
Por Daniel Pellegrino (cuento)
Los cazadores en la costa del monte que da a la ruta 12 persiguen aplicados una perdicita que se habrá ocultado entre unos pastos. Es pichona y en silencio aguarda que los hombres alejen el ruido, se dispersen por las cercanías y entonces alzará un vuelo corto que la lleve hacia el refugio del hoyo en la tosca sólida del médano.
Hay una loma cuya cuesta ha sido volada y rebajada a fin de permitir el trazado más cómodo de la ruta. En una de las escarpas, hacia el lado del monte, un manojo de cabezas de perdices y martinetas, en número aproximado de cuarenta a cincuenta, abren sus picos a la nada.
Frío y humedad en la tarde apenas agitada por un aire sucio, incapaz de aclarar la vista de alguien que no esté atento a los pormenores del entorno. Un cazador, en la loma, de pie junto a la camioneta pintada con desiguales manchas verdes y oxidadas observa los extremos de la ruta silenciosa. Hacia un lado, en bajante, el camino se angosta con la presencia de una masa de olmos comprimidos; hacia el otro, una falsa planicie, árida, de pastos ralos y duros, con afloramientos de tosca, muestra el camino en suave curva que se escurre detrás del monte.
Podría ser cualquier día, sin embrago es domingo. Hay escaso tránsito. Desde la ruta, la camioneta es invisible y el paisaje parece amable, vacío, distante.
Los otros cazadores se han deslizado hacia arriba y hacia abajo en los flancos de la ruta llevándose por delante sus propios alientos. Todavía no han cruzado el alambrado que separa la ruta del monte. Cuando lo hagan, más lejos y hacia el fondo, luego de una franja cultivada, en la espesura del monte, un perro de ladrido corto, ansioso por atacar a los intrusos, es callado y retenido por su amo quien espera el momento propicio de estar más cerca de los cazadores y sorprenderlos; una escopeta 16.65 atraviesa su espalda.
El hombre sospecha que no podrá acercarse con amabilidad a los cazadores y preguntarles qué están haciendo, decirles por acá no se puede cazar, es la ley, es propiedad privada, en la ruta tampoco porque vialidad de la provincia vigila y tiene a disposición para mandar una patrulla, me entienden, no se puede, hay multas. No, a partir del momento que un chiflido de carabina pasó a corta distancia y percutió entre los chañares, comprendió que los cazadores solidarios con su espíritu de acoso han doblado la apuesta en búsqueda de animales de tierra.
Se quitó la escopeta de la espalda, miró los cañones yuxtapuestos y si bien no era estrictamente un arma de caza mayor a menos de noventa metros haría mucho daño, como hace poco lo hizo. Además el primitivo dueño del arma –un abuelo perdido- le aseguró que había hecho justicia en este mismo monte. Eran otros enemigos, otro tiempo, había que defender sin papeles la posesión de un pedazo de tierra.
Los cazadores ya habían batido la falsa planicie y se reunían, los tres, al pie de la camioneta. Uno de ellos desenganchó de su cinturón cuatro ejemplares que el custodio de la camioneta tomó, colocó sobre un retazo de gramilla y con un golpe limpio y exacto de cuchillo grande separó las cabezas. Luego miraron la caja de la camioneta y quedaron conformes. No había tránsito en la ruta, la tarde se plegaba amarillenta. La secreción de la aventura disminuía y los cazadores pensaban en fumar, preparar los últimos mates, subirse a la camioneta y partir.
-Tendríamos que volver por camino de tierra-, dijo el custodio quien enfocó nuevamente con unos binoculares la costa del monte. Contuvo un instante la respiración al detectar una raya blanca, nítida en uno de los extremos del monte ahora que la luz rasante del atardecer daba sobre ella. Contó el descubrimiento, se pasaron los binoculares.
Hablaron entre ellos, intercambiaron opiniones con voces de rosario, sonreían, aprobaron, volvieron a mirar la caja de la camioneta y coincidieron en que había lugar para cargar algo más de peso, se rieron y aflojaron los ímpetos restantes de la cacería. Uno de ellos abrió una gaveta de herramientas y comprobó que había un alicate de cortar alambre. Otro buscó termo y mate, echó con placer yerba nueva y los tres se dispusieron a esperar, tranquilos, la lenta caída de la noche. El custodio desgranó con voz hierática, deliberada, una historia que lo ligaba al ambiente, en una hora no muy lejana, mientras se abría la chaqueta camuflada y dejaba ver unos puntos huecos, pequeños del pecho.
Algunos pájaros regresaban al monte y el hombre al acecho se inquietó porque los cazadores no habían invadido el campo pero tampoco se movían del lugar donde estaba la camioneta. No dudaba que todavía algo más debía ocurrir. Uno de los cazadores se apoyó en el alambrado y pareció dar indicaciones en dirección a una de las puntas del monte. Se dio cuenta que entrarían por allí. La camioneta se hizo visible en la penumbra del atardecer, avanzó sin luces hasta ubicarse en la línea más cercana a las blancas colmenas. No sabía cuántos eran. Palpó su campera y lamentó no poseer más de cuatro cartuchos. Entre el alambrado y el monte no había más de doscientos metros y esa franja sembrada con pasto de invierno era de suelo duro por lo que la camioneta rodaría sin problemas.
Llevó al perro monte adentro aunque no lejos de las colmenas y lo ató con nudo de zafe; si lo necesitaba, bastaría una orden para que el animal obediente se soltara de un tirón. No haría disparo de advertencia, lo había hecho tiempo atrás sin efecto alguno porque le devolvieron los disparos y los cuatreros solo se fueron cuando de un escopetazo dejó a uno de ellos tendido en el cuadro pegado al monte. Había cargado al herido, era alguien, un vago del pueblo; lo tiró en la puerta de la comisaría en muestra de lo que iba a hacer de ahí en adelante con cualquiera que ingresara sin permiso a su chacra. El oficial lo miró asombrado y antes de hacerlo pasar y detenerlo ordenó a un agente que fuera a la posta sanitaria a buscar ayuda. Pasó un día completo en la comisaría, lo ficharon, declaró y lo libraron. Otro día hubo un careo sin consecuencias. La escopeta se la devolvieron más tarde, cuando quedó registrada.
Ya apostado, sacrificará que corten el alambrado y calcula que el primer disparo será en la trompa de la camioneta para dejarla ciega, así lo piensa hasta que el perro ladra enloquecido. Sin caer del todo gira hacia el filo del monte para entender que alguien de paso suave, medido, viene entre las sombras, es una aparición cuya figura se iguala con aquella tendida del escopetazo pasado; se le enfría la piel porque está en desventaja aunque el perro se haya soltado y pueda expiar con su muerte su propia improbable salvación.

