
Los humanos veníamos llevándonos bastante bien con la evolución, la nuestra claro, y bastante mal con nuestro entorno, nuestro oikos, nuestra casa.
Aunque quien imaginara hace sólo seis meses que nos encontraríamos en una situación de virtual parálisis en este desenfrenado mundo, divagaba. Esta es, al fin de cuentas, la característica más elocuente de un cisne negro: raro, muy raro y de un impacto global inimaginable. Esta tesis fue desarrollada y probada por un genio llamado Taleb, hace ya unos años, no por eso menos actual.
La otra característica de su metáfora al fin fue, y aquí radica tal vez lo más destacable de la cuestión, la gran capacidad que tenemos los humanos de imaginar y ensayar explicaciones del evento en retrospectiva, algo así como “se veía venir”. Bueno, pues como decimos popularmente, con el diario del lunes…
El diseño y construcción de paradigmas que nos ayudan a modelar hasta nuestro propio devenir se funda en fuertes estereotipos y modelos (algunos mentales) que resumen, economizan y sintetizan la forma de hacer y explicar las cosas, por esta razón, estos eventos, como la/el COVID – 19 (enfermedad/virus, como se prefiera) rompen de tal forma con lo previamente establecido.
Antes de que este señor o señora llamado/a COVID -19 hiciera de las suyas, en nuestro mundo, esa maravillosa casa llamada planeta tierra, veníamos con un desenfreno sin igual. La globalización había derribado las fronteras existentes cualesquiera que nos queramos imaginar, religiosas, sociales, económicas, culturales y las organizaciones supranacionales y en menor medida los estados, sumergidos en este mundo complejo, difícil en algunos aspectos, pero al fin de cuentas de integración, de complementación, el mundo de “los ángeles que llevamos dentro” S. Pinker, aunque con fuertes matices.
En los últimos veinte años, sólo veinte, habíamos experimentado avances tecnológicos jamás vistos, la internet, otro cisne negro del siglo XX, ahora instalada como la internet de las cosas (internet of things) capaz de procesar, almacenar y proyectar información a velocidades astronómicas, nos resolvía una multiplicidad de problemas, nos ahorraba enorme cantidad de tiempo, nos permitía liberarnos de tediosos trámites proyectándonos a horizontes venturosos, la hiper-conexión.
No conformes con los controles que los estados ejercen sobre nuestros ahorros, nuestras monedas y nuestras transacciones, diseñamos algo virtual, digital, protegido por encriptación, mucho más versátil, más rápido y sin intermediarios (peer to peer), las bitcoins.
Sobrellevando la carga del bienestar animal y pensando que con ello se reduciría la emisión de gases a nuestra ex-prístina atmósfera, a alguien imaginativo se le ocurrió que podríamos desarrollar una hamburguesa rica, nutritiva y barata, sin necesidad de matar la vaca, vaya revolución, una verdadera locura, pues ya existe, dicen que es tan rica y nutritiva como las de B.K., camino a ser popular, vaya mundo.
La muerte de la era analógica y el paso a la digital se replicó en tantos escenarios que no cabría en ningún ensayo enumerarlas, nació así la era de la información, creándose un problema al revés, pues, como el tiempo es finito y los seres humanos también, al menos hasta ahora, el impacto del gran aluvión de información, nos desestructura, nos anomia, nos agobia, y hoy debemos desarrollar estrategias que nos permitan seleccionar mejor la misma, pues existe mucha, demasiada, aunque como siempre, hay de todo en la viña del Señor.
Esta revolución tiene en la inteligencia artificial a su niña más preciada, puesto que, todo aquello que antes se replicaba y progresaba con el esfuerzo del músculo, el cerebro, o si lo preferimos la templanza de nuestro espíritu, ahora ya no sería igual. Y aplicando la I. A. a otros desarrollos, como por ejemplo el de la biología, la nanotecnología, la genética, la robótica, nuevas ventanas se abren sin entender siquiera cómo nos moveremos en aquel mundo.
Así pues la industria de la alimentación, la salud, el transporte, la infraestructura, la energía, las comunicaciones en general, el saber, los nuevos consumos como la vestimenta, la moda, el esparcimiento, el entretenimiento, el placer, florecen, renacen y se multiplican en una variedad nunca antes vista. Ya no se habla de la satisfacción de necesidades sino de algo mucho más cautivante la activación y generación de las mismas en las mentes de las personas/los consumidores.
Probablemente sea esta la razón de ser de estos nuevos escenarios, o tal vez, simplemente un complejo de retroalimentación en el que la curiosidad de los humanos, su instinto creativo, sus deseos de perforar las fronteras de la insatisfacción que nos motiva a buscar algo más, y más y más.
Y qué decir de los derechos civiles, de las libertades logradas, de las conquistas de las minorías, de la capacidad de cooperación entre los grupos humanos y su cada vez más promovido pensamiento abstracto, la potenciación de esquemas de integración y colaboración, la vertiginosa caída de las barreras religiosas, culturales, idiomáticas, etc.
Podríamos estar horas y horas enumerando todos los cambios, y en esta dinámica. Con sólo aplicar la lógica evolutiva reciente y este vendaval se replique haciendo que su costo marginal sea despreciable (cero), sólo nos resta imaginar y discutir cómo interactuaremos en este mundo finito.
El mundo pos-COVID o la vuelta a la normalidad está mucho más cerca de lo que hoy podemos imaginar, aunque algunos aventuran que ya nada será como antes, otros que la catástrofe económica durará mucho años, en fin, sea cual fuere el devenir, antes o después volveremos a transitar un mundo dinámico, pleno, pero finito, más complejo, con fuertes desequilibrios entre unos, los más fuertes y otros, los más débiles.
Nada de todo esto volverá a un punto de retorno, para nada, sin embargo sí debemos ocuparnos de lo que aún no hemos hecho, tanto las enormes diferencias sociales de este mundo en desarrollo y las amenazas ambientales que se ciernen sobre nuestras cabezas.
Es así que el desafío de encontrarnos en los últimos segundos del reloj del fin del mundo no se ha superado, diríamos que al contrario, poco o nada hemos hecho tras las cumbres climáticas de los últimos encuentros. Sea porque los poderosos se niegan, soslayando la sentencia de la ciencia, sea porque preservan otros intereses, sea porque el concierto mundial está así planteado y no hay margen para volver atrás, en fin.
Una pandemia podía desestabilizar el mundo, y lo ha hecho, todo parece indicar que, al costo de miles de millones de dólares y miles de vidas. Antes o después superaremos este mal, sin embargo, la estructura de un mundo frágil, sigue ahí. Nuestro ambiente no puede sostenerse en el desenfreno de continuar con esta alocada carrera, si esta vez no fue una pandemia, la madre naturaleza castigará con más fuerza en otro lugar de otra forma…
Una de las pocas coincidencias que arroja esta realidad viviente es el rol de los Estados, unos con mayor intervención que otros, unos con mayor tasa de éxito, otros con menos, pero ahí estamos, expectantes de cada medida que los gobiernos de turno toman y evaluando consecuencias.
La ciencia ha dado ya su veredicto, tanto hacia la salud de los 7.700 millones de comensales como hacia el pretendido equilibrio de las normas ambientales de la única casa que nos alberga, ignorarla es un camino hacia el colapso.
* José E. Sevilla
Lic. en Geografía MsC en Gestión de Empresas
FOTO: BBC

