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Los  tiempos cercanos y lejanos en las (desgraciadas) elecciones de Brasil*

11 octubre, 2018
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 En política siempre puede haber sorpresas, elementos sociales impredecibles que se agrupan en momentos determinados y puntuales. Todas las encuestas que se habían realizado antes de las elecciones del pasado domingo daban como victorioso al candidato de la extrema derecha Jair Bolsonaro. Eso era así, pero ¿por qué entonces las reacciones de sorpresa de la prensa? Es que nunca se pensó que la diferencia con Fernando Hadad, candidato por el semi-proscripto PT, iba a ser tan grande. La posibilidad de revertir tamaña diferencia (46% para Bolsonaro y 29% para Hadad) es remota pero debe exprimirse al máximo. Nuevamente las encuestas fallan, no pueden medir aquellos componentes sociales ilegibles ni predecir lo que una persona hará cuando llegue ese instante de decidir su voto.




Más allá de esto, es preciso esgrimir algunas explicaciones del fenómeno que recorrió el mundo. No sólo para entender, o tratar al menos, sino para poder explicar también la política de nuestros tiempos Latinoamericanos.

LOS CERCANOS

Algunas razones son de inmediatez temporal. Las elecciones carecieron de todo elemento democrático, se realizaron en medio de un gobierno que ocupa ese lugar por haber realizado un golpe de estado, por tener al principal líder político preso e incomunicado con la sociedad sin pruebas fehacientes, por negar la participación electoral de buena parte de la población del nordeste brasilero por medio de la manipulación del padrón; todos componentes que en cualquier momento o si fueran llevados adelante por otro gobierno tendrían la condena de la prensa y demás mandatarios de estados regionales. Pero esta elección se da cuando el poder concentrado de la burguesía brasilera y los medios de comunicación lo desearon. Una vez que desprestigio institucional hacia los partidos mayoritarios y hacia las propias instituciones estatales logró penetrar en una población que además siente el cambio de políticas económicas (un dato revelador es que 30 millones de brasileros y brasileras no fueron a votar, algo que no sucedía desde las elecciones de 2002 pos crisis neoliberal).

Desde que el golpe de estado que destituyó a Dilma Rousseff e impuso a Michel Temer en la presidencia el país se ha visto envuelto en una caída de la actividad económica de cerca de 6 puntos en su PBI, han visto la luz reformas en materia de derechos laborales, la reducción real del programa “bolsa familia”, se impulsaron reformas dentro de las empresas del Estado como Petrobras y aumentos tarifarios. En ese contexto se llevó adelante uno de los paros más importantes de la historia contemporánea brasilera, el de los transportistas. Es interesante ver que al día siguiente de las elecciones Bolsonaro comenzó reuniones con los principales capitales brasileros, y trascendieron nombres para el cargo del Ministerio de Economía como Paulo Guedes, un Chicago Boys del crudo neoliberalismo, también se nombra como posible presidente del Banco de Brasil al, ex Bank of American, Alexander Bettamio y también a María Silva Bastos Marques responsable de Goldamn Sachs en Brasil.  Dando las señales que los capitales concentrados nacionales y transnacionales estaban buscando. Ya  los nombres y su procedencia marcan lo que vendrá, una de las urgencias para el proyecto de la derecha en Brasil es la total privatización de Petrobras y una reforma previsional en ese sentido. Además de avanzar en la desestructuración de la mermada integración regional, por caso la del Mercosur que se vería herido de muerte.

Junto a esto, en los últimos años la justicia brasilera,  a la derecha clásica y ex aliados del PT en el congreso, todos aliados en el golpe de Estado, llenó de causas de corrupción a líderes opositores (fundamentalmente del PT y otras fuerzas de izquierda). El principal objetivo era encarcelar al máximo líder político del país, Lula Da Silva, algo que finalmente logró sin ninguna prueba contundente. Aún con todo ese desprestigio institucional y ataque hacia el PT, éste no fue barrido de la escena política e incluso Hadad realizó una elección por encima de lo esperado. Además la violencia política creció pasando los límites de amenazas, carpetazos, persecuciones hasta cobrar la vida de dirigentes como el caso de Marielle Franco por nombrar el más sobresaliente. En este clima de persecución y desprestigio de la “vieja” política, quedaron atrapados incluso quienes impulsaron el golpe y eran los principales opositores al PT gobernante, como Aécio Neves (ex contrincante principal de Dilma Rouseff).

En ese contexto surge Jair Bolsonaro (Partido Social Liberal – PSL), ex capitán del ejército, xenófobo, homofóbico, racista, apologista de la dictadura brasilera, que promueve el uso libre de armas como en algunos estados de EEUU, un diputado de más de 29 años de bancada con apenas algunos proyectos presentados y aprobados, y de largas ausencias en sus deberes públicos. A pesar de ello, apareció como un out siders, un personaje por fuera de la política tradicional (aunque está lejos de serlo), con un discurso de extrema confrontación. Se muestra dispuesto a la intervención armado en las calles para frenar una violencia que el propio gobierno de Temer agudizó, decidido a defender los valores del hombre y la familia tradicionales, que tiene compañeros de armas que lo apoyan y avisaron previo a las elecciones que si él no ganaba iban a tomar el poder. Los grandes capitales concentrados encontraron al candidato del mercado y los medios de comunicación a quien podría promocionar, tanto que Jair Bolsonaro no necesitó de escenarios de gran debate o exposición pública para quedar en el centro del escenario le bastó con sus asesores y operadores de redes sociales.

