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Caro teclea rápido. Hosca en las mañanas, está enojada con su padre por no haber resistido a la muerte y dejarse vencer por una sensibilidad vana en un mundo de fieras y cazadores.
Un café recargado y varios minutos en silencio parecen ser la medida justa para entablar algún diálogo que no sea respondido con gruñidos o monosílabos. A pesar de sus tatuajes y el negro en la vestimenta, abraza y protege. O atenaza y destruye, como si tuviera dos personalidades.
Caro programa y se siente segura entre códigos indescifrables para buena parte de los mortales. Es su arma secreta, su coraza exterior, su mundo donde sabe controlarse y se mueve con impunidad.
También es una lectora caótica. Descree de las recomendaciones y se deja llevar por las tapas. O por las caras de las autoras. Casi siempre son autoras. «Si hay voces válidas son las nuestras. El tiempo de ustedes ya pasó», desafía. Sonrío y no recojo el guante. No me lo reconocerá pero se ha llevado algún chasco en con las lecturas. Y cálidas sorpresas.
Últimamente le ha dado por la escritura. Lo prefiero a que se siga escribiendo la piel. El último tatuaje fue un cuerno de rinoceronte: «Me recuerda a los tiburones, es majestuoso y come plantas», dijo cuando le pregunté.
Caro mueve los dedos y se tiñe el pelo de rojo, como si lo necesitara para continuar. De largo hasta los hombros, se lo recoge con una lapicera hasta que se le cae y repite la ceremonia. Por ahí se te queda mirando a los ojos y temo preguntar. Sabe que me incomoda y entonces sonríe, para volver al sonido de las teclas y símbolos que no entiendo. Todavía no sé por qué vuelve o qué vio en mis manos que huelen a peón de imprenta. Pero es lindo encontrarnos en casa.
(Publicado también en Con letra propia)
Horacio Beascochea

