
El periodista Javier Urban reflexiona sobre los caminos a transitar para dar la batalla cultural necesaria para evitar que los líderes populares que facilitaron el ascenso social de sus pueblos no sean rechazados por una parte de ellos.
(Javier Urban) Por más que se quiera uno centrar en cuestiones provinciales, es imposible resistirse al influjo del golpe de estado en Bolivia, donde se consumó lo que se venía preparando sigilosa y aplicadamente: el derrocamiento de Evo Morales, a quien no pudieron sacar a través de elecciones y recurrieron al plan b, que hacía mucho no usaban tan descaradamente, y fueron a fondo. El imperio yankee, la OEA cipaya y el macrismo de aquí más el bolsanarismo de allí, todos ellos festeja, mientras en Bolivia se prepara un revanchismo que será/es sangriento y no en sentido figurado. Si semejante hecho no hubiera sucedido, tampoco hubiera resultado fácil eludir el influjo de Lula libre, porque la liberación de ese gigante moral, también marca la historia contemporánea.
Pero, tomando cada uno de esos acontecimientos y poniéndolos en perspectiva, creo que hay una cuestión común que me parece valida de observar. Tanto lo que está pasando en Bolivia, como lo que ha venido sucediendo en Brasil y los nuevos tiempos políticos en la Argentina y La Pampa, me parece que nos debería hacer reflexionar sobre algo en lo que tendremos que reparar mucho de aquí en más: la batalla cultural.
Es que tanto el dolor que hoy representa Bolivia como la satisfacción que nos generó la liberación de Lula tuvieron dos antecedentes que se pueden asimilar claramente con lo ocurrido en las elecciones vividas hace pocos días en la Argentina.
En Brasil el injusto encarcelamiento de Lula dejó expuesto una conducta del ciudadano brasileño que nos pareció y parece una locura: hasta ese momento, Lula iba a ganar las elecciones de manera concluyente, porque su presencia, la del PT en el gobierno, había significado un paso gigantesco en la equidad social a partir de la redistribución del ingreso. Pero bastó que a Lula lo sacaran canallescamente de la cancha para que el voto, enormemente mayoritario, se depositara a favor de quien está en las antípodas de lo que Lula representa y, sobretodo representó, para los brasileños en cuanto a su promoción social.
Del mismo modo nos resultó inesperado y hasta inentendible que Evo Morales no haya ganado las elecciones del 20 de octubre, que las ganó, por una diferencia tan contundenete que aventara el riesgo de que le pusieran en duda el resultado de triunfo en primera vuelta por la diferencia necesaria para no ir a un ballotage. Evo había generado también una mejora social de las mayorías que no deberían no haberlo votado escandalosamente. Y en la Argentina, después del tsunami que significó Macri para las mayorías, se nos torna incomprensible que un 40% lo haya terminado votando.
Pareciera ser, entonces, que hay un porcentaje muy alto de latinoamericanos capaces de votar en contra de sus propios intereses. Y en realidad me parece que no es así, en realidad los intereses de esos votantes son la consecuencia de la gran victoria que tuvo la derecha en estas latitudes: que crean que el capitalismo es lo único posible, que se considere al progreso individual como ajeno al destino colectivo. Por eso el neoliberalismo, el neofachismo tiene la convocatoria de masas numérica y potencialmente peligrosas, que tiene. La pretensión de muchos de salvarse de manera solitaria, endógena, con forma de odio al inmigrante, a la negrada que cobra planes, a los indios, a la acción contra el populismo que atenta contra el republicanismo blanco… es el síntoma expuesto de que intereses y necesidades populares no van de la mano. Han logrado capturar una mentalidad que va más allá de las urnas.
Macri no perdió porque haya una conciencia generalizada de que el individualismo no conduce a otro destino más que a la frustración social. Macri fracasó como garante de esa sociedad aspiracional que él mismo promovió hasta el hartazgo. A Macri, la mayoría no lo votó porque su impericia económica y su pérdida de autoridad política, fueron vistas como una prueba de que ya no era un facilitador de esa aspiración, un eficaz removedor de obstáculos. Los que están convencidos que todo lo lograrán si se rompen el orto laburando, lo consideraron un obstáculo más para alcanzar la salvación solitaria y por eso no lo votaron.
Dar la batalla cultural significa luchar por desterrar esa concepción absolutamente individualista de que no importa quién gobierne, yo me puedo salvar solo y por lo tanto, todos lo podrían hacer, razón por la cual para nada debe importarme la suerte del otro, algo habrá hecho para que le vaya mal.
