
El profesor en Ciencia Política, Silvio Javier Arias plantea en una nota de opinión la necesidad de “refrescar” su contenido doctrinario, diferenciándose de tendencias nuevas o tradicionales y “ofrecer al pueblo argentino un proyecto de país que lo posicione en el Siglo XXI, no sólo con bienes y servicios funcionando eficazmente, sino también con acciones de gobierno que estimulen el desarrollo industrial y tecnológico, la economía productiva, sustentable y social, la gestión descentralizada de recursos humanos y materiales, o el empoderamiento ciudadano a través de un mayor grado de participación en la toma de decisiones sobre la cosa pública”.
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“El problema de la Argentina, no es la falta de libertad que reclaman algunos, sino la enorme inequidad y desigualdad social generada a partir de políticas tendientes a fortalecer a los sectores más poderosos del mundo, ante quienes deben oponerse democráticamente las fuerzas colectivas que inclinen la balanza hacia la verdad, la justicia real, la inclusión, el bienestar y la redistribución de oportunidades, sobre una sociedad consciente y harta de las injusticias padecidas”, destaca.
La nota completa de opinión, consigna lo siguiente:
“Durante toda su campaña electoral -y posterior triunfo-, el Partido Libertario instaló fuertemente el debate ideológico en la Argentina, en materia de gestión moral y efectiva del poder estatal. Lejos de ser novedosa dicha propuesta -ya que el liberalismo gobierna el mundo desde hace casi trescientos años, en todos sus sistemas y formas-, hay que reconocerles que, con su impronta, los libertarios obligaron a todos los espacios políticos participantes a profundizar las ideas, valores e intenciones que informan sus respectivas “praxis políticas”, frente a una sociedad enojada con sus dirigentes, por la poca efectividad de sus acciones hacia el conjunto de la sociedad.
Ante un innegable escenario nacional de crisis económica y social, la consolidación del sistema democrático de representación se vuelve vital para la convivencia y el desarrollo humano de nuestra comunidad. Por todo ello, la defensa del debate ideológico y la formación política en la Argentina se vuelven imprescindibles, como un aporte más de los tantos, que deberán implementarse para superar tal crisis de legitimidad institucional y social.
El justicialismo debe debatirse. Nacional, popular, cristiano y humanista, nació a mediados del Siglo XX de la mano de su creador Juan Domingo Perón. El estadista buscó una alternativa liberadora a las dos grandes potencias que se disputaban el control del mundo en ese momento: el capitalismo salvaje, representado por los Estados Unidos de Norteamérica; y el comunismo de la Rusia post-zarista. La tercera posición justicialista recuperaba al hombre como factor central de la política, un ser informado con valores como la solidaridad, el cooperativismo y la justicia social.
Perón aseguraba que ésta Tercera Posición se nutría del capitalismo, re-significando al “capital” como factor puesto al servicio de la economía y ésta al servicio del bienestar social. Un capitalismo justicialista, cuya finalidad era el bienestar y la justicia social (defenestrada por el liberalismo). Del comunismo tomaba la idea de “comunidad”, pero no de una comunidad privada de libertad y sometida a los designios del Estado o el mercado. El concepto de comunidad en el justicialismo se transformaba en el de una “comunidad organizada”, consciente de su rol y democráticamente formada.
A la concepción ideológica (-el deber ser-), Perón agregó una doctrina (-el deber hacer-) encargada de realizar lo discursivamente proclamado. El conductor elije y señala la forma en que esa ideología será aplicada, mediante métodos y programas de gobierno. De allí los derivados: menemismo, kirchnerismo, marinismo, vernismo, jorgismo, zilliotismo, etc. Más a la izquierda, por derecha, o en el centro, lo que no debería obviarse nunca dentro del justicialismo, son sus postulados centrales aglutinantes, aquellos que lo identifican y diferencian del resto, independientemente del estilo doctrinario adoptado al gestionar.
Tal vez el error de los partidos políticos tradicionales (-en Argentina y el mundo-), fue descansar durante décadas en la imagen carismática de sus líderes, privilegiando la mística sobre la formación intelectual de sus bases. Ese “descuido dirigencial” ha terminado por deslegitimar gestiones, estimulando la fuga de adherentes hacia otros espacios políticos. Perón, quién siempre abogó por la formación y capacitación de sus seguidores, explicó el punto: “sin unidad de pensamiento a través del adoctrinamiento, no es posible la unidad en la acción”. Resumiendo: sin una base militante formada –además de dignificada en sus condiciones de vida esenciales-, no es posible sostener un proyecto político a largo plazo; la sola presencia de un gran líder puede garantizar el éxito transitorio, pero nunca su legítima continuidad en el tiempo, porque el poder también es una construcción colectiva.
No solo las bases sociales deben formarse cívica y políticamente, son los mismos políticos quienes deben reivindicar la profesionalidad de su actividad frente a la sociedad. Adherir a un compendio de ideas sobre el mundo, el hombre, la sociedad, el país donde se vive, el medioambiente, la pobreza, la justicia, etc.; y saber transmitirlas con consecuencia, debería ser una condición sine qua nom para quienes aspiran a gestionar la cosa pública, en nombre de la representación popular.
