
Miércoles y una jornada cuesta arriba. Unas líneas escritas al azar bien temprano y sin importancia, para soltar la mano y gambetear al silencio, intentando convencerme de que hay algo que decir.
Languidecía la mañana y la molestia continuaba, algo que no terminaba de doler pero que se alojaba en el pecho. No le di importancia y cargué las culpas a la pandemia, que no nos hizo mejores.
Pasado el mediodía, los primeros rumores, las rogativas para que sea una noticia falsa. Una descompensación más de la que el Diego iba a salir. Pero no. Y el mundo se detuvo. “Hoy se pinchó la pelota”, escuché en la tele.
“Para mi Diego es el barrio. Ustedes. Los días más felices. Los interminables partidos en la canchita. El mundial 86. Esos festejos. Diego es/fue un pedazo hermoso de nuestra infancia”, escribió un amigo por WhatsApp. Y del Mundial 86 aparecen a la vieja y mi hermano, los tres mirando los partidos. La media vuelta del diez para dejar desairados a dos ingleses y convertirse en el barrilete cósmico. Luego la caminata hasta el centro, el festejo en el Monumento a San Martín.
Si cierro los ojos, estamos en el noventa chau Brasil, sufriendo con los penales en octavos y la semifinal para perder con Alemania. Sí fue penal, disculpen si no coinciden.
Lo mejor del Mundial 94 fue su regreso. Los entrenamientos en Santa Rosa, corriendo por la llanura y afeitándose al aire libre, bajo un espejito. El héroe contra el imperio que iba por su revancha. No hubo otro equipo igual (bueno quizás el del 2006, con Riquelme, Tévez y Messi), pero llegó el positivo y la desolación, como la que todavía persiste. Hubo un paso fugaz por Boca con el pelo pintado de amarillo, su retiro del fútbol, la certeza de que nada sería igual.
Diego y la crítica de algunos sectores del feminismo, sus años oscuros, el coqueteo con la muerte. Rodrigo y Cuba, Fidel, la cumbre contra el ALCA en Mar del Plata. O su cercanía a Madres y Abuelas, las denuncias repetidas hasta el hartazgo sobre los manoseos de la FIFA, adelanto de la olla que se destapó años después. Diego y la elección de plantar bandera contra los poderosos. Se lo ama o se lo odia, difícil que haya término medio.
Se murió Maradona.
Barrilete cósmico, pendenciero, contradictorio, irreverente, villero y popular. «¿Sabés la alegría que nos dio a los pobres?», decía ayer un hombre desconsolado. Creo que es un buen resumen.
Horacio Beascochea

