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Poetas pampeanas leen a Olga Orozco:  “Toay es un lugar de médanos andariegos, de cardos errantes”

29 febrero, 2020
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Águeda Franco, Marisa Cascallares, Susana Slednew y Lisa Segovia participaron de la lectura colectiva de poemas y textos de Olga Orozco, organizada por la Colectiva Escritoras Patagónicas  que reúne a más de cincuenta poetas de toda la Patagonia.

En el caso de Águeda Franco, leyó “El sello personal”.

 

Marisa Cascallares hizo lo propio con “Anotaciones para una autobiografía”.

 

Susana Slednew hizo lectura de “Con esta boca, en este mundo”

Y Lisa Segovia, leyó “Canto a Berenice – Canto VII”.

 

Acerca de la Colectiva Escritoras Patagónicas

Este grupo de mujeres lectoras y escritoras, feministas y militantes de la palabra nació en el año 2019 y desde entonces han realizado distintas lecturas de poesía para visibilizar la escritura de las mujeres en Patagonia.

En esta oportunidad leyeron a Olga Orozco, en el marco del centenario de su nacimiento.

Cuentan con un canal de Youtube: «Algún poema tiene que haber»

Su página en Facebook:

 

Los poemas leídos por autoras pampeanas

El sello personal

Estos son mis dos pies, mi error de nacimiento,

mi condena visible a volver a caer una vez más bajo las implacables ruedas del zodiaco,

si no logran volar.

No son bases del templo ni piedras del hogar.

Apenas si dos pies, anfibios, enigmáticos,

remotos como dos serafines mutilados por la desgarradura del camino.

Son mis pies para el paso,

paso a paso sobre todos los muertos,

remontando la muerte con punta y con talón,

cautivos en la jaula de esta noche que debo atravesar y corre junto a mí.

Pies sobre brasas, pies sobre cuchillos,

marcados por el hierro de los diez mandamientos:

dos mártires anónimos tenaces en partir,

dispuestos a golpear en las cerradas puertas del planeta

y a dejar su señal de polvo y obediencia como una huella más,

apenas descifrable entre los remolinos que barren el umbral.

Pies dueños de la tierra,

pies de horizonte que huye,

pulidos como joyas al aliento del sol y al roce del guijarro:

dos pródigos radiantes royendo mi porvenir en los huesos del presente,

dispersando al pasar los rastros de ese reino prometido

que cambia de lugar y se escurre debajo de la hierba a medida que avanzo.

¡Qué instrumentos inaptos para salir y para entrar!

Y ninguna evidencia, ningún sello de predestinación bajo mis pies,

después de tantos viajes a la misma frontera.

Nada más que este abismo entre los dos,

esta ausencia inminente que me arrebata siempre hacia adelante,

y este soplo de encuentro y desencuentro sobre cada pisada.

¡Condición prodigiosa y miserable!

He caído en la trampa de estos pies

como un rehén del cielo o del infierno que se interroga en vano por su especie,

que no entiende sus huesos ni su piel,

ni esta perseverancia de coleóptero solo,

ni este tam-tam con que se le convoca a un eterno retorno.

¿Y adónde va este ser inmenso, legendario, increíble,

que despliega su vivo laberinto como una pesadilla,

aquí, todavía de pie,

sobre dos fugitivos delirios de la espuma, debajo del diluvio?

Por su parte, Marisa Cascallares dio lectura a un fragmento de “Anotaciones para una autobiografía”

Num. 12 de Museo salvaje (1974)

Textos extraído de:

http://olgaorozco.blogspot.com/2007/01/el-sello-personal.html

 

Anotaciones para una autobiografía (fragmento), de Relámpagos de lo invisible

«Con el sol en Piscis y ascendente en Acuario, y un horóscopo de estratega en derrota y enamorada trágica, nací en Toay (La Pampa), y salí sollozando al encuentro de temibles cuadraturas y ansiadas conjunciones que aún ignoraba. Toay es un lugar de médanos andariegos, de cardos errantes, de mendigas con collares de abalorios, de profetas viajeros y casas que desatan sus amarras y se dejan llevar, a la deriva, por el viento alucinado. Al atardecer, cualquier piedra, cualquier pequeño hueso, toma en las planicies un relieve insensato. Las estaciones son excesivas, y las sequías y las heladas también. Cuando llueve, la arena envuelve las gotas con una avidez de pordiosera y las sepulta sin exponerlas a ninguna curiosidad, a ninguna intemperie. Los arqueólogos encontrarán allí las huellas de esas viejas tormentas y un cementerio de pájaros que abandoné. Cualquier radiografía mía testimonia aún ahora esos depósitos irremediables y profundos. Cuando chica era enana y era ciega en la oscuridad. Ansiaba ser sonámbula con cofia de puntillas, pero mi voluntad fue débil, como está señalado en la primera falange de mi pulgar, y desistí después de algunas caídas sin fondo. Desde muy pequeña me acosaron las gitanas, los emisarios de otros mundos que dejaban mensajes cifrados debajo de mi almohada, el basilisco, las fiebres persistentes y los ladrones de niños, que a veces llegaban sin haberse ido. Fui creciendo despacio, con gran prolijidad, casi con esmero, y alcancé las fantásticas dimensiones que actualmente me impiden salir de mi propia jaula. Me alimenté con triángulos rectángulos, bebí estoicamente el aceite hirviendo de las invasiones inglesas, devoré animales mitológicos y me bañe varias veces en el mismo río. Esta última obstinación me lanzó a una fe sin fronteras. En cualquier momento en que la contemple ahora, esta fe flota, como un luminoso precipitado en suspensión, en todos los vasos comunicantes con que brindo por ti, por nosotros y por ellos que son la trinidad de cualquier persona, inclusive de la primera del singular.

