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El justicialismo que viene*

27 julio, 2018
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Por Silvio Javier Arias. Quienes diferenciamos el “deber ser” de la política –su ideología-, del “deber hacer” –la doctrina-, sabemos que el 1 de julio de 1974 con Juan Domingo Perón se murió el peronismo, esa manera de hacer única e irrepetible, con todo lo que ello ha significado. Con aciertos y errores, pero por sobre todas las cosas con responsabilidad histórica en sus diferentes versiones democráticas, el justicialismo ha llegado a nuestros días, resistiendo heridas internas, proscripciones y dictaduras. Hoy tiene por delante, el desafío de su propia reconstitución.




Es que las ideas una vez heredadas –en éste caso por el pueblo, según prescripción del propio Perón-, son más importantes que los hombres que las parieron. Los trascienden llegando a ocupar un lugar para siempre en la conciencia política, cívica y social de la nación. En tiempos dónde las ideas no están de moda, porque es más conveniente disfrazar la realidad con superficialidades y engaños, la defensa de una ideología política se vuelve prioritaria y vital. El justicialismo, que no es de izquierda ni de derecha y se nutre de lo mejor del pensamiento filosófico universal, es en su originalidad –humanista, nacional, popular, inclusivo- un motivo más que válido para dar esa batalla por la “reconstitución de su ser”, desde sus legítimas bases. Pero claro, para defenderlo hay que tomar la decisión de conocerlo, educando al soberano.

Conocer los lineamientos básicos que enarbola el justicialismo, significa poner en la vereda de enfrente todo aquello que por antonomasia se le opone. Realizando aportes sin fanatismo y con una racionalidad constructiva. Un Estado socialmente justo, económicamente libre y políticamente soberano –aquí y en el mundo-, no considera al ser humano una variable de ajuste, no sustituye al Estado por el mercado y no entrega sus riquezas estratégicas mediante convenios indignos a espaldas de los intereses del pueblo. Tampoco se declara inepto políticamente para resolver los problemas nacionales, convocando a asesores extranjeros u organismos internacionales creados para extraer beneficios y sembrar miserias. Mucho menos, destruye el trabajo nacional, abriendo sin control las importaciones en nombre del “libre mercado”, generando el cierre de fábricas, desempleo y pobreza.

El Justicialismo que viene, sabe que debe aprender y no repetir los errores del pasado. Sabe que el aburguesamiento de un sector de la dirigencia ha sida mala consejera, debido al efecto conservador de sus medidas. Que el debate de ideas es posible, cuando constantemente se propician los espacios reales de participación, sin mediaciones y cegueras. Que las herramientas usadas en el pasado para construir poder, son hoy obsoletas, porque el mundo de la información y el conocimiento lo han cambiado todo. No se puede subestimar a la ciudadanía  considerando un voto cautivo que ya no existe, porque la sumatoria de desaciertos ha elevado el grado de violencia e intolerancia de ésta frente a sus representantes, elegidos para gobernar y solucionar problemas, en pos del bienestar común.

Por ello, esa “reconstitución justicialista” deberá ser genuina, si es que realmente desea innovarse, volcando su capacidad históricamente transformadora sobre una sociedad que ansía un verdadero cambio. Ese principio vector que nos individualiza, ese espíritu superior orientado a la “felicidad del pueblo y la grandeza de la patria” no debe reconocer en su elaboración divisiones absurdas, mezquinas e inconducentes.

2019 deberá encontrar a los pampeanos más unidos que nunca, contra el olvido del Estado Nacional, contra la discriminación por portación de signo político opositor, por reclamar los recursos hídricos que nos corresponden, por la dignidad con la cual soportamos el desprecio de quienes nos consideran “insignificantes” dentro del padrón nacional.

La ideología justicialista es el punto de partida, el principio de unidad sobre el cual debe iniciarse este nuevo ciclo en el que la humildad para escuchar y la capacidad para hacer, deben ir de la mano. Sin estridencias marketineras y con la contundencia de los hechos, esos mismos hechos que hace setenta años atrás, cambiaron para siempre la historia de éste país ubicado en el confín del mundo.

El justicialismo tiene una historia, una ideología, referentes militantes únicos, símbolos de unidad, trayectoria, identidad y arraigo en el ser nacional, como ninguna otra expresión política tiene en la Argentina. Todo ese legado debe ser transmitido a las nuevas generaciones, aggiornado en sus conceptualizaciones conforme el devenir de los tiempos y defendido con más razón que pasión.

Vivimos tiempos de mentiras e injusticias. El justicialismo es la única fuerza política nacional capaz de devolvernos “verdad y justicia”. Verdad para saber las necesidades y esperanzas del pueblo –que somos todos: campesinos, obreros, profesionales, científicos, artistas, empresarios, intelectuales, emprendedores, deportistas, etc.-, trabajando responsablemente en la solución y concreción de los mismos. Sabemos que la mentira destruye confianzas, deslegitimando concretamente a los gobiernos.

Y justicia… mucha justicia. Justicia para dar a cada uno “su derecho en función social”, como dicta nuestra ideología. Justicia institucional para auxiliar al poder político en la mejora y efecto positivo de su accionar, sobre un sociedad que exige respuestas ante la violencia, el abuso y la delincuencia de quienes eligen vivir al margen de la ley. Justicia social para priorizar el dolor de los más débiles, atendiendo con urgencia sus necesidades, evitando su marginación y otorgándoles verdaderas herramientas para su emancipación; formando seres libres de las ataduras del clientelismo oportunista, el mismo que los condena indignamente a la sumisión y la dependencia (…desde cualquier bandera ideológica).

Ese es el justicialismo que viene, el que construye realidades mejores y posibles con verdad y justicia. El que no excluye por pertenencia social, armonizando relaciones sociales al amparo del Estado de derecho. Un justicialismo reconstituido, empoderado por la fuerza revitalizadora de los que vienen, resuelto a conquistar para la Nación un lugar preponderante en el mundo. Un mundo también sediento de verdad y justicia, menos destructivo y violento.

* Prof. en Ciencia Política – Militante Justicialista

 

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