fue el viaje aéreo a Rawson. Hasta al aeropuerto local los llevaron en un camión carnicero, que reconocía porque era el mismo que dejaba la carne en la cocina de la Unidad 13 en donde él había trabajado estando detenido allí. Ramón y su familia a bordo y la amenaza de darles un baño en el mar, tirarlos desde las alas sangrientas de un Fokker F28, amos de los vuelos de la muerte, revive en el relato. Ramón cuenta que estaba en el piso del avión y a sus costados estaban su padre y su hermano, familia Rodriguez a bordo del borde de la desesperación y, sobre sus cuerpos caían bastones terribles, secuelas que no se borran. Del paseo macabro del avión los vuelven a traer a la Unidad 13.

Ramón de los Veco confiesa que intentó hacer una denuncia por apremio pero la justicia lo amenazó para sacar la denuncia.

Triste recordar. “Encerrados y ni para el mate teníamos”. Ramón de los Veco se daba la cabeza contra la pared porque no sabía que pasaba con ellos, su familia detenida, y su familia de afuera, en aquel barrio  de los Rodriguez. Una hija de 6 años que recordaba y las paredes del encierro tenían también la firma de los Veco.

Ramón se atraganta al recordar  que algunos detenidos de la Unidad 4 eran llevados hasta el matadero, lugar cruel en el imaginario de la muerte. Dicen que en los charcos  del desagüe de la sangre y el triperío eran sumergidos los trasladados, tortura desagradable que se mantenía no sólo en la mente de los detenidos sino en un olor fétido en sus pieles teñidas de rojo.

Ramón sale en libertad en abril del 79 pero el hostigamiento lo sigue; buscando trabajo consigue entrar en el IV Cuerpo del Ejército y lo despiden inmediatamente catalogado como subversivo.

Arturo de los Veco, sabía de las detenciones en su barrio y se mete a resguardarse en el monte del Matadero, hasta allí lo persiguen y lo atrapan. Lo llevan en una estanciera, lo ponen boca abajo y sobre él  tiran una rueda de auxilio y los uniformados se suben encima, lo golpean, lo interrogan y lo detienen siguiendo los pasos de su familia. Arturo recuerda la humillación que sufrieron, las preguntas incoherentes del juzgado ante las declaraciones testimoniales y frunce el ceño al pensar en esas inyecciones de agua que les propinaban los médicos verdugos para hacer daño a la deteriorada salud de los presos. Siente aún los gritos y los santos de los encarcelados del Estado represor.

Una familia reprimida, privada de libertad, obreros, peones, del barrio de los Veco sigue aún siendo revictimizada, mientras un enfermero atiende la presión de la memoria de los recuerdos que duelen.

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