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Proyectarán “Miró. Las huellas del olvido”, documental de un pueblo pampeano

26 julio, 2018
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El documental, realizado por Franca  González, rescata la historia de un poblado que existió en el norte pampeano y que hoy yace tapado por la soja. Se proyectará el jueves 2 de agosto en el Cine Amadeus.

«Miró. Las huellas del olvido» se proyectará en SANTA ROSA el próximo 2 de agosto a las 20 horas en el Cine Amadeus.




El documental cuenta la historia de un poblado, Miró, ubicado en el norte de La Pampa, fue un pueblo que hoy yace tapado por la soja. Su vida se cortó abruptamente en 1911, y casi nada sobrevivió de él en la memoria de los pobladores de la zona.

Trailer “Miró. Las huellas del olvido” from Franca González on Vimeo.

Muchos pueblos pampeanos fueron desapareciendo a lo largo del siglo XX por motivos diferentes.

Casi todos tienen algo en común: ya casi nadie los recuerda. Sobre las historias que sobrevuela este documental subyace una duda incómoda: tal vez sea falsa la idea de que siempre algo perdura en la memoria.

“La historia de Mariano Miró, fundado en 1901 por inmigrantes piamonteses junto a la estación de tren de la que, a la inversa de lo que suele suceder, tomó el nombre. Como los pueblos del oeste norteamericano, Miró se extendía en forma lineal a lo largo de unas pocas cuadras. Contaba con algunos comercios (dos tiendas de ramos generales, una herrería, un bar al que no se designa como pulpería pero probablemente lo fuera) pero carecía de parroquia y de plaza principal. ¿Serían ateos esos piamonteses? Difícil, pero vaya a saber”, señala una reseña de Página/12.

“Los propios habitantes, duchos con sus manos, construyeron sus casas. Diez años más tarde y debido a que los Santamarina, propietarios de las tierras, las reclamaron de vuelta, los vecinos deshicieron lo hecho. Gesto que aunque no se diga (lo que importa no se dice aquí; se da a pensar) parece revestido de orgullosa belleza trágica. “Que no quede ni una chacra en pie”, se dijeron, como conjurados. Franca González trabaja con lo que hay. No recurre a tontas animaciones o artificiosas reconstrucciones para reconstruir lo que no está, porque el tema de la película es justamente eso: lo que ya no está. En Miró, las huellas del olvido, lo que no está se reconstruye mentalmente, gracias a geógrafos que analizan los pocos mapas municipales que se conservan, especialistas en población que desagregan datos ferroviarios de llegadas y partidas a o de un pueblo que llegó a tener 495 habitantes.”

“Un par de añosos descendientes (uno de ellos atraviesa vallas y monta pingos con asombrosa agilidad) reconstruye a su turno lo que recuerda de los relatos de los mayores, y una voz en off asume por un rato la identidad de uno de ellos, llamado Bruno, leyendo las bellas cartas que escribió desde acá a su hermano en Italia. Si toda película ganadora necesita de su cuota de suerte, Franca González indudablemente la tuvo con esas cartas. Bruno no sólo sabía construir casas, sobrellevar inundaciones y sequías, arar la tierra desde el primer al último rayo de sol y tener un montón de hijos. También sabía escribir, y muy bien. Como subjetivas imaginarias de aquellos chacareros, la cámara empuñada por Pablo Parra se detiene ante paisajes pampeanos, amaneceres, caídas de la tarde en tonos durazno, algunos de los cuales parecen pintados por algún impresionista de la zona”.

“Un arqueólogo y su asistente desentierran restos de utensilios, un paisano establece con exactitud dónde estaban las medianeras de las casas, recurriendo a la radiestesia. La técnica remite a un fuera de campo, a lo que no se ve. Igual que la película, que sin hacerlo explícito vuelve hacia atrás en el tiempo de la Argentina, hasta el momento en que un proyecto de país parecía edificarse, pero con inmigrantes que no eran los que sus diseñadores soñaron. Tal vez por eso estos piamonteses no queridos terminaron siendo protagonistas de “una historia fallida que se soterró”, como dice alguien por allí. Que se soterró, pero se desentierra ahora”

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