En cuanto hablo de mí, se insinúa entre los cortinajes interiores un yo que no me gusta: es algo que se asemeja a un fruto leñoso, del tamaño y la contextura de una nuez. Trato de atraerlo hacia afuera por todos los medios, aun aspirándolo desde el porvenir. Y en cuanto mi yo se asoma, le aplico un golpe seco y preciso para evitar crecimientos invasores, pero también inútiles mutilaciones. Entonces ya puedo ser otra. Ya puedo repetir la operación. Este sencillo juego me ha impedido ramificarme en el orgullo y también en la humildad. Lo cultivé en Bahía Blanca junto a un mar discreto y encerrado, hasta los dieciséis años, y seguí ejerciéndolo en Buenos Aires, hasta la actualidad, sin llegar jamás hasta la verdadera maestría, junto con otras inclinaciones menos laboriosas: la invisibilidad, el desdoblamiento, la traslación por ondas magnéticas y la lectura veloz del pensamiento. Mis poderes son escasos. No he logrado trizar un cristal con la mirada, pero tampoco he conseguido la santidad, ni siquiera a ras del suelo. Mi solidaridad se manifiesta sobre todo por el contagio: padezco de paredes agrietadas, de árbol abatido, de perro muerto, de procesión de antorchas y hasta de flor que crece en el patíbulo. Pero mi peste pertinaz es la palabra. Me punza, me retuerce, me inflama, me desangra, me aniquila. Es inútil que intente fijarla como a un insecto aleteante en el papel. ¡Ay, el papel! «blanca mujer que lee el pensamiento» sin acertar jamás. ¡Ah la vocación obstinada, tenaz, obsesiva como el espejo, que siempre dice «fin»! Cinco libros impresos y dos por revelar, junto con una pieza de teatro que no llega a ser tal, testimonian mi derrota. En cuanto a mi vida, espero prolongarla trescientos cuarenta y nueve años, con fervor de artífice, hasta llegar a ser la manera de saludar de mi tío abuelo o un atardecer rosado sobre el Himalaya, insomne, definitivo. Hasta el momento sólo he conseguido asir por una pluma el tiempo fugitivo y fijar su sombra de madrastra perversa sobre las puertas cerradas de una supuesta y anónima eternidad.

No tengo descendientes. Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros la tatuaron. Mi heredad son algunas posesiones subterráneas que desembocan en las nubes. Circulo por ellas en berlina con algún abuelo enmascarado entre manadas de caballos blancos y paisajes giratorios como biombos. Algunas veces un tren atraviesa mi cuarto y debo levantarme a deshoras para dejarlo pasar. En la última ventanilla está mi madre y me arroja un ramito de nomeolvides. ¿Qué más puedo decir? Creo en Dios, en el amor, en la amistad. Me aterran las esponjas que absorben el sol, el misterioso páncreas y el insecto perverso. Mis amigos me temen porque creen que adivino el porvenir. A veces me visitan gentes que no conozco y que me reconocen de otra vida anterior. ¿Qué más puedo decir? ¿Que soy rica, rica con la riqueza del carbón dispuesto a arder?»

https://www.epdlp.com/texto.php?id2=1075

Con esta boca en este mundo

No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,

aunque me tiña las encías de color azul,

aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,

aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas

y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos.

 

Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma,

ese al que no es posible llegar desde ninguna lámpara,

y no hay sombra que guíe mi vuelo en el umbral,

ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en esta dura nieve

donde sólo se inscribe el roce de la rama y el quejido del viento.

 

Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras.

Hemos hablado demasiado del silencio,

lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el arco final,

como si en él yaciera el esplendor después de la caída,

el triunfo del vocablo con la lengua cortada.

 

¡Ah, no se trata de la canción, tampoco del sollozo!

He dicho ya lo amado y lo perdido,

trabé con cada sílaba los bienes que más temí perder.

A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,

retumban, se propagan como el trueno

unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la oscuridad.

Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía.

Hemos ganado. Hemos perdido, porque ¿cómo nombrar con esa boca,

cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?

 

Canto a Berenice – Canto VII

Aún conservas intacta, memoriosa,

La marca de un antiguo sacramento bajo tu paladar:

tu sello de elegida, tu plenilunio oscuro,

la negra sal del negro escarabajo con el que bautizaron

 

[tu linaje sagrado

y que llevas, sin duda, de peregrinación en peregrinación.

¿Para quién la consigna?

¿Qué te dejaste aquí? ¿qué posesiones?

¿O qué error milenario volviste a corregir?

Ahora llegas caminando hacia atrás como aquellos que vieron.

Llegas retrocediendo hacia las puertas que se alejan con alas vagabundas.

Tal vez te asuste la invisible mano con que intentan asirte

o te espante este calco vacío de otra mano que creíste encontrar.

Vuelcas el plato y permaneces muda como aquellos que vuelven,

como aquellos que saben que la vida es ausencia amordazada,

y el silencio,

una boca cosida que simula el olvido.

http://elestablodepegaso.blogspot.com/2010/05/cantos-berenice-de-olga-orozco.html

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