Plan B Noticias
  • JUICIO SUBZONA 14
  • Ciudad
  • Provincia
    • ríos pampeanos
  • Gremiales
  • Pais
    • Ajuste por ley
  • Cultura
    • Anaqueles
    • Sergio Ibaceta
  • Deportes
  • Mundo
  • Finanzas
  • LIBERTAD DE EXPRESION
  • Sale o Sale
  • Webe@ando

Plan B Noticias

  • JUICIO SUBZONA 14
  • Ciudad
  • Provincia
    • ríos pampeanos
  • Gremiales
  • Pais
    • Ajuste por ley
  • Cultura
    • Anaqueles
    • Sergio Ibaceta
  • Deportes
  • Mundo
  • Finanzas

Navegar nuestra embarcación en un mar de promesas cambiantes

3 julio, 2018
Compartir esta noticia:

Photo by Josh Sorenson from Pexels

Para demostrarse que está vivo, todos los días, un hombre que ronda los sesenta años hace un pozo en la nieve para bañarse. Así se inicia, “Zapatos italianos”, novela de  Henning Mankell, que explorar temas como la vejez, la soledad y los vínculos familiares.

Fredrik Welines vive en una isla y es un cirujano retirado. Transita su vida desde hace doce años con un perro y un gato. No tengo nada que contar ni a nadie que, un día, pudiera estar interesado en lo que escriba. Y, aun así, escribo. Todos los días del año, unos renglones cada día. Sobre el tiempo, la cantidad de pájaros que veo en los árboles por mi ventana, mi salud. Sólo eso. Si lo deseo, puedo abrirlo por cualquier fecha de hace diez años y constatar que había en el muelle un herrerillo común o una urraca de mar cuando bajé a esperar a Jansson. Lo que escribo es la crónica de una vida que ha perdido el hilo.




Y en esa crónica de su vida, un día recibe la visita de Harriet, un viejo amor a quien había abandonado y que ha venido a pedirle que cumpla una antigua promesa de su juventud: llevarla a una laguna del norte del país.

Nos hacemos promesas a nosotros mismos. Escuchamos las promesas de los demás. Los políticos nos hablan de una vida mejor para los que envejecen, de una sanidad donde nadie sufra en la espera. Los bancos nos prometen mejores intereses, los alimentos nos prometen mejor línea y las cremas nos garantizan una vejez con menos arrugas. La vida no consiste más que en navegar en nuestra pequeña embarcación cruzando un mar de promesas siempre cambiantes pero inagotables dice la mujer gravemente enferma.

La llegada de Harriet trastoca el mundo de Fredrik y lo enfrenta con su pasado y los errores que lo arrastraron a una vida en soledad. Ambos van en búsqueda de esa laguna para empezar a saldar cuentas con lo trunco. Me concedería a mí mismo la alegría de volver a ver algo que nunca creí que podría revivir, confiesa el narrador.

En ese viaje, Fredrik no solo encontrará una laguna. También una hija —Louise— de la que no sabía su existencia.  Y deberá comenzar a reconstruir sus lazos filiales. En la obra no faltan críticas a una sociedad que filtra desde sus ventanas la luz azul de un televisor con fragmentos de distintos programas televisivos. Así me imaginaba la soledad, la gente viendo el mismo programa sólo de forma excepcional. Por las noches, varias generaciones, las familias, se enterraban en los diversos mundos que les arrojaban desde diversos satélites.

Fredrik y Louise empezarán a conocerse mientras la vida de Harriet se apaga. Tengo una hija que se llama Louise. Aquellas palabras me dejaron mudo, un tanto asustado, pero también de buen humor. Harriet había llegado cruzando el hielo en el hidrocóptero de Jansson y me traía novedades sobre la vida, no sólo sobre la muerte que no tardaría en llevársela a ella.

El título de la obra hace alusión a unos zapatos que le harán al protagonista y también a caminar, a detenerse en algún instante, mirar y mirarse, en una isla que vive y respira. A veces tengo la sensación de que los árboles susurran, las flores murmuran, los arbustos canturrean melodías ignotas y los escaramujos que crecen en las grietas, detrás del manzano de mi abuela, interpretan hermosas tonadas con instrumentos invisibles. De modo que, ¿por qué no iban a suspirar las islas?

En aquel espacio sueco, donde la belleza podía llegar a ser ensordecedora, el protagonista buscará enmendar sus errores. Y en ese recorrido, puede vislumbrarse otra Suecia: la del ascenso social donde los hijos de camareros humillados podían estudiar el bachillerato e incluso llegar a ser médicos, pero también la de los prejuicios y la desconfianza a lo diferente.

También aparecerá el tiempo de las confesiones. Jamás he amado a un hombre como te amé a ti. Por eso te busqué, para reencontrarme con ese amor. Para devolverte la hija que te había arrebatado. Pero, ante todo, porque quería morir cerca del hombre al que siempre había amado. Tampoco he odiado a nadie como te odié a ti. Pero el odio duele y yo ya tengo bastante dolor. El amor es un alivio, un remanso, tal vez incluso una seguridad que le resta horror al encuentro con la muerte. No hagas ningún comentario sobre lo que acabo de decirte. Sólo créeme.

“Zapatos italianos” es una novela intimista, con fragmentos muy desoladores pero que apuesta a creer, a verse y reencontrarse, en una relación que crece, no sin dificultades, entre los protagonistas: —Me encanta tenerte aquí —le dije—. En cierto modo, todo es más evidente ahora. Antes, cuando observaba mi rostro en un espejo, nunca estaba seguro de lo que veía. Ahora sé que me veo a mí, no una cara transitoria que atisbo de pasada.

Louise no respondió. Pero noté que le caía una lágrima en la mejilla. Mi hija estaba llorando. Y yo también empecé a llorar. Ella no dejaba de cortarme el pelo. Ambos lloramos en silencio, ella detrás de la silla con las tijeras en la mano, yo con mi toalla sobre los hombros. Nunca nos dijimos nada al respecto después, tal vez porque nos sentíamos avergonzados, o porque no era necesario.

Novela de silencios, de cuidar de quienes nos rodean y con diálogos que van más allá de lo que enuncian: —Tiene que quemarte la garganta —explicó—. Ningún plato está bien preparado si no te pones a sudar mientras lo comes. Los platos que no contienen ningún secreto llenan el estómago de decepción. Yo la observaba mientras removía el contenido de la cazuela para mezclarlo bien. —Las mujeres remueven —dijo—. Los hombres golpean y cortan y destruyen y talan. Las mujeres remueven, remueven y remueven. Las mujeres remueven. Y plantan bandera, como la marea verde en Argentina.

La obra cuenta con escenas en las que vale detenerse más de una vez, con protagonistas que se pelean y reconcilian pero que recorren otro camino, diferente al anterior. Di un paseo por mi isla. Las bandadas de pájaros sobrevolaban el mar. Era como si Harriet hubiese escrito: «Aquí habríamos llegado tú y yo». No más lejos. Pero sí hasta aquí. Y nada mejor para eso que un buen par de zapatos italianos.

Horacio Beascochea

Comentarios

Comentarios

nombre

nombre

nombre

nombre

nombre

nombre

nombre

nombre

nombre

nombre

nombre

nombre

nombre

nombre

nombre

nombre


nombre

nombre

nombre

nombre


nombre

@2018 - Plan B Noticas - Contacto: planbnoticias@gmail.com / Diseño y Desarrollo de www.generarweb.com