
(Por Isabel Gigli). Ángeles Alemandi es licenciada en Comunicación Social, diplomada en Escritura Creativa y editora de En Estos Días, la revista digital de la Fundación de Periodismo Patagónico. Nació en Santa Fe y desde 2014, reside en la localidad General San Martín del departamento Hucal. Antes de llegar a La Pampa, vivió unos años en Buenos Aires.
Ángeles sabe del contraste entre ciudades y pueblos, de la quietud de las horas de siesta y de los días sin lluvia. “No son feos los días grises. Lo feo es sentir que a veces la vida se encapota”, se lee en su segunda obra de ficción, una novela escrita en prosa poética, de tan cuidada que son cada una de las palabras.
Con un clima narrativo que nace del horizonte inabarcable, de las calles de tierra, de los días secos, “Ahora piensa en la sal y siente la laguna en su boca”, una madre primeriza da luz a una beba que llora. No es un llanto esperado, es un llanto continuo, ensordecedor e hipnótico. La mujer no logra calmar a su hija, tampoco comprenderla: “La mira fijo a los ojos. Hay en ellos una oscuridad deseable, no la de un pozo, no la negrura de lo que no tiene fondo, los ojos de la niña tienen un color que no deja ver más allá, que a pesar de ello no da vértigo. Si arrojase un balde por el precipicio que abre esa mirada, al final, igual que en un aljibe, cualquiera encontraría agua.” Entonces, la madre reemplaza las ilusiones por la angustia de no entender. ¿O es la angustia la que no la deja comprender a su hija? “La mujer no entiende lo que pasa, pero dejó de entender hace rato. Cree que la maternidad es eso: el fin de la lógica, la pérdida de la sensatez, la incapacidad de saber si lo que uno hace está bien.”
La sensación de extrañeza no se pierde ni siquiera en los breves momentos en que la beba suspende el llanto porque cuando eso ocurre, “es como si el mundo se desinflara como un globo, capaz de salir disparado hacia cualquier lado.”
Personajes muy bien logrados, quienes no todos tienen nombres propios. La mujer, el marido, la vecina, la chamana, no los tienen porque no necesitan ser nombrados: se reconocen sin ser llamados. El hijo de la vecina, lleva el apodo que primero fue del perro, Toro. Pero la beba que llora sí necesita un nombre, “Nadie es hasta que se lo nombra”.
El paisaje condiciona, marca a los que conviven entre tanta aridez. “De niña la vecina ya tenía manos de vieja, las espinas del caldén la lastimaron tantas veces que en un momento más que arderle los pinchazos le provocaban cosquillas.”
Con el nacimiento de la hija nada será igual para la mujer. Tampoco para el pueblo. ¿Será la niña la responsable? El relato transcurre en Árbol Blanco, un pueblo que vive del salitral explotado por una empresa extranjera. “En el medio del monte, la laguna seca, que se vuelve sal crea un paisaje de invierno imposible.” Pero el relato no es sobre el pueblo, o tal vez lo sea. Quizás sea justamente sobre eso, sobre la pesadumbre de la monotonía, de la calma infinita.
Como si nada llorase en el monte de Ángeles Alemandi, editado por la Parte Maldita, fue presentada en Buenos Aires en la 13° feria de Editores que se llevó a cabo del jueves 8 al domingo 11 de agosto. Esta lectura imperdible que nos deja la belleza de las palabras y el relato mágico de una niña que llora y de un pueblo con un salitral que se seca, se consigue en las librerías de Santa Rosa.

