
El triunfo de Lula frente a la cobardía de la «gestión privada»: cómo se construye poder popular cuando los leoncitos están heridos y el tablero global cruje.
Por Carlos De Laturi (*) Hay una patología que viene carcomiendo por dentro al campo nacional y popular —en la Argentina y también acá en La Pampa— y que ningún consultor se anima a diagnosticar en voz alta: el complejo de inferioridad ideológica. Desde que las derechas asaltaron el poder cabalgando sobre la bronca social, buena parte de nuestra dirigencia entró en pánico. Empezaron a hablar bajito, a esconder la palabra Estado bajo la alfombra y a repetir ese latiguillo de moda según el cual ahora todo «lo hacemos con gestión privada». Creen que imitando el lenguaje del adversario o mostrándose como gerentes prolijos de la escasez van a seducir a una sociedad rota. Es un error de político de principiante o de mal asesoramientos: cuando el original aplica la motosierra desde el gobierno, nadie vota a una fotocopia tibia que promete ajustar con buenos modales.
Lo ocurrido este domingo en Brasil con la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva demuele esa cobardía dirigencial. Lula había quedado dos puntos abajo de Bolsonaro en la primera vuelta y tenía todo el aparato mediático y algorítmico en contra. Si hubiera escuchado a los predicadores del centro moderado o se hubiera puesto a inventar «fundaciones» de escritorio alejadas del barro, hoy el bolsonarismo estaría festejando. Pero actuó como lo que es: un estadista formado en el conflicto social. En lugar de correrse al centro, volvió a las raíces obreras, profundizó más PT y partió el tablero con política en estado puro.
Desahogar a los ahorcados y el fin del lamento digital
Como advierte el sociólogo Pablo Semán, el avance de los liberales autoritarios no se frena con sermones republicanos ni superioridad moral; se frena cuando la política vuelve a modificar la vida material de los que trabajan. El sujeto social de nuestra época es el vecino endeudado hasta la médula que usa la tarjeta para comprar comida y saca un préstamo usurario para pagar la luz. Lula leyó esa angustia antes que nadie: fortaleció el Bolsa Família —nuestra AUH—, empujó la tarifa cero en el transporte y aceleró el programa «Desenrola Brasil», condonando miles de millones de reales en deudas a millones de familias morosas y trabajadores con la soga al cuello.
Al mismo tiempo, desnudó otra excusa perezosa: el cuento derrotista de que «las redes son la muerte de la política». Mentira. Las redes parecen la muerte cuando las maneja un burócrata aburrido que sube gacetillas. Para disputar el sentido común en el teléfono —frente al boicot de Meta y las granjas de Cerimedo—, Lula se reinventó en tres semanas: hasta se cambió el sombrero que lo envejecía, agarró su propio celular y le dio el mando digital al joven diputado y ex cobrador de colectivo André Janones. En diecisiete días, el canal de WhatsApp «Ejército de Lula» comandado por el «general Janones» pasó de sesenta mil a once millones de militantes. Mientras las derechas transpiran odio, revanchismo y sólo saben ser «anti-todo», las militancias populares y de izquierda en el mundo —como vimos en Serbia y en las avenidas rojas de Brasil— militan y festejan con alegría, articulando el WhatsApp con el puerta a puerta por la salud y la universidad pública.
Los leoncitos heridos, la estrella 52 y el broche en la nariz
Pero ojo: a no descuidarse ni dormirse, porque la política es pura vorágine. Hoy los leoncitos están heridos por el batacazo de Lula y porque a sus socios globales tampoco les va bien: en Israel las urnas acaban de dejar a Benjamín Netanyahu sin mayoría propia, y en el Norte esperemos que el «señor naranja» pierda las elecciones de medio término la semana próxima. Porque si Donald Trump no pierde —tras su delirio de hoy pidiendo que Venezuela sea el «Estado 51» por su petróleo—, con la sumisión colonial que reina acá capaz que quiere hacer de la Argentina la estrella 52 de su bandera.
Por eso hagamos política sin anestesia para los de este lado de la vereda, que ya sabemos quiénes somos: cuando los dueños del dinero huelen peligro, se insultan de día, pero a la noche se tapan la nariz con un broche y salen abrazados a defender la caja. En la vereda opuesta, en cambio, malgastamos el tiempo atrapados en roscas de palacio, jugamos a los estadistas de cabotaje desde la comodidad de una mesa de café, mientras el pueblo no logra cubrir sus necesidades básicas y vemos cada vez más informalidad .
En La Pampa y en el país hay que estar atentos. Hace falta sacudir estructuras, abrir el juego a los jóvenes, aliviar a los endeudados y construir poder popular en General Pico, Santa Rosa y cada pueblo. Lula demostró que con coraje de estadista la historia se da vuelta: menos culpa frente al mercado y más política con el pueblo adentro. Su liderazgo demuestra que la única forma sostenible de construir mayorías populares no es adaptándose a la agenda del ajuste ni retrocediendo ante los sectores concentrados, sino profundizando las medidas redistributivas, garantizando derechos fundamentales y recuperando la iniciativa política en la calle y en las instituciones
(*) Militante de Derechos Humanos en H.I.J.O.S. y FEDEFAM, politólogo en tesis por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), diplomado en Historia Argentina (UCES), consultor y analista político. General Pico, La Pampa.