Desde hace setenta años, el justicialismo ofrece al electorado nacional una forma de ver el mundo, que no es la única ni la mejor, pero que supone una vía para la conducción del país y el desarrollo armonioso de su gente. Enarbolando sus históricas banderas de “independencia económica, soberanía política y justicia social”, esta fuerza política ha sabido hacerse de la voluntad popular, independientemente de sus bemoles internos.
Una idea clara acerca del problema que se deseaba solucionar, con acompañamiento popular de la gestión, efectivizado a través de las urnas. La instauración de la política como actividad capaz de modificar para bien la realidad de las personas. La recuperación del Movimiento Nacional por sobre el Partido, con un mayor protagonismo de la militancia sobre la dirigencia. Una visión del mundo multipolar dentro del cual la Argentina es un actor relevante, con sus potencialidades y realidades. La protección del hombre como sujeto de derechos humanos inalienables, al amparo del Estado. El posicionamiento del país dentro de un contexto latinoamericano que converge –con sus matices- en la necesidad de conducir un proceso liberador, autónomo y de crecimiento sostenido, neutralizando presiones externas de tinte imperialista. La reindustrialización e inversión en nuevas tecnologías, como garantes para la independencia económica real del país. En definitiva, un conjunto de ideas del siglo XX, plenamente vigentes, fundadas en una ideología nacional y aplicadas doctrinariamente desde sellos políticos personales.
Si el liberal-capitalismo ortodoxo, con casi trescientos años de creación impuesto desde sus centros de poder mundial, ha sobrevivido hasta hoy reinventándose en una diversidad de versiones ¿cómo no lo haría el justicialismo con apenas siete décadas de existencia, aplicándose pacíficamente desde la américa del sur y con el sustento de una joven y potente democracia?
Los desafíos del justicialismo nacional deberían consistir en: “Refrescar” ante ese electorado enojado su contenido doctrinario actualizado, diferenciándose frente a otras tendencias nuevas o tradicionales. Hacer realidad el tan mentado “trasvase generacional”, con dirigentes capaces, honestos y jóvenes, no solo en edad, sino también en ideas y prácticas. Ofrecer al pueblo argentino un proyecto de país que lo posicione en el Siglo XXI, no sólo con bienes y servicios funcionando eficazmente, sino también con acciones de gobierno que estimulen el desarrollo industrial y tecnológico, la economía productiva, sustentable y social, la gestión descentralizada de recursos humanos y materiales, o el empoderamiento ciudadano a través de un mayor grado de participación en la toma de decisiones sobre la cosa pública.
Esa participación ciudadana, tan requerida por los políticos desde el discurso, es posible siempre y cuando ésta sepa cómo participar, teniendo una formación que lo posibilite; de lo contrario la propuesta queda siempre en buenas intenciones. Los partidos políticos son constitucionalmente responsables de esa formación, independientemente de aquellas ong’s que hoy también desarrollan noblemente esa tarea.
Así las cosas y muy a pesar de otras tendencias ideológicas, el escenario político de la Argentina sigue girando en torno al justicialismo. Un justicialismo dolido por sus luchas internas, pero intacto en su poder de movilización. Un justicialismo “versionado” desde los sellos personales, pero unificado en su historia y vigente en su propuesta de “humanizar” la práctica política en defensa de la dignidad de sus representados.
Ese inevitable proceso generado a partir del debate ideológico y la formación ciudadana, deberá tener como resultado un producto político consensuado entre militantes y dirigentes. Un producto político legítimo, creíble en su propuesta, consecuente en sus acciones, éticamente sostenible, necesariamente extensivo a todos los sectores de la sociedad; y por sobre todas las cosas, superador de aquellas prácticas retrógradas que colocan a la política en un lugar dudoso y condenable.
El problema de la Argentina, no es la falta de libertad que reclaman algunos, sino la enorme inequidad y desigualdad social generada a partir de políticas tendientes a fortalecer a los sectores más poderosos del mundo, ante quienes deben oponerse democráticamente las fuerzas colectivas que inclinen la balanza hacia la verdad, la justicia real, la inclusión, el bienestar y la redistribución de oportunidades, sobre una sociedad consciente y harta de las injusticias padecidas.
Es que el ciudadano de a pie, con acceso pleno a una multiplicidad de medios de comunicación, agnóstico o practicante político, está cansado de la mentira, la soberbia pública, el privilegio amoral, la violencia y el individualismo exacerbado. Espera de la política y sus representantes, capacidad real y efectiva para revertir lo mencionado; rescatando al hombre en su condición por encima del egoísmo, la injusticia y la superficialidad latentes. Ese es el debate ideológico y político que todos debemos darnos… un cambio impostergable de valores en acción”.
*Silvio Javier Arias – Profesor en Ciencia Política

