
Por Silvio Tejada. Otra jornada del histórico juicio de la sub zona 1.4 II, hay un sabor encontrado en ella, por un lado felices del nieto 128 de reciente encuentro, y por el otro, el sabor amargo por la violencia desatada por el estado represor en los festejos de los 40 años de las Abuelas de Plaza de Mayo.
Ecos kafkianos
Lo primero que pude entender de la malograda teleconferencia desde Barcelona, fueron las palabras “reflexión profunda” , palabras surgidas desde la declaración testimonial de Daniel Osvaldo, víctima de la última dictadura militar. El delay se hacía insoportable en el eco de cada palabra nacida de Daniel Osvaldo.
Los jueces se cuestionaban con la mirada, el futuro de esas voces que se multiplicaban por los parlantes de la sala de audiencia del Colegio de Abogades. El público, integrado en su mayoría por estudiantes del colegio secundario, tampoco entendía nada de lo que la memoria de Daniel Osvaldo decía. La interconsulta entre jueces, fiscales, querellantes y defensores, parecía que devenía en el final de los ecos, el final del testimonio, pero la querella hizo la propuesta de apostar por que la comunicación mejorara y se decidió la continuación del correlato, no sin antes requerir a Daniel Osvaldo que fuera más pausada su voz.
Daniel Osvaldo trabajó de policía en la provincia de Rio Negro en el departamento de comunicaciones y luego de pasar por Viedma pide la baja y el posterior traslado para incorporarse a la Policía de La Pampa, a la seccional de Toay
Dice que se entera de la existencia de la Sub Zona por publicaciones que mencionan a la “tenebrosa” subzona.
Daniel Osvaldo relata que luego fue locutor de una emisora en Huinca Renanco, al sur de Córdoba, por ese entonces había sucedido el secuestro de los empresarios Bunge Born y una insólita vinculación de información puso a Daniel Osvaldo comprometido, y de este hecho se sobreentiende la alianza operativa entre las policías de provincias, los uniformados al mando del jinete de la muerte tenían la anuencia de la policía del sur de Córdoba para actuar.
Daniel Osvaldo tenía 23 años cuando acudió a requerimiento de la Jefatura de Policía, era el año 76 y allí como en una escena kafkiana, la Jefatura de Policía le da a leer el expediente reservado N1 de la Jefatura. Daniel Osvaldo lee en cuanto puede, una sombra de un efectivo policial estaba a su espalda con un arma observándolo, vigilándolo.
Sin mediar palabras, lo esposan manos a la espalda y es llevado en un falcon a la U4, era un 9 de abril alrededor de las 19 horas y las sombras se disipaban en los patios entre los pabellones de la cárcel, Daniel Osvaldo recuerda que tuvo que refugiarse como pudo en los rincones, tapándose con su abrigo.
Daniel Osvaldo se observa en la pantalla, en el Consulado de Barcelona hay una bandera argentina y un cuadro de las Islas Malvinas, Daniel Osvaldo toma sorbos de agua entre que pide perdón por los silencios propios de la memoria que regresa, el sonido de la teleconferencia ha mejorado notoriamente.
Daniel Osvaldo recuerda la ranchada de la cárcel, esa agrupación instintiva de los detenidos, “estábamos todos en un patio tirados en el suelo”…y la reflexión profunda aparece como el silencio ahogado …”venían a buscar a alguno…” “…imborrable”…Daniel Osvaldo está conmovido…recuerda a ese que regresó picaneado en la boca y relata el comentario del sufriente…”se reía mientras yo gritaba…, mientras picaneaba se reía”…Daniel Osvaldo también relata esa imagen de encontrar en el baño a un detenido morado de arriba abajo”…chorreaba sangre”…
El contacto negado a su familia, y en contraposición el contacto necesario en la ranchada, calentada por el mate compartido de una estufa a kerosene… un hueso de puchero y unos trocitos de ensalada era el menú que recibían tirado por debajo de las rejas.
El 14 de mayo del 76 a las 13:30 hs, luego de un mes de detención ilegal le dicen: Che pibe, andate… Le aplicaron ley de prescindibilidad como daño sucesorio y le advierten que no se lo tomará en ningún lado para trabajar.
A los años, una vez tomó un taxi en Santa Rosa, y el chofer no era otro que uno de los jinetes de la muerte responsable de su detención, nada dijo…aunque el espejo retrovisor delataba el pasado que bajaba la bandera de libre y que la memoria marcaba el pulso del viaje por la memoria.

Ismael no ha escuchado
Ismael se sentó en el sillón de jurar decir la verdad, y ocurrió que nadie sabía por qué, ni quien lo había propuesto como testigo, la fiscalía y la querella no lo tienen en sus registros que revisan atentamente, desde la defensa aceptan que fue pedido por uno de los cuervos de la jauría y que justamente no estaba presente en la sesión, un cuervo sustituto le pregunta al jinete de la muerte si es necesaria la declaración de Ismael e indica que no. El juez, por su parte le pide disculpa por semejante papelón y lo dejan ir. Si algo le faltaba a esta justicia alertagada por 40 años era llamar a un testigo invisible. Cuando Ismael atravesaba el pasillo, desde la querella piden realizarle algunas preguntas aclaratorias, el juez sofrena a Ismael quien tiene que ocupar nuevamente el sillón de la verdad.
Ismael con voz baja y temeroso confiesa haber sido policía entre el 75 y el 79, sus últimos años fueron en la seccional primera. Ismael con tirabuzón relata que a la parte de arriba de la seccional no podían ir, allí funcionaba la subzona y jura que nunca jamás vio algo que le llamara la atención, no escuchó ni gritos, ni nada.

Hilario laguna
Hilario también es de los que calientan la silla de decir la verdad, fue chofer de la seccional primera, tiene 72 años y confiesa haber trabajado del 71 al 95 allí. Hilario mueve sus pies y sus manos rascan sus rodillas insistentemente, nada conoce Hilario de lo que ocurriera allí, el micrófono cae de vergüenza y de silencio ante un Hilario que perdió el hilo de la memoria. Hilario laguna.
Toda su declaración termina por cansancio de preguntas evadidas.


