
De la detención del fiscal en Bolivia y el intento de golpe en Brasil a los ballotages por dos votos: cómo opera la ingeniería que fragmenta a los pueblos para saquear América Latina.
(Por Carlos De Laturi*). Hay una trampa provinciana muy extendida en el análisis político: la de creer que lo que nos pasa en la Argentina es una tragedia exclusivamente nuestra, una fatalidad doméstica o el producto fortuito de un desquicio local. La realidad es infinitamente más oscura y tiene escala continental. Lo que hoy padecemos no es un accidente biográfico ni un rayo en cielo sereno: es la fase superior de una ofensiva geopolítica planificada para desarticular la soberanía de América Latina, quebrar a sus Estados y convertir a la Patria Grande en una factoría fragmentada y sumisa.
El escándalo que estalló en estas horas en el corazón del Altiplano acaba de arrancarle el velo a esa maquinaria. En Bolivia, el poder político acaba de descabezar de un solo golpe al Ministerio Público y detener en un operativo relámpago al fiscal general Róger Mariaca. ¿Cuál era el delito de Mariaca? Estar investigando hasta el hueso a Fernando Cerimedo, el zar de la desinformación digital de la ultraderecha sudamericana, imputado por vínculos con el crimen organizado y redes transnacionales de desestabilización.
Cerimedo no es un lobo solitario ni un creativo publicitario suelto. Es el cerebro de ‘La Derecha Diario’, el operador predilecto de los Bolsonaro en Brasil, el asesor mimado de José Antonio Kast en Chile y el arquitecto de las milicias digitales que blindaron la llegada de Javier Milei a la Casa Rosada. La Policía Federal de Brasil ya desnudó minuciosamente su método: granjas de trolls clandestinas, dinero sucio y algoritmos envenenados con falsas denuncias de fraude informático para justificar el intento de golpe de Estado del 8 de enero de 2023 en Brasilia. Y mientras ese engranaje de desestabilización queda al descubierto en La Paz y en Brasilia, asoma el paraguas geopolitico que le da cobertura: el flamante ‘Escudo de las Américas’, esa alianza militar y de seguridad diseñada desde el Norte para articular a los gobiernos de derecha de la región y disciplinar judicial y políticamente cualquier atisbo de soberanía popular.
De la Banelco al QR: el descaro de la billetera digital en el recinto
Si a este cuadro le faltaba una postal que sintetice la descomposición moral de la época, la sesión de la Asamblea Legislativa en La Paz acaba de entregarla en bandeja. Mientras se consumaba la persecución contra el Ministerio Público, estalló una denuncia que dejó atónita a la región: legisladoras como la senadora Ana Crispín denunciaron y expusieron cómo operadores vinculados directamente al ‘Escudo de las Américas’ se paseaban con total desparpajo por los pasillos y bancas del Congreso comprando los votos de los parlamentarios mediante transferencias instantáneas con código QR.
Hay que detenerse un segundo en la brutalidad de la escena: en la Argentina supimos horrorizarnos hace un cuarto de siglo con las valijas y los sobornos de la ‘Ley Banelco’ en el Senado de la Alianza, pero al menos la degradación intentaba esconderse en las sombras de los despachos nocturnos. Hoy ya no les importa nada. La impunidad se volvió digital y a cielo abierto: compran voluntades a la vista de todos con un teléfono celular para blindar a sus peones judiciales y consagrar la entrega. La modernización que prometían era esto: cambiar el sobre de madera terciada por el código QR, manteniendo intacta la podredumbre del soborno para torcer las decisiones populares.
La estafa de los «dos votos en ballotage»
Aquí es donde encajan las piezas de un rompecabezas que la política tradicional se niega a mirar de frente: ¿o alguien cree todavía en la inocencia de las casualidades electorales? En los últimos años, un mismo patrón se calcó con precisión matemática a lo largo y a lo ancho de nuestra geografía: elecciones sistemáticamente polarizadas hasta el paroxismo, donde el destino de millones de almas se resuelve por una uña, por medio punto o por dos votos en un ballotage agónico.
Ese resultado milimétrico no es la madurez de la democracia; es el producto de un laboratorio de intoxicación social. No necesitan convencer a las mayorías de las bondades del neoliberalismo; les alcanza con inocular odio, explotar la angustia cotidiana a través del teléfono y quebrar a la sociedad en dos mitades irreconciliables. Y cuando ganan por una diferencia insignificante, asumen el poder no para gobernar, sino para ejecutar un shock de demolición institucional como si tuvieran el respaldo del cien por ciento del pueblo. Si pierden, como intentaron con Lula en Brasil o con Castillo en Perú, el libreto de Cerimedo ya está listo: gritar fraude en las redes, judicializar el resultado y desatar a los halcones de la desestabilización.
¿Qué pasó con la política? De la muerte de Chávez al encarcelamiento de Cristina
Para entender cómo llegamos a este lodazal de operadores como Cerimedo, doctrinas de tutela militar como el ‘Escudo de las Américas’ y compras de votos por código QR, hay que rebobinar la película y hacerse la pregunta más dolorosa de todas: ¿qué pasó con la política en nuestra América?
