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Genoni: “la libertad que se declama no es la libertad que se construye”

28 enero, 2026
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El secretario General del Centro de Empleados de Comercio de Santa Rosa, Rodrigo Genoni, afirmó que “no hay libertad real cuando se condena a la mayoría a la pobreza. No hay libertad cuando se destruye la industria y se expulsa a las empresas del mercado. No hay libertad cuando se entregan los recursos estratégicos y se pierde la capacidad de decidir. Eso no es libertad: es dependencia”.

En un texto enviado a esta redacción, bajo el título “El futuro no avisa dos veces”, señala:

Hay momentos en la historia de un país en los que no pasa nada de golpe, pero todo empieza a moverse. No hay estallidos ni anuncios dramáticos. Hay decisiones que parecen técnicas, inevitables, incluso modernas. El problema es que, cuando se las mira en conjunto, dibujan un rumbo. Y cuando ese rumbo se vuelve evidente, casi siempre ya es tarde.



La Argentina atraviesa uno de esos momentos.

Cuando se empuja a un pueblo a la pobreza y a las empresas a la quiebra; cuando se destruye el trabajo, se debilita la producción y se resigna la capacidad del Estado de orientar el desarrollo, lo que se pierde no es solo bienestar. Se pierde soberanía política e independencia económica. Y cuando eso ocurre, un país deja de ser un sujeto que decide su destino para convertirse, lentamente, en un territorio administrado por otros.

En ese contexto aparece una combinación peligrosa: desindustrialización, caída del comercio interno, desempleo creciente y, al mismo tiempo, una apertura irrestricta al capital extranjero. Capitales que pueden entrar sin límites, comprar tierras, bosques —incluso los quemados—, apropiarse del agua, explotar recursos naturales, traer maquinaria sin pagar aranceles y operar sin exigencias de integración local. No se trata de inversiones pensadas para el desarrollo nacional, sino de extracción.

Cuando un país está debilitado, el capital no viene a asociarse: viene a mandar. Y cuando no hay reglas, no hay Estado y no hay un proyecto propio, las decisiones dejan de tomarse puertas adentro. Se toman en otros países o en mesas donde pesan más los intereses de grandes grupos económicos que la vida de quienes habitan el territorio.

Ahí ocurre el quiebre más profundo, el que pocas veces se dice con todas las letras. El pueblo deja de ser sujeto político y pasa a ser objeto económico. El ser humano deja de ser el centro y pasa a ser un recurso más dentro de un sistema de producción o de extracción. Mano de obra barata cuando hace falta; excedente descartable cuando no.

No es una exageración ni una metáfora extrema. Es el mismo esquema que se vio en distintas partes del mundo: regiones ricas en recursos naturales, pero pobres en derechos; poblaciones sometidas a condiciones de trabajo indignas; personas miradas no como ciudadanos, sino como piezas reemplazables. Ese espejo incómodo, muchas veces asociado a países africanos explotados por potencias o corporaciones, es el reflejo al que nos acercamos cuando aceptamos un modelo sin límites ni controles.

Por eso es necesario decirlo con claridad: la libertad que se declama no es la libertad que se construye. No hay libertad real cuando se condena a la mayoría a la pobreza. No hay libertad cuando se destruye la industria y se expulsa a las empresas del mercado. No hay libertad cuando se entregan los recursos estratégicos y se pierde la capacidad de decidir. Eso no es libertad: es dependencia. Y la dependencia, llevada al extremo, es una forma moderna de esclavitud.

No una esclavitud con cadenas visibles, sino una más sofisticada y cruel: la del ser humano reducido a costo, a número, a variable de ajuste. La del trabajador obligado a aceptar cualquier condición para sobrevivir. La del ciudadano convertido en espectador de decisiones que afectan su vida pero que se toman lejos, muy lejos.

La Argentina no necesita cerrarse al mundo, pero tampoco puede entregarse. Necesita inversiones, sí, pero con reglas. Necesita producción, no solo extracción. Necesita trabajo digno, no precarización. Necesita un Estado presente e inteligente, capaz de equilibrar fuerzas y defender el interés colectivo. Porque sin eso, la promesa de libertad se transforma en su contrario.

Cuando un país deja de producir, deja de decidir.

Cuando deja de decidir, otros deciden por él.

Y cuando otros deciden, el pueblo deja de ser sujeto y pasa a ser objeto.

El futuro no avisa dos veces.

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