Y como hoy todo refiere a Bolivia, quiero recordar (incluso ahora que los golpistas se florean con una biblia bajo el brazo) lo que fue en Santa Cruz de la Sierra en julio de 2015, el segundo encuentro mundial de los movimientos populares donde el papa Francisco le hizo el primer guiño a los jóvenes que lo escuchaban en aquella histórica visita, definida por Evo Morales como la primera vez que un papa escucha las demandas de los movimientos populares. Francisco dijo que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad, y con una violencia fratricida que se adueña hasta de nuestros barrios…un mundo donde el suelo, el agua, el aire y todos los seres de la creación están bajo permanente amenaza. El Papa expresó en aquel encuentro su coincidencia con las famosas tres T: Tierra, Techo y Trabajo para todos nuestros hermanos y hermanas.
Tomo lo ocurrido en Bolivia en aquel julio de 2015 porque es una muestra del camino a transitar, aunque hoy parezca hasta anacrónico, para ir dando esa batalla cultural citada. Todos los reunidos en ese encuentro, donde el Papa dijo que “las famosas tres T son derechos sagrados, vale la pena luchar por ellos”, que “este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, ni los trabajadores, ni las comunidades, ni los pueblos…y tampoco lo aguanta la hermana madre tierra” y que “la globalización de la esperanza que nace de los pueblos y crece entre los pobres debe sustituir esta globalización de la exclusión y la indiferencia donde la ambición desenfrenada del dinero, que gobierna, es el estiércol del diablo”, sintieron que el individualismo no era el camino.

Y voy llegando a lo que quería decir respecto a la ligazón de todo esto con La Pampa. En aquel encuentro fue Francisco el que dijo que “el problema es que las viviendas no son construidas para el que las necesita sino para el que las pueda pagar. Solo quien tiene dinero puede tener vivienda, porque la exclusión y la desigualdad son pecados sociales, fruto de un sistema infernal que venera al dios dinero. La unidad de los sectores sociales es el camino para superar este sistema, unidos, con coraje, venceremos a este diablo que es el capital”.
Y uno eso con la referencia que hace el electo presidente Alberto Fernández respecto a cada cosa que dice para diferenciarse Macri, “yo no miento” asegura y entonces se la paso firmando pagarés cada vez que adelanta lo que va a hacer. Y en este sentido no fueron pocas las veces que anunció la creación del ministerio de la vivienda. Y Verna, en La Pampa, le cree.
Por eso es que no quiere dejar su gobierno sin encaminar la angustiante situación de la falta de viviendas y es así que mandó a sacar las leyes de emergencia habitacional para que no haya obstáculo alguno y a toda velocidad se pueda hacer todo lo que haya que hacer. Y también la de creación del banco de tierras, porque se hartó de la especulación de aquellos que tienen parcelas donde se pueden acentar barrios enteros y esperan que les paguen fortunas por ellas. Basta, si hay que expropiar, se expropiará.
Y también es muy interesante el debate que se abrió ante el proyecto de ley de la senadora Norma Durango de regularizar a las cooperativas de trabajo. Aún teniendo en cuenta, como debe ser, las precauciones que hicieron conocer los gremios, habilitar a las cooperativas de trabajo para que puedan presentarse a competir con las empresas constructoras en algunas licitaciones no estaría nada mal.
“Lo más importante para conseguir viviendas dignas es la organización de base”, dijo el papa Francisco, con Evo Morales al lado, en aquel encuentro en Bolivia y agregó “la causa de los problemas de vivienda es el capitalismo. Los capitalistas controlan las propiedades del campo y de la ciudad. Hay que defender la función social de la propiedad, para que la ciudad pertenezca a los trabajadores”.
Fueron el Papa y Evo los que llamaron a la “autoconstrucción de sus viviendas y el desarrollo de infraestructura barrial, que son brotes de ternura que lucha por subsistir en la oscuridad de la exclusión y así crecerán árboles grandes, surgirán bosques tupidos de esperanza para oxigenar este mundo. Mejorar nuestros barrios y construir viviendas dignas, denunciando la especulación y mercantilización de los terrenos y los bienes urbanos, rechazando los desalojos forzosos, el éxodo rural y el crecimiento de los barrios marginados”. Una forma clara, nítida, de dar esa batalla contra el individualismo.


