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Espectros de Anzoátegui (y la nueva quimera)

11 abril, 2021
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Por Hernán Scandizzo 

Resulta difícil, casi imposible, recorrer el lugar sin pensar en lo que hace más de cien años vaticinaban que hoy sería. Cuando partimos en dirección a Anzoátegui sabía que iba en busca de ruinas o, por lo menos, de lo que no fue. (Corría con ventaja, conocía el final la historia.)

Jaime W. Molins, conocedor de personas con recursos para hacer buenos negocios, afirmaba que el establecimiento fundado Fortunato Anzoátegui era un faro de progreso que proyecta iluminaba el extremo sureste de La Pampa. El cronista de La Nación aseguraba que el emprendimiento ganadero, salinero y forestal transformaría esa porción del valle del río Colorado en un polo de desarrollo similar al que, a fines de la década de 1910, comenzaba a ser el Alto Valle del río Negro.

Esperamos a que el sol bajara un poco para emprender el viaje, recorrer el lugar en febrero y con el sol en alto, no era un buen plan. Al rato de andar empecé a inquietarme, pensaba que a la velocidad en que viajábamos tendríamos que haber llegado, sin embargo no habíamos visto señalización alguna y en el horizonte no se dibujaban ruinas ni gigantes del progreso. Seguimos. Un cartel anunció un cruce de caminos y más adelante, otro más chico (poca cosa para lo que el establecimiento estaba llamado a ser) indicaba que habíamos llegado a destino.

Dejamos el asfalto y comenzamos a andar por un ancho camino de tierra, avanzamos hasta llegar al paso a nivel, cruzamos la vía, a la derecha se veían construcciones ferroviarias en ruina. Avanzamos un poco más, de frente un cartel indicaba la ruta hacia las salinas y el horario de carga de camiones, y a la derecha otro camino, franqueado por un portón bajo, de rejas (con las iniciales del fundador, una en cada hoja), que conducía a los edificios de la administración y viviendas del personal jerárquico (también a lo que fuera el hotel, el boliche, la comisaría, la escuela, la estafeta postal… el pueblo).

En el campo sin caldenes imagino los improvisados campamentos de los hacheros, que tenían por techo los cielos tachonados de estrellas (imagen hace un siglo reiteraban en las crónicas del dolor proletario, de la explotación en esas tierras). También entre las ruinas pienso en el pueblo que en la década de 1940 llegó a tener más de seiscientos habitantes. Ahora un puñado de personas que vive en las edificaciones acondicionadas, son las que administran el establecimiento salinero.

La Protesta, 12 de abril de 1922.

Camino por las vías y el ladrido de perros rompe el silencio, pienso en Esteban Hernando (alias Luis Rocaflor), ese anarquista sembrador de organización, que en tierras donde no estaba permitida la propaganda, y menos aun la organización de los obreros, puso en pié la Agrupación Hacia la Emancipación. Duró poco el intento… y le prohibieron la entrada al establecimiento, no podía acercarse a los campamentos de hacheros y trabajadores de las salinas. Estaba marcado por los cancerberos de la patronal, pero por las noches, sigiloso.

Pienso en el sigilo de Hernando y en los perros que rompen el silencio con sus ladridos. ¿También a esos perros lograría engañar?

Miro las ruinas, el caldenar ausente, las salinas donde los hombres jóvenes envejecían rápidamente. Miro el monte que no está, pienso en los esclavos por el mendrugo, a los que interpeló Hernando (y llamaba imbéciles). Recuerdo a Casiano Ruggerone, que lo acompañó en su última incursión en Anzoátegui. Poco después, en noviembre de 1923, ambos serían arrestados en Darwin y conducidos a Neuquén por su participación en el asalto al almacén de los Plottier. (Más tarde a ellos y a sus camaradas Juan Alvarez, Manuel Viegas y Andrés Gómez se los conoció como Los Presos de Viedma.)

Miro el campo sin caldenes, pienso en los obreros desaparecidos, esos trabajadores de frente en alto que los cancerberos hacían que el monte devorara. Los desaparecidos de los que hablaba Hernando en el manifiesto que distribuyó con Ruggerone en aquella última incursión.

Pienso en las noches sin luna, en la oscuridad aliada, en la dirección del viento que alejaba los ladridos de los oídos de los cancerberos. Pienso en el establecimiento modelo de Fortunato Anzoátegui, tan celebrado por los medios porteños de su época; pienso en el pueblo que no está, en el caldenar quemado en las calderas de trenes, en la sal que llega a las mesas, que condimenta las comidas. No puedo dejar de pensar en la quimera y su ruinas.

Los perros ya no ladran o tal vez siguen ladrando, en todo caso, la bocina del tren que se acerca los vuelve imperceptibles. Ya no descienden pasajeros en Anzoátegui, solo pasa el tren carguero, el tren de Vaca Muerta, el de la nueva quimera.

Edición fotográfica: Martín Alvarez Mullally.

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