
El 18 de julio de 1994 el atentado contra la mutual judía de la Ciudad de Buenos Aires asesinó a 85 personas e hirió a otras más de 300, en quienes dejó múltiples secuelas que aún persisten. Ante la falta de justicia y la necesidad de rescatar y preservar la memoria, cada año la AMIA emprende diferentes iniciativas artísticas para visibilizar ese reclamo que se mantiene vigente.
Este año, entre otras propuestas, realizó la muestra virtual «Ese día», conformada por 26 retratos fotográficos y testimonios de víctimas sobrevivientes, en los que señalan el momento bisagra que vivieron.
«Las víctimas fatales son nuestra bandera, pero también hay cientos de heridos que quedaron con secuelas de todo tipo», explicaron algunos sobrevivientes en diálogo con Télam.
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Sin perder la singularidad del caso AMIA, ellos se sumaron a la reconceptualización que ha tenido entre quienes padecieron este tipo de ataques en otras partes del mundo.
A partir de ello, se autodenominan «víctimas sobrevivientes». Se trata de una idea «reciente en el mundo en casos vinculados con el terrorismo», explicó a Télam Daniel Pomerantz, una de las supervivientes retratadas y actual director ejecutivo de AMIA.
«Es importante que nosotros podamos contar lo que vivimos, que se vea que hay personas que sufrieron y seguimos sufriendo en silencio», dijo a esta agencia Laura Moragues, una de las víctimas sobrevivientes retratada.
«No me voy a sentir bien hasta que la sociedad no tenga una respuesta», agregó César Gabriel Romero, que también participa de la muestra.
Los retratos fueron realizados por la fotógrafa Alejandra López, con la curaduría de Elio Kapszuk, y pueden verse en http://esedia.amia.org.ar
A partir del ingreso a ese enlace es posible realizar un recorrido virtual en una sala expositiva 3D y acceder a cada retrato así como a sus testimonios audiovisuales que reconstruyen, desde distintas perspectivas, lo que fue «ese día» y sus vidas a partir de entonces.
A las 9:53 minutos de la mañana lluviosa del lunes 18 de julio de 1994, cuando estalló el coche bomba en la AMIA, Daniel Pomerantz tenía 31 años y estaba en el segundo piso del edificio parado en el ingreso a la oficina de su compañero Salo, que lo retenía con algunas consultas laborales.

En ese mismo instante, Laura Moragues (24) atendía a una clienta en un comercio ubicado a pocos metros de la mutual, sobre la calle Pasteur; y César Gabriel Romero (18) caminaba sobre la misma cuadra junto a su amigo Cristian luego de ver pasar un coche a toda velocidad que los alarmó.
Daniel recuerda que el piso se movió por el estallido, y que con Salo intentaron sostenerse luego de trastabillar. No veían nada, solo se escuchaban gritos.
El impacto llevó a Laura dos metros más adentro del negocio. Para César, el tiempo se detuvo cuando la onda expansiva lo «voló» varios metros hacia adentro de un local y comenzó a ver vidrios caer y gente ensangrentada cubierta por un espeso polvillo blanco.
Daniel y Salo lograron llegar a una terraza que se mantuvo en pie, donde encontraron a otros compañeros que trataban de orientarse hacia una posible salida.
Daniel, ahí, pudo ver que la parte delantera del edificio de la AMIA ya no estaba. Su siguiente recuerdo es escuchar a Tamara que pedía auxilio y de Ana María, que de forma desgarradora preguntaba por su hija, una de las víctimas fatales del atentado.
Por su parte, Laura, luego de recuperarse del impacto, salió a la calle a buscar a su hermano que tenía otro local a pocos metros del suyo.
Vio el desastre al salir de lo que quedaba del local entre una nube de polvo, cuerpos destrozados, personas tiradas en el piso y objetos que seguían volando.
Todo sucedía lento para ella, y en medio de la polvareda logró ver a su hermano, que se acercaba para abrazarla.
Cuando César logró levantarse empezó a caminar junto a su amigo y también vio el desastre.
Había un olor extraño, describió, luego supo que era amonio.
Junto a Cristian ayudaron a sacar personas hasta que debido al shock y las heridas decidieron alejarse del lugar y dirigirse al hospital.
«Después de ese 18 cambió todo en mí», dijo César a Télam desde su casa en Pontevedra, Provincia de Buenos Aires, donde vive junto a su esposa y sus cuatro hijos.
«Comencé a hablar hace poco -del tema- porque hace seis años empecé a sentir angustia, dolor agudo en el pecho, recuerdos, sueños y porque me despierto llorando», explicó.
Y agregó que llegó a expresar su angustia «en forma de furia, ante cualquier caso de injusticia explotaba, me afectó en la forma de socializar», agregó.
César explicó que este cuadro de estrés postraumático le impidió seguir trabajando, subirse a colectivos y hasta caminar solo.
Daniel, por su lado, logró salir por un edificio lateral sobre la calle Tucumán, y luego se dirigió a Pasteur, donde se quedó dando vueltas hasta reencontrarse con sus padres.
«Después de ese día cambié profundamente, tenía la compulsión de no parar a pensar lo que había pasado, las circunstancias que había transitado, pero estaba para contarlo», explicó Daniel en su video testimonial de la muestra.
Laura también ayudó como pudo y formó se integró a la cadena humana que asistía en la tragedia y su negocio fue utilizado como centro de operaciones de los rescatistas. «Durante mucho tiempo no toleraba el sonido de las ambulancias, y cuando hay tumulto o mucha gente me pongo nerviosa», dijo Laura en el video testimonial.
