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Víctimas y víctimas

20 marzo, 2018
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Por Silvio Tejada

La abrasión del buzón

 

Luis refiere a tener su memoria conceptual excelente en relación a los hechos por lo cuál ha sido llamado a prestar declaración cómo víctima de la pasada dictadura en manos de la Sub zona 1.4. Luis tenía 33 años en aquellos tiempos. Vivía en Toay, tenía una empresa rectificadora de motores en Santa Rosa, viajaba todos los días del pueblo a la ciudad. Luis, también, era tirador de polígono, instructor de tiro, tenía un polígono de aire comprimido y arco y flecha. Luis, el rectificador, un día se encuentra con su amigo “el manija” quien le avisa que lo estaban buscando de la policía, ante la duda, Luis se presenta en la seccional Segunda y allí nada saben.




Ya en Toay, en sus habituales rituales sociales, visita el Club Sportivo Toay y allí también le advierten que lo buscan, esta vez, era la federal y con militares. Luis se dirige a su casa en dónde estaba su compañera, su hijo de cinco años y la beba de tan sólo 5 días de nacer, también allí habían estado las fuerzas en su búsqueda. Prefiere ir de inmediato y presentarse espontáneamente a la Federal, estacionó su auto frente a la dependencia y lo reciben el subjefe de la sub zona y un comisario, y comienza un largo interrogatorio que jamás olvidará. Puntualmente le preguntan por un cuñado de Luis que trabajaba en Cutral Có, estaban buscándolo ya que se encontraba evadido. Le preguntan por un viaje que Luis hizo en avión.

En su relato Luis va presentando su vida, rectificando su memoria. El día 24 de marzo, se levanta y mientras toma unos mates prende la radio y escucha el tristemente recordado Comunicado Nº1 …Se comunica a la población que, a partir de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta de Comandantes Generales de las Fuerzas Armadas… , Luis piensa que seguro debía posponer un viaje en avión hacia Montero (Santa Fe) a comprar una máquina para su rectificadora, Luis recuerda el desagio económico que atravesaba el país y llevar el dinero para esa maquinaria era más seguro por aire que por tierra. El viaje se postergó dos días y el 26 de marzo en tres horas de vuelo fue, y vino.

Cuando termina la testimonial en la Federal, a Luis lo hacen salir de la sala y luego de deliberar una hora y con una cortesía fría le dicen que su declaración fue confusa y le informan que lo alojarán en la Unidad 4. Luis fue trasladado en una camioneta azul,  confundido y atemorizado lo meten vestido de azul en una suerte de buzón de 2 metros por 1 con tres cerrojos metálicos.

A los días, Luis recibe por casualidad la visita de un médico que conoce e inmediatamente intercambian pareceres de su detención, el médico le da unas pastillas relajantes que le serán útil a Luis para pasar los días por venir, le hace llegar cuatro atados de puchos y una caja de ranchera.

A los 15 días a Luis lo sacan del buzón para obtener una foto que se ilumina con el sol sobre la pared.

Luis trataba de evadir la manga, recordaba a su familia  de la que nunca supo nada estando detenido. Un día lo llaman por el apellido y gritan “pelo y barba” y a metros de buzón carcelario y en el medio del pasillo, improvisa el barbero una peluquería que cambia el aspecto montecristo de Luis por el de un típico milico pelado. Ese corte significaba algo positivo para Luis, a los días le dejan en libertad. Su auto estacionado frente a la Federal pasó al corralón municipal y fue llevado en auto policial hacia su casa en Toay.

Luis no deja de pensar en su cuñado que acabó desaparecido y muerto por los militares, a  quien revive en cada una de las cartas abiertas con remitente desconocido que llegó a la casa de sus padres, y que luego de ser requisadas de palabras eran cerradas con indisimulables cintas adhesivas.

 

¿La triste historia de un policía?

 

Bustos es jubilado, trabajo hasta hace un tiempo de albañil, es hijo de hachero y siendo joven vino ilusionado a unirse a la policía. Fue el trabajo que mantuvo entre los 70 y el 82, fue uniformado, trabajó de civil y terminó su vinculación con la fuerza en la Brigada de Investigaciones.

Su voz pausada, sus zapatos lustrados hasta el infinito negro  hacían de este testimonio algo especial, Bustos recuerda que en el 76 se inauguró la seccional primera, la nueva, siempre había un militar en la comisaria, dice. Ante las preguntas oportunas de la querella Bustos desanda entredientes una historia que aflora, existía realmente una incidencia de la Sub zona, el jinete de la muerte acomoda su corbata, está molesto, hay un policía que fue policía durante su reinado de impunidad y que enciende tibiamente el ventilador de la historia.

”Había una subordinación a la sub zona”, resuena. Bustos fue investigador, cabo de guardia, sabía bien el trabajo que se hacía y cómo se hacía.

Bustos reconoce que los presos comunes de la seccional tenían un trato diferencial que los presos de la Sub zona, los detenidos de la sub zona sufrían un tratamiento rígido. En ese momento Busto menciona el dolor, tal vez allí estaba el sentido del juicio, en la fortaleza espiritual de quien testimonia lo vívido. Bustos dice “el único sufrimiento que tengo es el dolor…como ser humano…hay noches en que no duermo…vivo sólo, …tenía una familia hermosa…toda esa ilusión de ser policía la perdí a los 31 años de edad cuando tuve que conocer el calabozo, escuchar los gritos…Revisen mi legajo…apunta con la punta de su nariz hacia los jinetes de la muerte. Porqué esos carniceros… que eran mis jefes hicieron lo que hicieron, lo que quisieron…” . La voz de Bustos retumba, “nunca pensé en levantar mi voz en un tribunal” y hoy me siento feliz de haberme ido de la policía.

Bustos recuerda la escalera de la seccional primera, la escalera del infierno, “ cada vez que iba un detenido arriba sólo Dios podía aliviarlos”. Bustos se recuerda ayudándolos a bajar con sus pasos trastabillados de dolor.

Bustos parece ser inducido por el camino de la verdad, su figura desempolva el silencio, “trabajando en la Brigada, cuenta Bustos, sintió golpes, picanas, los peores tratos a las personas, no había clemencia”. Bustos dice que en esos momentos había muchos policías pero que al parecer son todos sordos y ciegos  y no han dicho nada de lo que vivieron.

Bustos es un testigo calificado al borde de la autoincriminación, su saber de las distintas  picanas provoca un entredicho con los jueces que piden que dé cuenta si Bustos ha participado de la tortura. El estrado parece conmovido, las preguntas, la respuesta que se espera, una abrazo cálido del potemkin de la memoria hacia una víctima de picanas presente en el juicio, del paso de la corriente eléctrica sobre su cuerpo, la picana como instrumento feroz de la carne lacerada, los abogados en un intríngulis jurídicos, del art 18 de la Constitución  en dónde nadie puede ser obligado a declarar sobre sí mismo, la confesión que se espera, el rasgo del olvido, un grito desahogado de Bustos…”Sí, estuve durante una picana”, de pronto una persona prácticamente desnuda sobre una mesa se dimensiona, alguien que la moja y un apagón de luz en nuestras conciencias detiene el relato, detienen la tortura y Bustos se retira del estrado desinflado cómo cada uno de nosotrxs, violentadxs por la verdad que se cuenta a 42 años del golpe más obscuro de nuestra historia.

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