
Por Silvio Tejada. Recorrer el pasado en medio de modificaciones y abandonos, conformes a testimonios oídos, sentidos.
La inspección ocular en la seccional primera de policía comienza trastabillando con pasos quebrados sobre una placa quieta que atestigua en el frente del inmueble, inaugurado el 30 de agosto de 1974, y que señala a la comisaria como espacio de la Memoria en dónde se secuestró, se detuvo ilegalmente y torturó a militantes populares durante el Terrorismo de Estado.
Presentes, jueces, secretaries de la justicia, víctimas que repasan sus huellas dolidas por el espacio, militantes del Movimiento Pampeano por los Derechos Humanos y la prensa local, todes dispuestos en una mañana fría a sus sentimientos en el croquis de la memoria.
Aparecen fantasmales oficinas clausuradas al presente, desfiguradas, en dónde tomaban violentas declaraciones en aquellos años obscuros. El tiempo ha transcurrido y las remodelaciones hacen una puesta del pasado. Se escuchan ruidos de celdas entre frecuentes carteles de mantenga la limpieza, hay un plano viejo del lugar que se va fabricando entre las visiones de otrora, una escalera al infierno que de vergüenza hoy no está. La comitiva sale al patio repleto de motos detenidas y se recurre al recuerdo tortuoso de la memoria, ya en los pasillos se observan cuadros de paisajes naif, de ballenas, delfines y patos. El recorrido nos lleva por otra escalera a la terraza de la Primera, allí el aire fresco despabila los sucesos lastimosos de la dictadura en el epicentro de la sub zona del domador de la muerte y los jinetes torturadores. Otros ruidos a rejas, y la visita ocular por los calabozos actuales, en el fondo, un camastro de cemento ocupado por un detenido adormecido.

Un alto en una oficina que no olvida su pasado, allí todes, sin decirlo, revivíamos la sala de tortura, las gargantas tragaban un sabor amargo entre muebles de época y un par de armas largas arrinconadas en la penitencia del horror. La espera al cancerbero se hizo larga, al igual que su intento cejudo de intentar abrir la cerradura oxidada del olvido, la comitiva avanzó sobre pastos punas que brotan desde el piso de entrada del depósito de encierros, hoy, un archivo de la policía derruido entre escudos de la policía destruídos, máquinas de escribir con teclas de polvo, abandonada y un pasillo de escalofrío de catacumbas del pasado, allí todo detenido entre el horror del ayer. Las celdas tatuadas del tiempo reviven entre el piso sembrado de otoño, de hojas amarillas que se colaron por las claraboyas sentenciadas de cielo. Los celulares iluminan cada puerta ciega y arañada, pueden verse inscripciones que atestiguan el encierro y un mural de grafito de un caballo enorme que tira de su tusa la enorme palabra libertad.

A cada paso a ciegas se presienten los cuellos estirados de cada barrote doblado de memoria, se sienten los ojos vendados, los susurros, el dolor y más dolor de las llagas arrastradas de la tortura, allí, sólo conviven el pasado fantasmal y un sinnúmero de papeles de archivos, alimento de ratas e impunidad.
Afuera del infierno, una compañera comparte café en tazas de asas que encuentran manos deseosas de pasar el trago amargo de vivir y revivir el terror. Luego la bandera de MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA emponcha una postal de militancia.
Suena una vez más el candado que oxida los pasos de la injusticia.

La inspección ocular nos llevó luego a otro espacio de la Memoria, al que se conocía como la Brigada de Investigaciones, hoy en desuso. La única bandera que flameaba era una vez más la del Movimiento Pampeano de Derechos Humanos, el mástil del inmueble no luce la bandera celeste y blanca muy frecuente en estos días mundialistas. Una víctima de la sub zona del domador de la muerte, aguardaba para asistir al reconocimiento del espacio.

El patio de la Brigada también era cementerio de motos y accidentes, allí resonaban las esposas de metal como ecos de aquellos tiempos en dónde la tortura se hacía carne en el lugar. Se recordaba sin vendas el pasillo, los colchones tirados, se revivía todo como una memoria desmayada de horror, aparece espectro un policía vestido de azul y suena el click de un obsturador fotográfico de entonces.

Ahora entre olores de una ciudad de cloacas vomitadas, en la sala de tortura, hay en la parrilla del olvido, tortas fritas calientes, un televisor con la formación de un equipo japones en el coliseo mundial que aturde hasta los ojos, y una pantalla que muestra el frente que da a la calle monitoreada.