No hace tanto tiempo, en este mismo suelo continental, la política era sinónimo de dignidad, de futuro y de soberanía popular. Fue la época luminosa donde los pueblos le plantaron cara al imperio en Mar del Plata con el histórico ‘No al ALCA’, donde los salarios le ganaban a la inflación, donde se recuperaban empresas estratégicas y donde la integración regional en la UNASUR y la CELAC demostraba que era posible gobernar sin pedir permiso a los centros financieros internacionales.
Ese ciclo emancipador comenzó a resquebrajarse con una pérdida irreparable: la muerte prematura de Hugo Chávez en 2013, que dejó a la Patria Grande huérfana de su articulador más audaz y pasional. Y el poder económico real comprendió que era el momento exacto para desatar la contraofensiva restauradora. Pero ya no necesitaron los uniformes de las dictaduras clásicas del siglo XX: aprendieron a usar las togas judiciales, las pantallas de televisión y los servicios de inteligencia. Nació el lawfare como doctrina de disciplinamiento continental.
El encarcelamiento y la proscripción de Cristina Fernández de Kirchner en la Argentina es la cúspide de ese dispositivo de venganza. Tras el intento de magnicidio que casi le cuesta la vida con una pistola gatillada en la cara frente a su casa, el poder fáctico aceleró la maquinaria de guerra jurídica para sacarla de la cancha y encerrarla. No se trata de expedientes técnicos sobre obras públicas: se trata de una condena ejemplificadora. Meter presa a Cristina es el mensaje mafioso que las corporaciones le envían a cualquier dirigente del presente y del porvenir: quien se atreva a tocar la renta agraria, quien desafíe a los fondos buitre, quien desendeude al país y quien redistribuya el ingreso en favor de los jubilados y los trabajadores, terminará proscripto, difamado o entre rejas.
Hicieron lo mismo con Lula en Curitiba para allanarle el camino a Bolsonaro; lo hicieron con Rafael Correa en Ecuador, con el golpe a Evo Morales en Bolivia y con el encarcelamiento de Pedro Castillo en Perú. Al descabezar a los liderazgos que le daban volumen y esperanza a las mayorías, vaciaron a la política de su fuego sagrado. La convirtieron en un trámite administrativo temeroso y aburguesado, dejando a las sociedades huérfanas y abriendo de par en par las puertas para que la carroña libertaria y los tecnócratas del despojo se adueñen del banquete.
El mapa del despojo: de los Andes al Río de la Plata
Miremos el mapa de nuestra América sin anteojeras ideológicas. El resultado de este laboratorio no es el progreso ni la libertad: es tierra arrasada.
En Perú, asfixiaron y destituyeron a Pedro Castillo para consagrar la dictadura cívico-militar de Dina Boluarte, sosteniéndose a base de masacres campesinas impunes mientras las transnacionales mineras se aseguran concesiones a precio de remate. En Ecuador, pulverizaron las conquistas sociales para sumir al país en el terror narco y en el estado de excepción perpetuo de Daniel Noboa, donde la violencia se volvió el negocio perfecto para militarizar las calles y entregar los recursos. En Colombia, el asedio no le da respiro a Gustavo Petro: lawfare permanente, maniobras desestabilizadoras y un cerco mediático asfixiante para frenar cualquier reforma que beneficie a los campesinos y a los trabajadores. En Chile, el pinochetismo recargado de Kast avanza erosionando los anhelos de la revuelta constituyente. Y en la Argentina, el experimento de Javier Milei pulveriza salarios, hunde las jubilaciones y entrega por DNU 70/23 los bienes estratégicos de la patria.
La pregunta que debemos hacernos no es quién gana el domingo en un cuarto oscuro; la pregunta es para qué se orquesta este desastre. La respuesta es de una brutalidad material absoluta: saqueo. Vienen por el triángulo del litio en nuestros salares; vienen por los hidrocarburos de Vaca Muerta y el gas del Altiplano; vienen por el cobre andino, la riqueza ictícola del Atlántico Sur y el agua dulce de nuestras cuencas y acuíferos. Necesitan sociedades rotas, pueblos exhaustos y gobiernos entreguistas porque un continente unido, soberano y de pie jamás permitiría que se lleven el futuro a precio vil.
La trinchera de la Patria Grande
Escribo estas líneas desde el interior pampeano con la certeza de que la historia no se resigna.
Sabemos que las balas que tiran contra los campesinos peruanos, el ahogo a los hermanos bolivianos o la persecución a los líderes populares de la región son disparos dirigidos al mismo blanco: el corazón de la Patria Grande.
Nos quieren convencer de que estamos solos, atomizados frente a la pantalla de un celular, condenados a elegir entre distintas formas de ser devorados. Es mentira. Frente al ‘Escudo de las Américas’ y los sicarios digitales del algoritmo, la única respuesta histórica posible es la memoria de nuestros pueblos, la solidaridad sin fronteras y la reconstrucción urgente de un proyecto popular y emancipador. La patria no se remata en cuotas ni se entrega por decreto. Es hora de levantar la cabeza y volver a caminar juntos.
(*Militante de Derechos Humanos en H.I.J.O.S. y FEDEFAM, politólogo en Tesis por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), consultor y analista político. General Pico, La Pampa.

