
Una joven estudiante esperó gran parte del día en la puerta del hotel en el que se alojó la actual senadora y ex presidenta de la Nación, para saludarla y mostrarle un cartel ingenioso que describe su pasión por el peronismo.
Desde temprano se la pudo ver pegada a las puertas corredizas del hotel Mercure. No estaba sola, había, según la hora del día, una decena, dos y hasta cinco decenas. Pero en todo momento la mirada se posaba en ella. Más que en ella, en su cartel: “mi abuelo se fue al cielo pero yo sigo el legado peronista”.
La joven se llama Eliana Villalabaitía. Según su propia descripción de personalidad en las redes sociales, es estudiante universitaria y de Uriburu. Practica el karate y siente el peronismo.

Ayer, se plantó frente al hotel con un único y difícil objetivo: mostrarle su cartel a Cristina Fernández de Kirchner. Y lo logró.
Pero no fue fácil. Su faena comenzó el 16 de octubre en el mismo lugar, donde no corrió con la misma suerte. Al día siguiente repitió la guardia. Por momentos pudo ingresar al hotel, por otros la sacaron del lugar como hicieron hasta con periodistas (le pasó a Plan B), pero no desistió.

Sobre las 16 del 17 de octubre volvió a salir con la suya e ingresó una vez más. Le dieron una remera negra que trajeron desde el entorno de Alberto Fernández y la lució en el momento justo: “volvemos para ser mejores”, se lee en letras blancas sobre fondo negro.
A las 18:15, Cristina Fernández de Kirchner bajó de la suite presidencial en ascensor y las personas que estaban en el lobby por ser amigos, parientes o militantes con contactos para permanecer todo el día allí, le hicieron más lento el camino hacia la combi que la llevaría a la laguna.
En el otro extremo, cerca de la puerta, esperaba Eliana. Un cordón de hombres de seguridad liberó el paso de la expresidenta y en voz alta pedían que la dejaran pasar porque estaba atrasada. Ella, agradecía las expresiones de afecto pero sin dejar de avanzar. Cerca de la salida, la joven universitaria consiguió que la actual senadora y candidata a vicepresidenta se detuviera por unos segundos, accediera a tomarse la foto, la saludara con afecto, para recorrer los últimos metros hasta la camioneta.
Eliana no entraba en su cuerpo. Henchida de alegría, sintió que el esfuerzo valió la pena. Se llevó al abrazo y varias fotografías que impedirán que ese momento pase al olvido.