Para Daniel, participar de esta muestra es un imperativo ético.
«Esto forma parte de mi identidad, soy una cantidad de cosas, entre ellas, soy quien estuvo ahí esa mañana y todo lo que pasó después con haber estado ahí», dijo a Télam.
«Vi el retrato (su foto en la muestra) y me pareció que tengo algo adentro todavía, como que hay algo que tengo que expresar», concluyó César.
Para Laura fue importante participar de «Ese día» porque «la herida sigue abierta y es necesario visibilizar y no olvidar este desastre. Seguimos pidiendo Justicia», concluyó.
El atentado a la AMIA
Este domingo 18 de julio se cumplen 27 años del atentado al edificio de la AMIA, el terrible ataque terrorista perpetrado en 1994 con un coche bomba que estalló a pocos metros de la sede de Pasteur 663, dejando 85 víctimas y más de 300 heridos.
Aquel lunes, exactamente a las 9:53 de la mañana, la sede de la Asociación de Mutuales Israelitas Argentinas, ubicada en el barrio de Balvanera, en la Ciudad de Buenos Aires, desaparecía por completo, causando serios daños en los inmuebles cercanos y en la vida de muchos.
Dicho atentando había tenido otro sangriento antecedente, con el ataque que provocó la destrucción del edificio de la Embajada de Israel en Argentina (17 de marzo de 1992), que causó 29 muertes y 242 heridos.
Al conmemorarse un nuevo aniversario del atentado terrorista a la AMIA, que causó la muerte de 85 personas y centenares de heridos, recordamos a las víctimas y acompañamos a sus familiares en el reclamo de memoria, verdad y justicia. #AMIA27Años pic.twitter.com/YYXzQk78u2
— Secretaría DDHH (@SDHArgentina) July 18, 2021
A más de dos décadas de producirse ambos episodios, a los cuales les precede el asesinato del primer ministro israelí Israel Isaac Rabin en 1995, quien estaba llevando adelante un exitoso proceso de paz en Medio Oriente, todavía no hay culpables.
Las causas que motivaron los ataques tampoco son claras. El entonces presidente Carlos Saúl Menem argumentaba que el hecho de ser el único mandatario que visitó Israel «pudo haber sido lo que ofendido a estas organizaciones terroristas».
Y a continuación agregó que el envío de dos buques durante la Guerra del Golfo con motivo de la invasión de Irak a Kuwait, buscando reforzar a la coalición liderada por Estados Unidos, sería también otra de las razones por las que la Argentina fue declarada un objetivo.
Minutos antes de desatarse el caos en plena zona porteña de Once, una camioneta que se teoriza era una Renault Traffic estacionó en las cercanías de la sede. En su interior, 300 kilogramos de nitrato de amonio y gasolina, materiales que desencadenaron el estallido.
Sobrevivientes, que permanecían tanto dentro como en las inmediaciones del edificio, describieron haber escuchado un enorme estruendo. Luego, escombros y una polvareda predominaban en la zona. Gritos y llantos desgarradores completaron una escena aterradora.
«Parecía la guerra. Los edificios caídos como castillos de naipes. Las madres llamando a sus hijos. Los maridos llamando a sus esposas. Todos gritando sin entender que era lo que pasaba, con desesperación», reconstruyó Mirta Satz, empleada de la AMIA.
La explosión dejó un cráter de al menos dos metros en el lugar y pudo ser escuchada a varios kilómetros de la sede violentada. A la espera de la llegada de agentes de las fuerzas de seguridad y rescatistas, miles de personas ofrecieron su ayuda.
Comenzaron a buscar desesperadamente a las víctimas así como libros, documentos y esculturas que constituían una parte importante de la memoria de la comunidad judía argentina. Poco después, helicópteros podían ser vistos sobrevolando el lugar.
Acto seguido, los rescatistas hicieron también presencia. «A penas empezamos, buscamos sobrevivientes durante 24 horas sin parar. Después, en turnos de seis horas. Así durante diez días», Nati Guefen, integrantes de la brigada israelí en Buenos Aires.
«Fue terrible. Un edificio de cinco pisos que se había convertido en una montaña de escombros. Cuando empezamos a cavar estaba claro que no había ninguna posibilidad de encontrar supervivientes», recuerda Gamir Golánolán, comandante de la unidad.
Tras de varios días de intensificar esfuerzos en búsqueda de vida, el balance de personas que perdieron la vida no solo reflejaba a solo miembros de la colectividad hebrea, si no también personas que trabajaban cerca de la sede de la mutual o que pasaba por allí.
Hasta 2001, año en el que tuvo lugar el primer juicio oral por el atentado, se había informado que las víctimas fallecidas eran 86, sumado al autor del delito. Oficialmente, la AMIA terminó contabilizando 85, aunque hasta 2016 solo mencionaba 84.
La Justicia argentina atribuyó la responsabilidad de lo ocurrido en la mutual israelita como el cometido contra la embajada de Israel a la organización islámica libanesa Hezbolá y al entonces gobierno de Irán. Ambos niegan cualquier tipo de implicancia.
Entre el 19 y 27 de julio, tendrían lugar otros atentados terroristas contra la comunidad judía en el mundo. Entre ellos, un pequeño avión que realizaba un vuelo interno en Panamá estalló en el aire. Murieron las 21 personas a bordo, de las cuales 12 eran judías.
Asimismo, un artefacto explosivo estalló frente a la embajada de Israel en Londres, dejando 20 heridos y al día siguiente otro frente a una organización caritativa judía en el norte de la capital británica, donde cinco personas fueron heridas. (Perfil/Télam).

