
“Memoria y olvido son como la vida y la muerte.
Vivir es recordar y recordar es vivir.
Morir es olvidar y olvidar es morir”
Samuel Butler.-
Santa Rosa, la capital pampeana, se encuentra pronta a inaugurar el Parque por la Memoria, la Verdad y la Justicia, dentro del predio de lo que fuera el ex centro clandestino de detención “Comisaría Seccional Primera”. Su realización forma parte del cumplimiento exigido por la justica en materia de reparación –pública y moral- hacia las víctimas, familiares y organismos de derechos humanos, consecuencia de los nefastos efectos producidos por el último Golpe de Estado cívico-militar en la Argentina. Es por ello que el mencionado evento, merece una reflexión.
Calles, plazoletas, monumentos, paseos, recordatorios en medios gráficos, placas alusivas… poco a poco la ciudadanía pampeana se ha ido acostumbrando a convivir con todas estas necesarias herramientas de construcción social de la memoria, consecuencia de la dolorosa experiencia del terrorismo de Estado en la Argentina. Esas silenciosas presencias materiales evidencian la característica ambigua de la condición humana, la cual puede ser capaz de las más tremendas atrocidades -y al mismo tiempo- reivindicar con honor y dignidad el accionar comprometido de quienes dieron su vida por un mundo mejor, e incluso, de aquellas personas que simplemente fueron víctimas al azar de la más brutal intolerancia.
Activar la memoria significa ante todo la capacidad para “recordar” o “volver a pasar por el corazón”, según su traducción del latín. En ese proceso de “dar vida” a los hechos que nos movilizan por diferentes motivos, los seres humanos anteponemos la espiritualidad a la razón y el corazón al intelecto. Sin embargo, “volver a pasar por el corazón” un hecho trágico de la vida, no inhabilita la inobjetable búsqueda de verdad y justicia, ante el paso devastador de todas aquellas formas que violen nuestros derechos humanos inalienables.
Por ello, al significado de “memoria” se le suma el valor agregado de su “significante”, el cual va más allá del mero acto de recordar. La exteriorización material de la memoria –en sus variadas formas-, trasciende lo individual y conquista lo colectivo, generando un proceso de apropiación extendido, comprometido con valores que enaltecen la condición humana: solidaridad, respeto, tolerancia, dignidad, valoración de la vida.
Así, el traer a la memoria aquellos recuerdos que dan cuenta de un pasado doloroso, se convierte en un acto militante, cuando ese proceso se desarrolla en un sistema democrático. Lo contrario ocurre en contextos gubernamentales represores, donde la muerte y el olvido se instalan, difundiéndose con el objetivo de aniquilar detractores, instalando el “no te metas” y desmembrando el tejido social.
En La Pampa, al igual que en tantos otros puntos del país, el Estado y las organizaciones civiles vinculadas a los derechos humanos, han hecho de ese acto militante de reconstruir la memoria una conquista del espacio público, territorializando políticas, reconociendo víctimas, castigando a los victimarios, recuperando identidades, señalando centros clandestinos de detención y tortura, haciendo justicia y, por sobre todas las cosas, socializando la temática de los derechos humanos en un proceso que nos involucra a todos.
Monumentos, paseos, calles, plazoletas, recordatorios en medios gráficos, placas identificadoras o conmemorativas, se han ido instalando en el espacio público, como consecuencia de dichas políticas. Al horror significante de lo represivo, lo oscuro, la muerte, el olvido y la negación… se oponen las silenciosas presencias de esas materialidades erigidas en libertad y democracia; con luz, justicia, vida, amor y respeto hacia los que ya físicamente no está. Es allí donde el dolor individual se recicla, muta, se transfigura, adquiere nuevos atributos y finalmente triunfa colectivamente.
Y porque únicamente podemos “ser” junto a los “otros”, es que junto a los otros el dolor se aliviana, no desaparece, pero al compartirlo comunitariamente, ese sentimiento de soledad en la lucha por la memoria, la verdad, y la justicia, es menos evidente.
Pese a los grandes avances producidos en la Argentina desde 2003 a la fecha en gestión de políticas de derechos humanos, todavía resulta prioritario educar la memoria y la conciencia, respecto de violaciones ocurridas en esta materia. Sin embargo, no es responsabilidad única del Estado (nacional, provincial, municipal) dar todas las respuestas en dicho proceso; es la comunidad organizada en su conjunto quién debe involucrarse en la misma, apropiándose de la lucha y diversificando sus instrumentos de manifestación. Desde la comisión vecinal al aula universitaria, desde los adultos a los niños, todos somos responsables en esta búsqueda constante por alcanzar una convivencia humana armoniosa y sin exclusiones.
Esos monumentos, esas calles, esos recordatorios, son un paso más hacia la concientización de la memoria popular sobre los derechos humanos, su conocimiento y difusión; pero deberán también sumarse otros pasos, esos que terminaran de consolidar para siempre aquel deseo del “nunca más”, porque solamente aprendiendo de nuestros errores como sociedad, evitaremos al recordarlos no volver a repetirlos, triunfando sobre el olvido y venciendo a la muerte.-
*Prof. Silvio Javier ARIAS
Asesor Legislativo