Bolsonaro ha tenido la cualidad de aparecer en un momento justo, por esas desgracias que a veces sufren los pueblos. En medio de un descreimiento a las instituciones de garantizar el orden y de opciones políticas restringidas (sin Lula fundamentalmente) o de poca firmeza en sus programas, Jair mostró un rostro de político “rudo”, de compromiso y, lo que es importante, de una posición radicalmente diferente. No es que Fernando Hadad no haya mostrado una firme posición política pero no es Lula y el PT ya no es “diferente”, incluso quedó como “uno más” dentro de las listas de corruptos del Lava Jato y demás causas. Además, Bolsonaro tampoco se presenta como un político profesional sino que viene de las fuerzas armadas.

LOS LEJANOS

Esto nos permite abrir otra serie de razones de la victoria del candidato del PSL, hasta hace poco un partido intrascendente. Entre esas razones justamente nos encontramos el rol de las fuerzas armadas. Sólo en Argentina las fuerzas armadas fueron derrotadas por organismos populares, de DDHH que imprimieron en la conciencia colectiva de las mayorías la condena a la dictadura y las fuerzas armadas en la política, un tesoro de las luchas que tenemos ganadas como pueblo y debemos cuidar. Eso no sucedió nunca en Brasil, las fuerzas armadas decidieron la transición democrática entre 1985 y 1989 designando al presidente, esa baja capacidad de la población brasilera de poder realizar un ejercicio de memoria y justicia alrededor de la dictadura que dejó a las fuerzas armadas relativamente impunes en términos sociales como para permitir armar una candidatura y un armado electoral firmes. De asumir, como parece probable, Jair Bolsonaro y de llevar adelante las designaciones de jefes de las FFAA en los ministerios y como diputados junto a las “promesas” de campaña, Brasil podría entrar en un gobierno cívico-militar que destruiría las bajas señales de democráticas que dejaría el gobierno golpista de Temer. Le quitaría al parlamento atribuciones políticas reales en beneficio de un poder ejecutivo concentrado en manos militares.

Otro factor es el religiosos. Desde mediados de los años ’80 y firmemente desde los ’90 han crecido en Brasil las iglesias pentecostales (evangélicas) al tiempo que ha decaída la feligresía católica. Esas nuevas iglesias imprimen en sus creyentes un fanatismo religioso de suma acción pública directa y no escapan a la arena política, tienen un partido propio conformado que les ha dado tres bancas parlamentarias. Estas iglesias que vieron la masiva movilización de las mujeres brasileras contra Bolsonaro proclamando #EleÑao, respondieron al día siguiente con EleSí y movilizando en apoyo al candidato que ayudaron a conformar. Este fanatismo religioso y sus pastores vieron en Bolsonaro (que es católico) un candidato que expresaba algunas de sus preocupaciones, sobre todo al ataque a lo que ellos denominan “ideología de género”, es decir, toda reforma que implique avances en los derechos de las mujeres, de niños, niñas adolescentes y de igualdad de géneros.

UNA POSIBLE LECCIÓN

Hasta aquí una breve mirada a las posibles razones que influyeron en la victoria de un neo fascismo que no sólo es un fenómeno en Brasil (miremos lo que sucede en Europa y, particularmente, en Italia). También hay que decir que la sorpresa y el espanto hacia Bolsonaro de quienes nos reconocemos parte de un campo político popular están bien fundados pero debería de sorprendernos tanto. Durante los años de gobierno del PT, la población brasilera creció en derechos, se conformaron avances en materias laborales, en la distribución de ingresos, se crearon solidaridades sociales, contribuyó de forma clave en los proyectos de integración alternativos que se ensayaron aún sin haber tenido el éxito deseado. Contra todo ello vienen Bolsonaro y sus tropas armas desde los cuarteles y desde las usinas de pensamiento económico, que pueden todo atisbo democrático y de integración, y contra eso debemos combatir desde acá.

Pero ello no nos quita el derecho de la crítica: no basta con mejorar las condiciones materiales de vida de las personas, no basta con mostrar una intencionalidad de integración alternativa, es necesario avanzar en el combato contra el sentido común impuesto por la política burguesa y el mercado capitalista. Si esos elementos de sentido, de visión de vida, de formas de afectividad y relaciones con les demás no cambian radicalmente no es improbable que las políticas que se creían derrotadas vuelvan. Aún en los avances logrados por el PT y la sociedad brasilera que he puesto en cuestión son un insulto para las fuerzas del capitalismo, y reaccionan con un arsenal de magnitudes mayores que incluso en Brasil no llegaron a lo que se intentó en Venezuela para desplazar del gobierno a quienes consideran populismos. Por eso hay que traer siempre a Rosa Luxemburgo y recordar que reformas no es revolución. Y traer más aún a nuestra cercana Ola Verde que arrolló con sentidos comunes de manera irreversible.

* Mauro Perrone – Profesor de Historia – Política Internacional

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